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A B C MIÉRCOLES 6 DE ENERO DE 1909 EDICIÓN 1 PAG. 14 LA CACERÍA REGIA EN R 1O FR 1O SALIDA DE LA LOSA DE LAS SILLAS DE POSTA EN QUE HICIERON EL VIAJE A RIOFRIO LOS DIPLOMÁTICOS Y DEMÁS INVITADOS DE S. M. EL REY Fot. Duque. aquella inteligencia poderosa, que algún día podría anularle con su superioridad indiscutible Mas, debajo de las cenizas del desengaño, continuó viva en el pecho de aquella mujer excepcional la. brasa del amor, y aun alguna vez volvió á levantar llama de pavoroso incendio, verbigracia, por el otoño de 1847, al a ñ ¿e muerto don Pedro Sabater, primer marido de la poetisa. Desde hoy, gracias á la magnanimidad de la respetable señora doña María de Córdova y Govantes, viuda del Sr. Cepeda, que i a costeado la edición de este sabroso epistolario, y á la diligencia del docto catedrático D. lüorenzo Cruz de Fuentes, que lo ha dispuesto para la estampa, 110 sólo anotándolo con esmero, sino escribiendo para él un prólogo y la necrología del dicho don Ignacio, no se dudará quién era Él, el adorado El al cual la poetisa se refirió á menudo, y especialmente en aquella admirable é ingenuísima composición cuyas fáciles quintillas, leídas una vez, no se van jamás de la memoria: Y trémula, palpitante, en mi delirjo extasiada, miré una visión brillante, como el aire perfumada, como las nubes flotante. ¿Qué ser divino era aquél? ¿Era un ángel, ó era un hombie? ¿Era un Dios, ó era Ivuzbel... ¿Mi visión no tiene nombre? ¡Ah! Nombre tiene... ¡Era El! A que asimismo se sepa quién y cómo ei a ella por aquellos años de 1839 y 1840, en que tales quintillas escribía, he querido yo con- tribuir con la ilustre editora y con el Sr. Cruz de Fuentes, y á este efecto, contando con la bondadosa amistad del afortunado poseedor, señor Duque de T vSerclaes, he obtenido para A B C copia fotográfica de un lindo retrato de la Avellaneda, inédito hasta ahora, GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA. REPRODUCCIÓN DE UNA MJN 1 ATURA Fot. Barrera. y que hizo en Cádiz por aquel tiempo el miniaturista Moral. Toda la pasión, toda la ternura del amor vehementísimo de la franca india, como se llamaba á sí propia en su correspondencia la eximia cubana, están expresadas románticamente, demasiado ro- mánticamente, en aquel bello semblante, ya en especial, en la mirada de aquellos ojos de mujer arrebatada y soñadora. En cierto modo, sacando á luz tal retrato, vengo á disculpar postumamente al Sr. Cepeda, quien, de natural reposado y pacífico, debió de coger miedo 3 la exaltación de aquella alma extraordinaria. En acabar tan dulces amores, ¿erró, ó acertó mi paisano? Sea de ello lo que fuere, justo es reconocer que todos los diversos renombres de Cepeda rico, Cepeda consejero provincial, Cepeda viajero, Cepeda consejero real de Aricultura, Cepeda alcalde de Almonte y Cepeda diputado á Cortes por la Palma, no habrían salido nunca de los estrechos límites del Condado de Niebla, en donde vivió y ha muerto, ni durado más de dos ó tres generaciones, mientras que el renombre de Cepeda galán, de Cepeda Faón de la Safo cubana, durará cuanto dure la fama de la inmortal poetisa: siglos y siglos. Don Ignacio de Cepeda, pues, guardando más de diez lustros, con esmero y cariño y como oro en paño, esta autobiografía y estas cartas, guardaba, percatándose ó no percatándose de ello, un título de dominio mucho más durable y precioso que les de sus cortijos y dehesas: el título que le reservaba un rinconcito, siquiera muy pequeño, en e 3 augusto templo de la inmortalidad. ¡Así, muertos ambos, paga la enamorada Avellaneda á su desamorado doncel! ¡Así perfuma el sándalo al hacha que lo corta! ¡Y los dioses del paganismo inmortalizaban á las criaturas terrenas á quienes habían amado, llevándolas á ser astros en el cielo! FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN