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A S C. JUEVES 12 DE NOVIEMBRE DE 1908. EDICIÓN 1. PAG. 5. noble competencia, convencidos de que tenían en sus manos el honor de un pueblo que por algo ha pasado á la Historia con el adjetivo de invicto. Se cerrará la Exposición, pero su recuerdo no se desvanecerá jamás. Y aparte de la riqueza aportada, la ciudad habrá recibido también otros beneficios de no menos importancia. El ir y venir de gentes diversas, la sucesión de actos de todas clases allí realizados en estos meses, ha formado en Zaragoza un ambiente de vida moderna que puede apreciarse á simple vista. Nuestros eternos regeneradores deben presentar ese feliz suceso en sus propagandas como un ejemplo práctico de la europeización que piden para España constantemente... Recordaremos siempre con gusto este viaje, que nos ha permitido admirar la Exposición Hispano- Francesa, aplaudir la justicia de Zaragoza al dedicar un recuerdo al maestro Mariano de Cavia y conocer personalmente á los cultos é inteligentes compañeros de aquella Prensa. Para estos y para todos cuantos nos hicieron grata la estancia en aquella ciudad, nuestro profundo agradecimiento. ANTONIO PALOMERO. hasta el último obrero, todos trabajaron en do Casablanca. Se cree que este incidente de Casablanca no dé que hacer á las Cancillerías europeas y que temer una conflagración universal como el otro de la otra Casablanca. CRÓNICA política espaUBES DE OTOÑO ñola tuvo frecuente aplicación la figura retórica de nubes de verano para significar la escasa importancia de aquellos sucesos á los que por anticipado se reconocía extrema gravedad. Nubes de otoño son las que estári desfilando por el horizonte político, anunciadas previamente como preñadas de electricidad. Una auguraba fieros trastornos, como derivación de incidencias ocurridas en el viaje regio; otra traía serias convulsiones para la vida ministerial con motivo del relevo de un general ilustre, partidario de un ejército compuesto de casi más jefes y oficiales que soldados. Ambas nubes de otoño han pasado como si hubiesen sido, sin metáfora, de verano. Y es que las tempestades no se improvisan y estallan al conjuro del capricho ó de la pasión. Aquellos tiempos en que un artículo de fondo de amazacotada prosa derribaba un Gobierno, desaparecieron; terminaron asimismo las travesuras parlamentarias que se llamaban zancadillas y en cuya práctica fueron maestros los Sagasta, los Ruiz Zorrilla y los Romero Robledo de aquellos tiempos de plácido progresismo. A la opinión se la ha gastado el nombre de tanto abusar de él; pero si no la queda nombre, la queda fuerza. No grita, pero influye; no se exhibe, pero se deja sentir. En los fracasos de los últimos Gobiernos no se manifestó ostensiblemente, pero decidió en inapelable instancia. En los éxitos presentes ó futuros tampoco hablará, pero dejará sentir el peso de su poder. Si la lógica es en la política cosa desacreditada, natural es que menos crédito merezca y menos triunfo alcance lo que además de ilógico es fruto de la malquerencia, del despecho y de la pasión. N MADRID AL DJA pki frutamos ayer del delicioso, acreditado y pocas veces desmentido veranillo de San Martín Hizo veces de papel secante para aliviarnos de los últimos remojones. No podemos erigir al simpático veranillo en estación del año porque se opondrían las otras cuatro estaciones: invierno, primavera, verano y otoño; pero, ya que no estación, declarémosle apeadero. Nuestro excelso Ayuntamiento perpetró una sesión extraordinaria; pero la verdad es que no hubo en ella cosa alguna de extraordinario. Ni un escándalo, ni un altercado, ¡nada! Nos le habían desfigurado. Se acordó alquilar unos jardines públicos á un futuro hotel, lo que fia derecho ájCualquier hijo de vecino á pedir la plaza de Oriente, por ejemplo, para instalar un cine ó cosa análoga. Eso, aceras, solares y otras zarandajas constituyeron el tema de la reunión. El empréstito municipal fue un éxito. Cincuenta y dos millones y pico- -un pico muy respetable- -de pesetas mordieron el cebo municipal. I,o s suscriptores quedaron encantados, y los no suscriptores, maravillados. Decididamente, hay dinero de sobra. Y considera, alma cristiana, el que habría si la administración fuese buena cuando siendo lo que, ¡ay! es, surgen los millones como por escotillón. Nota interesante del día: la conducción del cadáver del doctor San Martín á la clínica de San Carlos, donde, por disposición expresa del finado, fue despedazado para que sus discípulos apuendiesen en una última y patética lección lo único que en vida no había podido enseñarles: el organismo de su propio ser. I a política, moyidita. Se manoseó otra vez la palabra crisis. I a tormenta había de desarrollarse en el Senado, y, en efecto, no ocurrió nada. I, a profesión de profeta corre ya parejas con la de prestamista. En los Tribunales terminó el juicio seguido contra unos prójimos que se propusieron no pagar al casero, cosa, ¡vive Dios! que no ha logrado ningún mortal en el universo mundo y sus arrabales. I a Sala fue de esta opinión. Escasez de sucesos. Hace días que vivimos en el mejor de los paraísos cortesanos. ¡Si dura! Por la noche, ni un mal estreno. No quiere esto decir qise no hubiese la correspondiente trifulca. Ocurrió esto, con nava, heridos, etc. en el sitio denomina- P 7 N EL SENADO Tratándose de los libe rales y del Ejército llama la atención un fenómeno. Cuando los liberales están en el poder y se dice que el Ejército intenta intervenir en la vida pública, todos los voceros y pregoneros levantan sus gritos hasta el cielo y habían de la supremacía del poder civil Cuando gobiernan los conservadores y el Gobierno cumple con su deber en una cuestión militar, ajustándose estrictamente á la ley, los mismos voceros y pregoneros liberales levantan también sus gritos á las nubes, pero invocando los prestigios del Ejército I, a cosa tiene sus puntas y ribetes de humorismo. Y si hay algo lamentable aquí, lo es el hecho de que se pretenda llevar y traer al Ejército como un zarandillo de un lado para otro. No se comprende que el Ejército, base de la nación, tiene su misión determinada, y que es inexcusable, antipatriótico, el tomarle, en un sentido ú en otr según convenga, como recurso de una política. L. os farautes del partido liberal anunciaron ayer una tormenta en la Alta Cámara. Se trataba del relevo de un general en el cargo de director del Estado Mayor Central. Se complicaban con este otros varios asuntos; se señalaban en el horizonte nubarrones siniestros. En efecto, como acontece de algún tiempo á esta parte, las profecías no se cumplieron. Habló en el Senado el ssñor Martitegui; hablaron también el presidente IMPRESIONES PARLAMENTARIAS del Consejo y el ministro de la Guerra. ¿Qué hórrido asunto es el que allí se ventilaka? ¡El jefe del Estado Mayor propuso un aumento en el Ejército de 7.000 jefes y oficiales. El ministro de la Guerra, y con el ministro el Gobierno, entendió que en vez de hacer falta 7.000 oficiales sobran en la actualidad 1. ¿00. Aceptada la propuesta del jefe del Estado Mayor tendríamos que en nuestro Ejército figurarían, con los actuales y con los aumentados, unos 24.000 oficiales y jefes; ó sea un jefe por cada tres ó cuatro soldados. El Gobierno rechazó en una Real orden el proyecto del jefe del Estado Mayor; este jefe dijo en una carta que no podía aceptar la Real orden. El Gobierno relevó al Sr. Martitegui. Estos son los hechos. Ayer se discutió mucho sobre esto. ¿Por qué se relevó secamente al general Martitegui? ¿Porque no dijo el Gobierno que estaba satisfecho de su celo ¿El Espado Mayor Central debe estar supeditado al ministro de la Guerra? ¿Qué relaciones deben existir entre el ministro y el Estado Mayor? Se produjo en la Cámara un verdadero y nada ameno batiburrillo De todo ello se dedujeron varias consecuencias. Ante todo, el ministro de la Guerra dijo repetidas veces que en el caso del jefe del Estado Mayor que se niega á aceptar una Real orden, existe desobediencia. El Gobierno procediq al relevo. En estas circunstancias, ¿cómo se va á decir que el Gobierno queda satisfecho del celo del jefe del Estado Mayor? El Gobierno procedía en esto con arreglo á la ley. Se vio después que nuestro Ejército ío que necesita precisamente no es mayor número de oficiales. El jefe del Estado Mayor podría creerlo así; el paísjnolo creerá nun ca. El país lo que vería con gusto es que se redujera el número de jefes y oficiales, como debe reducirse también el número de diócesis, el número de Gobiernos civiles, el número de Universidades (más Escuelas de Artes y Oficios es lo que hace falta) el número y la calidad de nuestras representaciones diplomáticas, el número de Audiencias, el número de Centros y organismos burocráticos. El país vería también con gusto que al mismo tiempo que se disminuía el número de jefes y oficiales militares, se elevaban las asignaciones de los existentes, porque con ello se aumentaría el esplendor y bienestar de nuestro Ejército. Esta y no otra es la verdadera doctrina. Con ella están todos los buenos españoles. No lo dude ni el digno general Sr. Martitegui ni los senadares que discutieron ayer tarde. AZORIN- INFORMACIÓN POLÍTICA D i interés de la tarde parlamentaria esta ba en el Senado, y hacia allí se dirigió la casi totalidad de la gente política. Se trataba nada menos que de una pelea entre el ministro de la Guerra y el general Martitegui, y estas escenas son siempre muy apetecidas por el paladar de los parlamentarios y de los aficionados. Pero ayer sucedió lo que tantas veces ha ocurrido en nuestra vida política: que no quedaron cumplidos los anuncios hechos. No hubo riña personal, ni anatemas, ni nada de lo que constituye el conjunto de una se sióu movida. No hubo más que una discasión técnica, en la que intervino el Sr. Maura para dedicar al Ejército palabras de elogio y de simpatía. En el lugar oportuno dejamos recogido lo que sucedió en la sesión. Del discurso del Sr. Maura lo que más se comentó fueron las siguientes palabras, a reproducimos textualmente: EN EL SENADO