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DE TODO EL MUNDO, POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y DE TODO EL MUNDO, POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y GINEBRA. CASTILLO DE COPPET. SALÓN DE MADAMA DE STAEL AL TRAVÉS DE LOS ALPES I7 N CASA DE LA STAEL E S raro el tu rista que se decide á transponer la frontera suiza sin visitar la residencia de Mad. Stael. Desde Ginebra la excursión es breve; una lancha de vapor os acoge en el muelle del Mont Elanc, surcáis un corto ámbito del I enian, y en obra de diez minutos el humilde caserío de Coppet, apiñándose pintorescamente en la vecindad del lago, os recuerda que es menester echar pie á tierra. I a aldea no retiene al viajero con ningún encantó especial. Es un rincón más de. Suiza, poco apartado de una gran urbe- -Ginebra, -en el que no hay á vuestro alcance más que dos placeres: el aroma de la arboleda, que se desparrama por todo el pueblo como una cascada de verdura, y la inocente quietud que os rodea. Para un voluptuoso es poco. Para quien necesite una tónica reparación del sistema nervioso, bastante. Mad. Stael solía refugiarse aquí cuándo las vicisitudes de la vida la herían ó humillaban. Coppet era para ella un asilo. Aquella mujer hubiera preferido no saiir de París, donde su ingenio y su carácter la daban seguro ascendiente sobre las personas que frecuentaban su trato; pero el destillo, más fuerte que su voluntad, dispuso las cosas de otro modo. Siempre que una exhortación paternal ó un desvío de Napoleón el Grande la obligaban á recluirse en Coppet, lejos de buscar en el aislamiento un estimulo p, ara el trabajo, Mad. Stael se desvivía por atraer á. sus amigos de París, de modo que el retiro campestre resultase un empalme de su salón de embajadora. Y es que la autora de Corina podía conciliar fácilmente los afanes mundanos con las necesidades de la inteligencia. En cierto modo r -Mi iWk Jt v I U. ÜÍ EL CASTILLO DE COPPET, RESIDENCIA QUE FUE DE MADAMA DE STAEL Lay derecho á creer que su obra literaria es la repercusión de sus aventuras personales. ¿Cómo había de serle indispensable el aislamiento? Jamás en el curso de su vida la vemos esconderse en la aldea para conjurar un temporal del corazón, huir del tráfago de la eorte ó sobreponerse á una pena ín. tima. L, os seres más frivolos se aislan de cuando en cuando por tedio, por tristeza ó sencillamente por dejar de ver to que ven á diario. I, a Stael es inaccesible al cansancio ni al tedio. El trato humano no la sumerge en la melancolía. Al contrario, cada amigo, cada persona preferida, es un puntal de su existencia. Si va á Coppet es porque su padre, valetudinario, la requiere, ó porque, desavenida con su marido, el barón de Stael, necesita dar color honesto á su independencia, ó porque Napoleón, que no pudo soportarla jamás, la destierra inexorablemente. I, a inquietud intelectual, el liberalismo y el libertinaje de la célebre dama repugnaban al vencedor de Austerlitz, que, como nadie ignora, solía revestir su misoginia de las más groseras formas. Y es que en el fondo de Bonaparte había algd que no quieren reconocer sus panegiristas: un miedo inmenso á la obra de la pluma; los hombres de ciencia y los literatos le infundían pavor. Jamás fue aplicada la censura á la letra impresa con más severidad que entonces. Napoleón sabía que las ideas concluyen por modificar la estructura espiritual de los hombres, y que un dictador militar, disipada la aureola de la gloria bélica, pierde todo prestigio ante sus contemporáneos si son inteligentes y cultos. Presentía que un soldado no puede tener fuera de la guerra más que éxitos decorativos, y que con ese modesto haber no se compite con los pensadores, los sabios, los políticos y los artistas. De ahí su hostilidad á los hombres de ciencia. Para él toda rama