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UC I90 S. Deiia, aieia la voz de alarma á sus compañeros, excitándolos, animándolos á la reivindicación de sus derechos hollados. Las Asociaciones industriales que con el nombre de benéficas funcionan en número alarmante merecieron del orador duros ataques. Hay que demostrar- -dijo, -con toda la sinceridad que los hechos impongan, que el médico no puede dar de sí lo que es humanamente imposible; que 1 profesión es arte dé exigencias, delicadezas y abnegaciones negadas al médico, mezquinamente asalariado, y que muchas, muchísimas veces, la familia es burlada en sus derechos y el paciente es víctima del descuido, cuando in dustriales codiciosos y patronos crimínale; explotan la miseria de profesores hambrientos y la credulidad de suscriptores ignorantes. Porque, ¿qué esmero en los reconocimientos, afanes en la asistencia, delicadeza en los juicios y habilidad en las maniobras vais á pedir á ese infeliz esclavo con título que trabaja catorce y más horas para ganar dos, tres ó cinco pesetas al día? ¿Cómo eludir el médico esa ley de todo pueblo culto, sobre que la ganancia y el trabajo han de corresponderse en proporciones armónicas y honradas? Los profesionales aboi s ¿as- -que para espanto nuestro, de los profanos, hemos sabido por boca del sabio profesor que conviven en crecido número entre nosotros- -merecieron del doctor Pulido la descarga de sus iras justísimas Hablando de ellos, el orador nos dijo: A 1 ver esta propaganda actuando por todas partes: en la práctica ordinaria, en el Consultorio adonde acuden las desdichadas con las consecuencias, á veces mortales, de su atentado, sobre ello llamé en varias ocasiones, y en el Senado una, la atención del ministro de Gracia y Justicia, y recuerdo que el fiscal del Tribunal Supremo, que entonces lo era el Sr. Ruiz Valarino, publicó una circular para perseguir el crimen; pero nada de esto se ha traducido en ejemplares castigos, y alentados sus autores con la knpunidad, las prácticas siguen hoy con más osadía y abundancia que nuiica, deshaciendo miles y miles de existencias. En la imposibilidad de transciibir todos los puntos de tan luminoso y concienzudo trabajo, terminaremos dando á conocer algunos datos para satisfacer la curiosidad de nuestros lectores, que desearán saber el número de medíaos que forman parte del Colegio: En la capital, 852, en la provincia, 145; colegiados cuyo paradero se ignora, 24, y residentes en el extranjero y fuera de la provincia, i n Total, 1.142. Individuos que han sacado patentes y no están colegiados, 194. Es decir, que constituyen el Colegio el 84 por 100 próximamente del Cuerpo médico que tenemos registrado en Madrid, excluyendo ese coeficiente de médicos que ejercen sin colegiarse y sin pagar patente. La suma total que los médicos colegiados abonan al Estado y Municipio por derecho de patentes ee eleva á 218.197 pesetas anuales. Otros diversos datos estadísticos que nos es imposible recoger encierra el trabajo leído por el ilustre presidente del Colegio de Médicos. Durante la lectura de su discurso, el orador fue interrumpido varias veces por murmullos de aprobación y calurosos aplausos, que se convirtieron eia ovación al terminar. El salón de actos del Ateneo estuvo literalmente lleno de médicos, viéndose congregadas allí todas las eminencias de la clase de reputación sólida y mundial. En la tribuna alta estuvo oj endo el brillante discurso la distinguida oftalmóloga doctoia doña Triiuíad Arioyo de Márquez. CUENTOS ILUSTRADOS i. PAG. 5 -Eso es muy fácil de adivinar- -obseivd la segunda señora. -Yo misma acabo de decirlo. ¿Cómo es ese reloj? -insistió el comisario. -De oro- -contestó la interrogada. -Guarnecido de diamantes- -rectificó la dama elegante. El comisario sacó el reloj. La segunda señora tenía razón. ¿Y el brazalete? -Con brillantes- -dijo la una. -No- -dijo la otra, -de oro, corñpletamen te liso. También estaba en lo firme. ¿Y la sortija? -No lo sé- -contestó la interpelada, dándose por vencida. ¿Hay más cosas en el saco. J- -añadió el comisario. -Sí, señor- -dijo la elegante dama, -tai pañuelo, con mi nombre bordado, Mercedes y además mi portamonedas con 40 francos dentro. -Exactamente. Ahí tiene usted su saco con todo lo que contiene. Déjeme usted la dirección de su casa para cuando se necesite su declaración. La señora dio las señas de su domicilio y se retiró en extremo alegre y satisfecha. El comisario hizo entrar en su despacho al ladrón y á la ladrona. Iba á comenzar el interrogatorio, cuando entregaron una tarjeta al comisario. ¡Que pase ese caballero! Pasó el recién llegado, á quien dijo el funcionario: -No puedo conceder á usted mas que un minuto de audiencia, porque estoy sumamente ocupado. ¡LADRONES! I a muchedumbre perseguía á un hombre, gritando desaforadamente: ¡A ese! ¡A ese! ¡Detenedle! Al fin, el ladrón cayó en manos de un agente de Orden público que le cortó el paso. La gente lodeaba al malhechor y le amenazaba con los puños. De entre los grupos salió una mujer y dijo con voz airada: ¡Señor agente, ese hombre acaba de robarme mi bolsa de oro! -Sígame usted á la Comisaría para prestar declaración- -contestó el representante de la autoridad. El agente, el ladrón y la señora robada se pusieron en marcha hacia la Comisaría, situada en una calle inmediata, seguidos de gran número de personas. La señora no cesaba de quejarse, y en sus lamentaciones decía: -Deberían prender á todos esos bandidos y enviarlos á una isla desierta, sin que quedara ni uno solo en París. Paseábame yo con mi saco de oro en la mano, cuando noté que me empujaban. Afortunadamente, vi al ladrón. El acusado no decía una palabra. Tenía el aspecto de un mendigo muerto de hambre. Había visto brillar el saco y se lo había arrebatado de las manos á la querellante. 331 agente contemplaba la bolsa de oro, que había encontrado debajo de la blusa del ladrón. Al fin se presentó el comisario en el umbral de la puerta de su despacho, acompañando á una señora elegantemente vestida que, al parecer, estaba sumamente contristada. ¡Qué quiere usted, señora! -decía el comisario. ¡Esto ocurre diariamente! Los ladrones no traen á la Comisaría los objetos robados. ¡Qué desgracia la mía! -exclamó la señora. ¡He perdido en un instante un saco de oro, un reloj, un brazalete y una sortija! ¡Qué le vamos á hacer! -exclamó el funcionario de Policía. ¡Mi ladrona! -exclamó de pronto la elegante dama. ¡Ahí la tiene usted, señor comisario! Estaba yo sentada en una guantería probándome unos guantes, con mi saco en la falda. Esa mujer me lo cogió y ecbó á correr precipitadamente. La reconozco muy bien y reconozco también mi saco. La sorpresa fue general y el ladrón no pudo dejar de sonreírse. La mujer acusada trató de defenderse contra la afirmación de la recién llegada. -Ese saco me pertenece, señor comisario. -Esa señora no sabe lo que se dice. ¿No puede haber dos sacos iguales? -Ahora veremos- -dijo el comisario apoderándose de la bolsa. ¿Qué hay en este saco, señora? -preguntó á la acusada. -Un reloj. -Terminare muy pronto, señor comisario. Hace dos horas entró en mi tienda- -soy joyero, como habrá usted visto en mi tarjeta, -entró, digo, una mujer joven, bonita y elegante, con propósito de comprar varios objetos. Como iba muy bien vestida, le enseñé lo mejor que tenía en mis escaparates. Lo miró todo y me indicó que volvería. Retiróse, y no tardé en notar la desaparición de una bolsa de oro, de un reloj guarnecido de diamantes, de un brazalete de oro y de una sortija con una esmeralda. Considero perdido todo eso, á menos que una casualidad... -La casualidad ha existido, pero ha venido usted tarde. Ha sido usted robado tres veces, y si se hubiese presentado minutos antes, habría recobrado usted sus alhajas. Acto continuo el comisario refirió al joyero la sorprendente historia de la bolsa y de su contenido. El ladrón se echó á reir á carcajadas. ¡Sileneiol- -exclamó el comisario. ¡No está usted aquí para divertirse! El jefe de Policía llamó y dio á un empleado la direcoión de la señora del saco de oro. El subalterno regresó á los pocos instantes y dijo: