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A B C VIERNES a 3 DE OCTUBRE DE 1908. EDICIÓN i PAG. 4. del sab; r que no tendiese á la conservación del Estado era una herejía y un delito. Su aversión á Mad. Stael no arranca de otro origen. No era sólo aborrecimiento; era miedo el que le inspiraba la pluma de aquella mujer. El libro sobre Alemania colmó la medida de su cólera. Ya no se limitó á no consentirla que saliese de Coppet; la impuso el destierro fuera de Francia y de SuizaPero, en fin, antes de proseguir estos comentarios de lo retrospectivo, entremos en el palacio de aquella célebre dama que tanto crédito intelectual ha reivindicado para su sexo. La condescendencia del señor conde de Broglie, descendiente suyo, nos lo va á permitir. El edificio tiene en sus líneas arquitectónicas la rebuscada simplicidad del gusto francés en el siglo XVIII. Franqueamos la envegada puerta, luego unpatigüelo desnudo, y, al llegar al vestíbulo, una estatua de Necker, que dista mucho de ser un prodigio escultórico, reclama nuestra atención. De las paredes cuelgan algunos cuados de la época, pintura sin vigor, que no vale la pena de describir. Y sin otro preámbulo subimos al gabinete de trabajo de madama Stael, holgada pieza con balcones sobre el parque. Todo el decorado de la habitación, estilo Luis XV, se resiente de los ultraje? del tiempo. Solamente una mesa de malaquita y otra de mármol taraceado conservan intacta su primitiva gracia artística. Deben ser dos regalos. ¿De quién? Se, ignora. Tal vez de Benjamín Constant, quizá de Mateo Montmorency. Es posible también que procedan de origen más elevado. Si se recuerda que la ilustre dama vio transcurrir una parte de su destierro en Rusia, en Alemania y en Suecia, siempre agasajada por Monarcas que la admiraban, aquella presunción cobra verosimilitud. De todos modos, el viajero no se devana los sesos por saberlo. ¿Qué más da? Ninguno de esos objetos con que madama Stael decoró su intimidad recuerda un episodio dramático de su vida, ni ha influido en su obra literaria, La biblioteca, que es profusa, ha sido renovada por el señor conde de Broglie. Sobre los miles de ejemplares que acumuló la autora de Delfina allí, su descendiente, que es también un literato de nombradía, ha puesto un caudal de modernidad que se destaca en los estantes, contrastando con las viejas encuademaciones. Hemos visitado seguidamente el salón en que la dama recibía á sus amigos, es decir, la pieza más interesante de la morada. Por allí han pasado, dejando la huella de su ingenio, Benjamín Constant, Próspero de Barante, Mateo de Montmorency, el príncipe Augusto de Prusia, el barón de Voght, Eleazar de Pabrán, el historiador Pismondi, Guillermo Schlegel, y tal vez el mismo Napoleón I antes de investirse de la púrpura cesárea. Todo en la habitación conserva el híbrido carácter de la época: los muebles, la tapicería, las vitrinas, la sillería, los búcaros, hasta los más menudos objetos de uso ó de adorno pregonan la reconciliación de dos estilos, el de Luis XV y el del Imperio, que coexistían amigablemente en casi todos los salones. La permanencia de todas aquellas cosas desprovistas de alma, cuando todo lo que las animaba en otro tiempo ha desaparecido inexorablemente, es de una melancólica ironía. ¿Qué fue de las escenas de amor entre Constant y la Stael primero, y entre la Stael y Rocca después? ¿Qué fue de los torneos de ingenio entre Sismondi y Barautre, entre Constant y Schlegel y entre la Stael y madama Recamier, su amiga y confidente? Todo lo que fue testigo de aquellas alegrías, de aquellas vehemencias cordiales, de aquellas victorias del entendimiento y de la palabra, permanece. Ha sobrevivido á los autores y protagonistas de aquellos dramas y aquellos saínetes. AHÍ está el Salón, como el día en que Mad. Stsfel partió para no volver. Aquellos son los muebles que ella aeumuló para ornato de su intimidad y regalo de sus amigos, los objetos preferidos, las predilecciones de su coquetería estética. Todo permanece, todo dura, menos los seres que pasaron por allí, ufanos de su transitoria superioridad sobre las cosas que les rodeaban... Hemos pasado á la alcoba de Mad. Stael, donde, entre otros recuerdos de su vida, campea el retrato que la hizo el célebre David, el mismo pintor que nos ha legado la imagen de Napoleón I. No era bella la Stael, paro flota en sus ojos y en su sonrisa un encanto indefinible. Era graciosa jr avispada, y, sobre todo, de una vehemencia pasional que dio muy malos ratos á los hombres. No se puede decir que fuese desgraciada. Todo le acompañó en su paso por la tierra: el talento, la fortuna, la ventura intensa que procede del amor maternal, el homenaje de los hombres, todo, hasta el horror en que la tenía el César fue para ella un episodio triunfal. No quiero ahondar más en su vida para no tropezar con las etapas escabrosas, que este periódico no suele recoger... Antes de partir he dado un paseo por el parque. El sol, en su descenso, trazaba indescriptibles arabescos entre el arbolado del parque y sus rayos iban á quebrarse en la superficie del estanque. Una ráfaga de aire sacudió los juncales que orillan el agua y yo creí percibir rumor de palabras que venía de lejos, acaso voces de un irónico pasado... Debió ser una alucinación auditiva. MANUEL BUENO. p L OBISPO DE JACA Y EL CANÓNIGO VI LA DA- No puedo menos de dedicar unas breves líneas al señor obispo de Jaca; lo hago con mucho gusto. El lector no encontrará en ellas nada desagradable par- a este prelado. El señor obispo de Jaca me honra con su amistad; este mismo afecto hacía que yo retrasara el presente artículo; la actualidad, sin embargo, me impele á escribirlo. El señor obispo de Jaca es ya una figura relevante en nuestro Parlamento. En los pasillos de las Cámaras se habla estos días mucho de este prelado y se comentan sus discursos. La Prensa le dedica también sus comentarios. De los comentaristas, unos se muestran perplejos ante las campañas parlamentarias del obispo de Jaca; otros, más ligeros, lanzan observaciones humorísticas; unos terceros, se manifiestan conformes y aun entusiastas de las intervenciones senatoriales del prelado. De todos modos, á unos y á otros, preocupa, más ó menos duraderamente, la figura del obispo y sus discursos parlamentarios. Entre tanto, el obispo pronuncia todas las tardes en el Senado un discurso y varias rectificaciones; hace que hablen tres ó cuatro senadores; desarma á un ministro; interesa á la tribuna de la Prensa; da materia á los periódicos de la noche y de la mañana siguiente. Luego, de pronto, desaparece y se marcha á su diócesis. Al cabo de una corta temporada, que es como una tregua, como un respiro, vuelve de allá de su lejana sede de Aragón, y el mismo día, tras un largo y fatigoso viaje, torna á sus pintorescas polémicas del Senado, Es una actualidad el obispo de Jaca. ¿Quién es este señor prelado? El obispo de Jaca es un hombre de estudio, de trabajo. Ha publicado numerosos libros. Se precia de estar al corriente del movimiento intelectual. Pero este prelado se encuentra estrecho, embargado, en su gabinete de trabajo. Ne- cesita el movimiento, el ir y venir, la luona, la batalla, la acción, en una palabra. El obispo de Jaca, en una diócesis más ancha, más populosa y de más vida que la suya, hubiera ya manifestado su actividad en multitud de obras de transformación social. Fuera de su diócesis, este prelado toma una parte activa en la- vida parlamentaria, interviene en los Congresos católicos, prepara y organiza una vasta empresa de información católica. Entre los libros del obispo de Jaca hay uno muy interesante sobre el P. Martín Sarmiento. Se trata de una obra erudita y de fina comprensión. Los eruditos saben que Sarmiento es una de las figuras más curiosas y atrayentes de nuestro siglo xvni. Sarmiento era un espíritu desasosegado, inquieto. Tenía una cultura vastísima, inmensa. Sus costumbres, su método de vida, ofrecían extrañas paradojas y contrastes. Ante la extrañeza general de sus contemporáneos, éi mismo se creyó en el caso de explicar sus rarezas- -que en el fondo no lo eran- -en un curiosísimo escrito titulado fflporque sí y elporque no. Se le acusaba de hosquedad, y era un espíritu noble y generoso. Atacado Feijoo sin piedad por la estulticia ambiente, Sarmiento salió á su defensa en trabajos llenos de admirable cultura y caudalosa erudición. Hay misteriosas y no explicables afinidades en la vida ¿Qué azar de las cosas ha hecho que este prelado batallador, entusiasta de la acción, fino erudito, haya elegido como punto central de su vida intelectual á este otro espíritu inquieto, extraño, hostilizador de la opinión, un poco taciturno? Los recientes discursos del señor obispo de Jaca, no hay para qué recordarlos aquí. Más que un orador solemne, de una pieza- -género ya pasado, -el obispo de Jaca es un polemista. Tiene movilidad, intención. No se conturba ante la interrupción. Sabe decir las cosas más desagradables con un eufemismo discreto. Su vida parlamentaria cuenta todavía escaso tiempo. ¿Qué será este parlamentario cuando los años vayan pasando y vaya entrando más en el ambiente de las Cortes? Estos días se recuerda un incidente ocurrido estas últimas tardes con motivo de uno de sus discursos. Hablaba el señor obispo de Jaca; el Sr. Dávila, terrible y furibundo, le interrumpió. Terminó su discurso el orador; dejó pasar tranquilamente la interrupción. Usó luego de la palabra otro senador. Cuando el obispo de Jaca volvió á hablar, sus primeras y suaves palabras fueron para el Sr. Dávila. ¿Cómo le había interrumpido el Sr. Dávila? El obispo no lo extrañaba; el obispo sabía que el Sr. Dávila era canónigo, pero sabía también que este cianónigo no pertenecía 3 su jurisdicción. El Sf. Dávila al oír esto, se puso nerviosísimo. Los senadores que escuchaban tal cosa lo tomaron á broma. Sin embargo, al terminar el obispo su discurso, el Sr. Dávila se puso en pie, y, excitado, irritado, dijo que el, en efecto, es canónigo, y explicó el por qué. Hace tiempo gestionó un importante crédito para la catedral de Málaga; el cabildo malagueño, agradecido, le nombió canónigo honorario. Esta extraordinaria distinción- -dijo el Sr. Dávila- -me honra mucho, y la tengo por uno de los timbres más preciados de mí modesta historia personal y política. En la catedral de Málaga hay un sitial reservado al Sr. Dávila. Si bien fui requerido cariñosamente en diversas ocasiones para que tomara posesión de la silla que en aquel coro me pertenece- -añadió el Sr. Dávila, -no ha llegado todavía el momento de posesionarme de ella, lo cual siento muy de veras; de modo que, hoy por hoy, aunque soy canónigo perfecto, no soy canónigo consumado Es una revelación extraordinaria, estupenda. Gracias al señor obispo de Jaca sa-