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A B C. DOMINGO 29 DE NOVIEMBRE DE 1908. EDICIÓN 1.3 PAG. t 1 f- E L CRIMEN D E P 1 UI EN EL SUELO, MARCADO CON DOS TRAPOS EN CRUZ, SE INDICA EL LUGAR DONDE FUE ENCONTRADO EL CADÁVER DE ANTONIO GÓMEZ Fot. Jurado. PASEOS EN CORTE DESDE LA CARCfiL J emos tenido unos días tan deliciosos, que esto no era otoño, ni era invierno, ni ninguna clase de estación. Como el sol brilla vivamente y la atmósfera es de una transparencia ideal, los árboles están indecisos, sin saber qué hacer; no se deciden á secarse del todo, ni tampoco les parece bien quedarse verdes en absoluto. Y gracias á esta tregua de la Naturaleza, tienen los árboles y los campos tan encantador aspecto. Para contemplar el mejor panorama de Madrid hay que subirse á las alturas deja Cárcel Modelo. El arquitecto que levantó ese edificio, ¡qué corazón más grande debía de tener! Ya que los presos pierden la libertad de correr, bullir y divagar por las cal) es, cuando menos, que posean la facultad de la contemplación. Y en efecto, desde las ventanas de la Cárcel, ¡ved qué horizonte se divisa! Montañas, llanura, alquerías, jardines, nieve, bosques... Por un momento me forjo la ficción de que estoy encerrado en aquella celda de allí arriba. Me subo á la ventana, me agarro á los hierros de la reja y lanzo la mirada todo en derredor. Por la extensión y por la claridad del ambiente parece que aquéllo es un mar: las montañas que hay á lo lejos pueden tomarse como unas islas remotas, y con poco esfuerzo de imaginación puede también figurarse uno que más allá de las islas se tiende hasta el infinito un azul Océano. Entre aquellos dos collados, en la parte más baja ae la sierra, se ha formado una larga nube; está agarrada á la tierra, ondula suavemente bajo el cielo brillante, ¿no es una inmensa ola que surge del Océano que existe más allá de las islas... Acaso esa nube tan linda y tornasolada habrá llenado de sombra y de pavor los bairraneos de la sierra, y algún pastor que cantaba pacíficamente debajo de una encina se habrá levantado al ver la nube, exclamando: Ya viene la tempestad Y habrá recogido apresuradamente sus ovejas blancas. Pero no hay que hacer gran caso de las nubes; muchas veces son inocentemente aparatosas y no traen tempestad ni nada. El sol sigue brillando. ¡Oh, sol, bendito seas, porque eres el padre y el hacedor de la ale gría! ¿Quién podría retener, pintar ó describir el inefable colorido con que se visten los árboles en esta indecisa época del año? L. os chopos son unos árboles escuetos, precoces, débiles y tímidos; han perdido ya sus hojas. ¡Adiós, pues, hasta la primavera! En cambio, los olmos son unos señores prudentes y robustos que no incurren en debilidad; tienen tlas hojas todavía verdes, y únicamente en la cima de sus copas amarillean algunas ramas, á semejanza de esas nobles cabezas varoniles en que blanquean algunas canas sobre la negrura ó rubicundez de la cabellera. ¿Y los eucaliptos? Estos son árboles que han llegado de muy lejos, de las costas calientes del mar Pacífico, y como nacieron en climas tan suaves, no creen que deben amarillear. ¡Desgraciados é ilusos eucaliptus, hijos de los calientes climas exóticos! Ya vendrá el demonio de! a sierra en forma de soplo helado, y entonces os dessengañaréis. Por aquel sendero nan pasado dos ena morados: él quiere rodearle la cintura con el brazo; ella se resiste; después se han ocultado en la arboleda. Una vez ocultos, es probable que él consiga su empeño de rodear la cintura con ei brazo. Por aquel otro sendero pasa un tropel de niñas seguidas por una señora; indudablemente se trata de una maestra y de sus colegialas. I, as colegialas brincan, triscan, se persiguen alegremente. Ya no quedan flores, ni siquiera unas pobres margaritas entre la hierba; pero ¿qué importa? A falta de flores, resta la floi de la infancia y esa otra flor insubstituible é incomparable: la ilusión de los pocos años. Y luego ha pasado un tren por la llanura, y con su silbido ha llenado el ámbito de júbilo- -puesto que pocas cosas superan en júbilo al silbido triunfal de una locomotora cuando corre por el campo abierto. -Y una columna de humo blanco se han enredado entre los pinos sombríos de la Casa de Campo, como pudiera un corderillo enredarse en un bello zarzal... Y viendo todo esto, en la buena hora del mediodía, en el silencio aquel tan agrad able, he pensado yo que la vida en una celda de la Cárcel no debe ser cosa baladi. Hasta he envidiado á los presos. ¿Pero cómo lograría meterme allí? Sería preciso cometei un crimen. ¿Matar... Eso es feo y huele mal. ¿Robar... No vale la pena. ¿Conspirar, rebelarse... ¿Por quién ni para qué? Tampoco vale la pena. JOSÉ M- SALAVERRIA.