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4 B C. SÁBADO 19 DE DICIEMBRE DE 1908. EDICIÓN s a PAG. t 4. 4. i 1 UN SABIO BIENHECHOR EL DOCTOR ALEJANDRO MARMORECK, QUE ACABA DE REALIZAR IMPORTANTES DESCUBRIMIENTOS PARA LA CURACIÓN DE LA TUBERCULOSIS Fot. Delius. to dinero allí dentro, custodiado por los ra- zócalo una ringla de vasos alemanes ú hoDespués vienen las calles desiertas, vatones! ¡Ycuánto frío, cuánta hambre fuera... landeses, hechos de barro polícromo. Y so- cias, largas y desconsoladas. Todos duerDe pronto salen las primeras avanzadas bre las mesas, los bebedores. Estos son ger- men, todos han huido del frío. Acaso un sefie la ciudad; son los vendedores de perió- manos, hijos del heroico Kaiser. Tienen el reno enarbola un chuzo eon el farol en la dicos. Una vieja, un cojo, un ciego, una pelo rubio, la cara roja, los cuerpos obesos, punta. Acaso un perro husmea por los rinniña; tales son los que chillan y vocean. Y la mirada sonriente y bonachona. Han be- cones. Y allá arriba, en una ventana, brilla es de ver el contraste horrible que forman bido mucho, y, al revés de los meridionales, una insólita lus. ¿Quién será... ¿Quién vela aquellos pobrecitos seres con los rimbom- resuelven su borrachera en un gesto de paz allí arriba? ¿Será un estudiante, ó un poeta, bantes títulos de su mercancía. Todos los y de dulce alegría; son agradecidos. listos ó un ladrón? ¿Será una modista que cose y títulos de los periódicos son animosos, su- otros son unos muchachos vascongados, más cose para dejar terminado á la madrugeridores, arrogantes: ¡El Mundo! ¡El Heral- mezcla de estudiantes rurales y de pelotaris. gada el traje de una novia? ¿Será un enferdo! ¡España Nueva- Ninguno de aquellos Tienen las narices largas, los hombros cua- mo que no puede, que no acaba de morirse? títulos está conforme con la realidad: ha- drados, los ojos chispeantes por la- bebida. ¿Será un cirio que alumbra á un muerto? blan del mundo, nombre gigantesco; del Y como se cansan pronto de hablar, pénen- ¿Será... heraldo, nombre valiente y triunfal; de una se á cantar. Cantan unas canciones solemA lo lejos sigue gritando una voz: ¿Quién España nueva... Pero el viento helado, la nes, semirreligiossas, con algo de rumor de quiere la suerte? ¿A quién le doy la suerte tristeza de los vendedores, la soledad délas viento marino y con otro algo de coro sa- de un millón... Sólo se percatan de este calles, están burlándose de tan pomposos cerdotal. A medida que las estrofas avan- grito las fachadas, las tácitas- y herméticas nombres. zan, los cantadores acentúan su aire solem- casas. Dentro de las casas duermsn los maEn el Ateneo hay un silencio de muerte, me; se creen estar celebrando un acto tras- drileños. Unos soñarán con el toro que les l as estufas siguen ardiendo, pero no ca- cendental. Y efectivamente lo es. Como que sigue; otros soñarán con el acreedor que les lientan á nadie, ó casi anadie. Un ordenanza se trata de fundir sus almas nostálgicas con asalta; otros soñarán que se están cayendo dormita, otro bosteza; en un rincón de la el alma ancestral de la patria pequeñita, del tejado. I os madrileños duermen. I,o s Biblioteca vela todavía el último lector. ¡Po- verde, montañosa, bella y enérgica, madrileños sueñan. Mientras tanto, la voz bre lector, obstinado buscador de oro cienEn la calle ha sonado un grito mágico. continúa gritando: ¿A quién le doy el gortífico, crédulo buscador de los diamantes ¿Quién quiere la suerte? ¿Quién quiere di- do... Y aquella melancólica voz de la calle ideológicos... Sus ojos indagan aún el se- nero? ¿A quién le voy á dar un millón? hace las veces de diapasón: está dando la creto de las páginas; su sesera continúa ex- Los despeados transeúntes pasan aprisa y nota central de los sueños madrileños, el la primiéndose; su alma busca, interroga, in- en silencio, temblando de frío. ¿Quién quie- de la orquesta. ¿Quién quiere el gordo? quiere... Vete á la cama, lector, y échate á re la suerte? vuelve á gritar el desarrapa- grita la voz de la calle. Y dentro de las cadormir, que nada existe tan hermoso como do distribuidor de la Fortuna. sas le responden unánimemente las imagiun sueño tranquilo, ni nada que se parezca Pero en el rincón de una plazuela hay un naciones de los madrileños durmientes: ala ciencia como un rotundo ronquido. bulto: es un hombre que toca la guitarra. ¡Yo quiero la suerte, yo quiero el gordo... A pocos pasos abre su puerta una cerve- Cuatro golfos, dos guardias, una mujer inY sobre la ciudad dormida bate sus alas cería, ó sea un bar, según el nomenclátor definida, están parados en torno del tañe- quiméricas esa hada tan castiza, tan espanovísimo. ¡Qué lindo establecimiento! El dor. Y el tañedor se pone á cantar. ¡Ay... N ñola, que se llama lotería techo bajo, el zócalo de madera, y sobre el El viento íebpoade uoaiccuueiue; ¡Fih... ¡j o w oALAV RR! A.