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DE TODO El MUNDO, POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y TELÉFONO DE TODO ELMUNDO, POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y Jg TELEFONO CÓRDOBA. UN CONSEJO D E GUERRA SALA DE ACTOS DE LA CÁRCEL DURANTE LA CELEBRACIÓN DEL CONSEJO DE GUERRA CONTRA LOS SEIS GITANOS AUTORES DEL ASESINATO DE DOS GUARDIAS CIVILES EN VALENZUELA Fot. Montüla. BE ACTUALIDAD EL TORO MORIBUNDO ble escultura. L, a obra es de Benlliure, y representa un toro que está vacilando en las ansias de la muerte, con el cuerpo todo lleno de sangre y la mirada agónica. I,o s transeúntes se paran á mirar esta escultura, y muchas veces se forma un grupo muy nutrido, compuesto de toda clase de personas; desde el aristócrata hasta el plebeyo, tanto la mujer que va de compras como el carretero que marcha á su faena. La mujer detiene sus pasos, el carretero detiene sus muías, y se paran á mirar. Todo el pueblo se para á mirar. Como que es una obra nacional. ¡Qué cosa más nacional puede existir que no sean los toros! Además, el pueblo queda seducido y alelado viendo esa escultura, porque ella condensa la expresión definitiva de las corridas de toros. El momento en que el toro se declara vencido y cae muerto, esa es la raíz de nuestra fiesta nacional. Y como el pueblo posee un sabio instinto, el pueblo comprende esta obra de arte y se emociona ante ella y no se decide áseparar los ojos de ella. Efectivamente, el momento psicológico de una cojrida es aquel en que el toro va á morir. Hay un minuto de recapacitáción, un minuto de arrepentimiento; hay Carrera un establecimiento, H ayenen la escaparate exhiben una notacuyo una tregua en la fiesta de los toros que está encomendada á la conciencia: es el momento en que el toro, después de su rudo batallar, siente la muerte en sus entrañas, abre las fauces y levanta los ojos hacia el público... Entonces el público comprende que ha obrado mal, y enmudece. Es el minuto de- i PUNT 1 LLA 1 ADMIRABLE ESCULTURA DE BENLLIURE Fot. Alba. dicado á la conciencia. El público se siente injusto, traidor, cruel, y calla. Observad cómo al tiempo de morir el toro pasa por la gradería de la plaza un profundo y trágico silencio. Este es el momento álgido, el minuto culminante de la tragedia. Cuando caen des- panzurrados los caballos, el público no s- i inmuta; al fin se trata de pobres animales ancianos, valetudinarios, moribundos antes de entrar en el circo; cuando las banderillas rajan la piel del toro, tampoco se inmuta el público; el toro brinca, resopla, embiste, posee fuerza para repeler á sus enemigos. Pero llega el punto final, cuando el estoque lia tocado el corazón, y entonces el público se conmueve. Y es porque sabe que aquel hermoso y valiente bruto mereeía una muerte menos oprobiosa. (Herirle, pincharle, hacerle correr, traerle engañado hasta la muleta, engañarle aún por última vez y matarle al fin, Esto es lo verdaderamente trágico, y esto es lo injusto. Por lo menos, esto es, lo que á mí me couiríueve con mayor intensidad. Aun recuerdo la primera corrida formal que vi en mis años de adolescencia. Pasaron todas las suertes de la fiesta, y yo las miraba con vivo anhelo, como quien mira pasar una procesión rapidísima de fantasías; seguí al toro en todo el proceso de la corrida, y cuanto más le zaherían, más me interesaba su suerte: especialmente me interesaba su mudez, su heroico silencio ante el dolor, y su. valentía y obstinación para acometer siempre que le proponían el ataque. De repente le dejaron inmóvil á aquel maravilloso toro; parecía que le daba. 0. una tregua de descanso. Pero le metieron una certera estocada, se estremeció, dio tres ó uatro pasos, y, finalmente, cayó espatarrado. ¡Sentí una pena inmensa por el toro! De buena gaua hubie-