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DE TODO E L D O P O R CABLE, POR TELÉGRAFO Y DE TODO EL D O POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y r. v- tfítva REGRESO D E L REY A MADRID Fot. Goñi. CARRUAJE DE SS. MM. AL SALIR DE LA ESTACIÓN DEL MED 1O DJA A LA LLEGADA DE D. ALFONSO Xlll D BARCELONA HA VUELTO EL REY A las once de la mañana daba alto el tren real en la estación de Atocha; á las once en punto de la mañana rompió el cielo á lloviznar. ¿Por qué? Nadie podría saberlo, puesto que en las esferas celestes no llevan cuenta de los acontecimientos que aquí en la tierra celebramos los hombres. Coincidió la llegada del Rey con la llegada de la lluvia; y este hermoso cielo madrileño, que de tan viva manera resplandeció en los días anteriores, ayer se puso triste. Llovía una lluvia mansa, tenaz y abundante: bajo la injuria del cielo, todos los ciudadanos habían abierto sus paraguas. Y entre la espesa lluvia y la nutrida fila de paraguas pasaron primero los soldados de! a Escolta Real, luego el carruaje regio y, a 1 fin, todos los otros carruajes del séquito. Como las manos estaban entretenidas en soportar tiesos los paraguas, y como además los madrileños temen bastante á los catarros, claro es que los espectadores se mantenían quietos, sin gritar ni lanzar n aire los sombreros. Por la cuesta arriba de la calle de Alcalá, la cabalgata regia subía gravemente, en el silencio de la lluvia, al compás marcial de los cascos de los corceles. Desembocó en la Puerta del Sol, clásico pozo en donde se han verificado tantas ova- D. MARIANO DE CAVIA PERIODISTA ciones, tantas revueltas y tantos actos bu- INSIGNE A QUIEN HOY TRIBUTARA ZAlliciosos. Allí los tranvías se detuvieron; RAGOZA SOLEMNE HOMENAJE pararon asimismo los coches de punto; los curiosos, conservando siempre tiesos los paraguas, miraron el grave y marcial cortejo de la caballería y de los earruajes reales. Por último, desembocaron en la explanada que antecede al Palacio Real. Desde aquel espléndido mirador, los ojos podían contemplar la llanura tendida á los pies de Madrid, ¡esa noble y silenciosa llanura de Castilla, que nadie puede mirar sin sentirse conmovido por toda clase de emociones sentimentales! Sobre la llanura castellana llovía apretadamente; los pinos y las encinas se arrebujaban en niebla; los campos teníaa doble majestad en aquel solemne silencio de la mañana lluviosa. Y el Guadarrama, como un gigante que se siente malhumorado, se había envuelto completamente con ur doble embozo de nubes. Al penetrar la cabalgata regia en la plaza de Oriente, lps reyes antiguos que están colocados en torno á los jardines irguieron sus amarillentas cataduras, como queriendo saludar al joven Monarca. Enfrente mismo de la puerta del Palacio podía verse á Sancho IV, á Juan I, á Fernando V, á Felipe II... todos ellos con las manos diestras levantadas, en actitud de arenga. Entonces sí que venía á pelo el dicho vulgar que dice: Parece que está hablando. En efecto, los viejos reyes parecían estar hablándole ai joven Monarca. ¿Qué cosas le dirían con sus labios de piedra? ¿Qué imaginación podría atrapar las palabras, las misteriosas palabras proferidas por aquellos altivos, poderosos reyes de la vieja España... Luego, el Rey, con su esposa, con su ina dre, con su hermana, etc. entró en el alcázar, restituido á sus lares. En su oído, me-