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DE TODO ELMUN- POR TELÉGRAFO Y DE TODO EL MUNDO POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y TELEFONO S. M. EL REY DfcSíJUES DE EXAMINAR EL PRODUCTO DE LA CAZA DEL ULTIMO DÍA PASEOS EN CORTE LA CACER 1 REGIA DE TRASMULAS Fot. Goñi. Ci es veidad que la mujer es el mejor ador no de la vida, como aseguran hasta los más graves filósofos, en ese caso, Madrid posee un adorno muy delicado, pero poco aparatoso. Y si es verdad que la mujer es una flor, como aseguran hasta los más ínfi IDOS poetas, en ese caso, Madrid tiene flores que pudieran compararse á las violetas. Quiere decirse que la mujer madrileña es de aspecto poco grandilocuente y poco decorativo. I a mujer francesa, por ejemplo, tiene la apariencia de una cosa que llena toda la superficie de Francia. I o primero que nos asalta al transponer la frontera es la grandiosa y exclusivista personalidad de la mujer francesa, esa mujer grande, rolliza, que viste arrebatadores trajes, que se cubre con rimbombantes sombreros, que bulle por todas partes y que siempre ocupa el primer término en todos los actos públicos. Decir Francia es igual que decir mujer francesa. Y, en el fondo, ¿de qué vive Francia, sino del cultivo de su literatura, que invade el mun- ¿L ETERNO FEMENINO do, y del cultivo de su mujer, cuyas modas y genialidades cautivan al mundo entero? Pues la mujer madrileña es todo lo contrario. Viste modestamente, se exhibe poco, y cuando quiere bullir se encuentra con el veto inexorable del hombre, este célebre hombre español, celoso como un sarraceno y terrible como üti marido de los dramas de Calderón. Así es como se explica que ofrezca Madrid un aspecto tan singular; ofrece Madrid el aspecto de una ciudad sólo para hombres Se esparcen nuestros ojos por el ámbito de la calle y vemos un grupo de hombres, después otro grupo de hombres, más hombres, siempre hombres... De lepente, pasa una mujer, y entonces... Entonces ocurre lo que es natural que ocurra; todos los ojos se vuelven hacia la mujer, con el ansia intensa con que miramos lo que escasea, lo que no tenemos, lo que deseamos y no conseguimos. Si la mujer es guapa, y además de ser guapa tiene un aire seductor y alegre, los hombres se vuelven hacia ella como arrebatados, l a dicen piropos de una fuerza expresiva muy grande; á veces los piropos se convierten en frases lujuriosamente apasionadas; no contentos con esto, se lanzan tras de la mujer. Y este es el caso psicológico; mientras el hombre de los países nórticos considera la mujer como una compañera ó como una personalidad libre é independiente, el español castizo cree que la mujer es una presa. El español tiene el concepto primitivo que tenían los hombres prehistóricos respecto de la mujer: ésta es un ser que ha venido al mundo para dejarse conquistar por el varón. Y, en efecto, basta observar las maniobras tenoriescas de esas calles para comprender que cada individuo del sexo fuerte se considera con derecho á toda mujer que pasa. ¿Ha pasado una mujer por la calle... Inmediatamente cada individuo calcula que esa mujer ha de ser suya. I, a piropea, la sigue, la encierra en su casa; una vez realizada la maniobra, el castizo español vuelve á acechar el paso de nuevas mujeres. Únicamente se contiene cuando la mujer sale acompañada por algún h) inbre. Pero entonces es igual; ya que no puede piropearla ni seguirla, recurre al expediente de las miradas. Y en cada una de esas miradas, ¡qué número de candentes palabras suelen ir, qué cantidad de erotismo rabioso, leonino musulmán... De este modo, pues, yo me atrevería á asegurar que la atmósfera de Madrid está cargada de erotismo. En otras ciudades más viciosas, la misma libertad parece que descarga la atmósfera de impureza; aquí, en