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A B C VIERNES 23 DE OCTUBRE DE i 9 o8. EDICIÓN J PAG. i, i t RECIBIMIENTO ENTUSIÁSTICO Fot. Mauri. R 1 POLL. LLEGADA DEL NUEVO RECTOR, D. JUAN PUIG OR OL. LA COMITIVA SALIENDO DE LA ESTACIÓN paseaba mis ojos por las pinturas del techo, saludaba á los amigos, sonreía á los adversarios- -con vergüenza lo confieso, -y á veces se sentaba cerca de mí algún amigacho con quien charlaba de las cosas de la vida: de los negocios, de las diversiones, déla novia ó del tiempo. Apenas me acordaba entonces de que existían patria, electores, deberes y necesidades. Suponía que todos nosotros estábamos allí por derecho propio, por floración espontánea, como la de los hongos. Descendía por la suave pendiente de la negligencia al abismo del pecado. Soñé que me hice camarada de todos, tanto diputados como ministros. Me divertían mucho las ocurrencias de Soriano, oía con alborozo las torpes frases de algún orador novel, siseaba á los exaltados, contribuía al ridículo de los ministros más torpes; yo me unía á la masa del Congreso para aplaudir ó para protestar, según el orden de los acontecimientos. Caía, caía por la pendiente al abismo de la inmoralidad. Hasta llegué á cambiar paquetitos de caramelos con unos y con otros; entre charlar y chupar caramelos, el tiempo se me iba muy entretenidamente. Y soñé jue cierto día, no sé con qué motivo, pliego á mi conocimiento que el país existía, que el pueblo tenía necesidades, que mis electores me estaban contemplando. Entonces volví repentinamente á la realidad y se me representó lo inmenso y nefando de mi culpa. Sentí un gran arrepentimiento; sentí una fuerte indignación contra aquel conciliábulo congresil, contra aquella lenidad y aquella indiferencia de los padres de la patria, contra aquel juego de camaradas y aquel mutuo cambio de caramelos, sonrisas y discursos vanos. Me propuse purgar mi culpa con un acto que fuera sonado. Y sin acordarme de ensayar mi discurso ni de estudiar algunos ademanes ante el espejo, salí galopando y penetré en el Congreso á tiempo que los políticos, junto con el público, reían no sé qué graciosas palabras de ignoro qué diputado. Soñé que me levantaba á hablar intempestivamente, creo que sin pedir la palabra. Hablé acaso una hora, sin cuidarme ni del estilo, ni de las interrupciones, ni de los campanillazos. A nadie escuchaba; yo seguía hablando con indignada elocuencia, no respetando nada, flagelando á todos, trayendo á la imaginación de los oyentes la figura del país, del desgraciado país, que aguardaba en nosotros, mientras nosotros pasábamos el tiempo regocijadamente. Todo lo apostrofé, todo el tinglado político sufrió la arremetida de mi elocuencia. Y fueron tales mis expresiones, tal mi vehemencia, que al terminar oí que el presidente del Consejo, poniendo una cara de sorpresa y espanto, se volvía á la Cámara y exclamaba: -Señores todos del Congreso: con escándalo hemos oído las feroces palabras, las inauditas palabras de ese bárbaro... Soñé, por último, que el Congreso en masa quedó espantado de mi discurso: todos convinieron en que yo era un bárbaro, un inadaptable, un falto de ductilidad, y que si mis teorías se atendiesen la vida parlamentaria sería imposible. Las formas, la ductilidad, las conveniencias... exclaman ministros y diputados. 51 mismo Soriano decía que conmigo no podía irse á ningún lado; que era conveniente soltar frases terribles, pero no hasta aquel extremo, porque lo importante es divertirse y hacer que la política dure. Soñé que me levantaba á hablar otra vez, con mayor indignación que antes... Pero sin duda el esfuerzo era demasiado grande; sin duda la indignación me ahogaba, porque no pude pasar del ¡Señores diputados... Me desperté y vítne incorporado en la cama, sin poder respirar, rojo todavía de ira y temblando de elocueneia. J. M. a SALAVERRIA MADRID. ANTONIO BRU GUILLEN rUGADO AYER UB LA CÁRCEL MODELO