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A B C JUEVES i DE OCTUBRE DE 1908. EDICIÓN i. PAG. 4. cabezota para contemplar el humo de la locomotora con ojos melancólicos y soñadores, Hemos entrado en Hungría. Nos lo demuestran estas orquestas de tziganes que salen á recibir el tren en todas las estaciones y nos amenizan los breves minutos de parada, tocando czardas descompuestas y arrancando á los violines largas y sentimentales melodías. Los pobres tziganes, vestidos de frac ó pasan el platillo por las ventanillas para recoger los modestos kellerqne tengáis la bondad de ofrecerles, y al partir el tren fórmanse correctos y os despiden ejecutando una guerrera marcha y agitando los pañuelos. ¡Ah, sí! ¡Pobres tziganes! Inquietos, aventureros, están aquí reuniendo céntimo á céntimo el importe de un billete de ferrocarril para ir á correr por el mundo... Ellos saben que en Viena, en París, en Londres, en las capitales del mundo entero, la música tzigane está en moda, y trasládanse con el pensamiento á los lujosos restaurants de los bulevares, á los comedores de los grandes hoteles, y sueñan con millonarios que los regalan relucientes piezas de oro en pago á las sentimentales melodías de sus violines y á las vibrantes cadencias del címbalo armonioso. Y sueñan también- ¿necesitaré decirlo? -sueñan con la hermosa princesa de los Cuentos azules, que, enamorada de los negros cabellos y enloquecida por las miradas de fuego del tzigane errante, abandona hogar y posición para arrojarse amorosa y rendida en sus brazos. La fortuna de Rigo y la pasión que encendiera en el volcánico pecho de la Caraman- Chiniay han trastornado las imaginaciones de estos infelices músicos aventureros. Yo los tengo una gran simpatía y me inspiran una infinita piedad, sobre todo cuando los veo lejos de su tierra, en París, por ejemplo, vistiendo las clásieas levitas encarnadas, crespa y lustrosa la cabellera, rebelde, hundiendo las miradas ávidas en la fe tnenil concurrencia. No; no suelen permanecer mucho tiempo en un mismo sitio porque su espíritu aventurero los empuja á cambiar de país, de cielo, de costumbres, y prefieren correr, vagar sin rumbo, como si fueran persiguiendo algo impalpable, algo que apenas entrevisto se desvanece rápidamente... ¡Pobres tziganes. Con sus levitas rojas, sus rostros curtidos, su melancólico mirar, los encuentro en las elegantes brassenes déla Rué Royale, en la cumbre del Guchts en Lucerna, al pie de la fungfran en Interlaken, en Ronacher en Viena, en el AmorSale en Berlín, y ahora en estas verdes estaciones de Hungría... Y siempre improvisando las mismas enrevesadas melodías, ¡y Siempre pareciéndome que son ellos los mismos en todas partes... V a hemos entrado en el país magiar la nación de los guerreros legendarios y de los bandidos célebres. Contemplando el tipo húngaro, ya sea mujer, ya hombre, creemos encontrarnos en frente de rostros conocidos, tal es su semejanza con el tipo corriente de la España meridional. Y como el nuestro, este pueblo se ha pasado la vida luchando contra los turcos, ha sufrido la dominación del imperio de Solimán y ha sido el centinela avanzado que Europa ha tenido en Oriente para impedir el paso al infiel. Hoy no lucha ya Hungría contra el musulmán; hoy lucha contra otros enemigos más cercanos aún, y, terca y bravia, no se conforma ton la dorada independencia que disfruta y quiere romper esas ligaduras que aun la amarran, aunque el yugo aparece disimulado bajo guirnaldas de flores. La fisonomía de este pueblo indómito y guerrero la da el paisaje que constantemente atravesamos, lleno de espesos bosques, de fértiles praderas, de enmarañados matorrales. Los castaños centenarios forman interminables avenidas, los pinos se aprietan en inmensos cuadrados como batallones disponiéndose á dar el asalto á un invisible enemigo, y hay árboles seculares de retorcidos troncos que elevan sus desnudos brazos como espectros, y otros que entrelazan sus ramas fraternales para defenderse de los rayos del sol. Ahí se escondían los bandidos legendarios, que el país adoraba y protegía porque jamás hacían daño al pobre y sólo al rico desvalijaban. Los Diego Comentes de Hungría no fueron sólo desgraciados aventureros que obraran empujados p or la necesidad, no... Muchos de ellos eran grandes señores, pues esta industria del puñal y la bolsa la practicó una no e scasa parte de la nobleza, desde lo alto de sus castillos, fuertes como ciudades. Ahora los bandidos han huido de Hungría; pero el espíritu aventurero de la gente del país sigue palpitando en la raza, y aunque aman la tierra en que nacieron, suspiran por contemplar otros cielos. Y el aventurero moderno, si es pusilánime, se hace músico para poder correr el mundo tocando el violín; si es valiente, atraviesa la frontera y se alista en una de las bandas infinitas que merodean en los confines de Turquía, robando las piastras que buenamente pueden y haciendo colección de cabezas musulmanas... Estos bosques están ahora silenciosos y apacibles; hoy son propiadad de archiduques poderosos que vienen á correr liebres, á cazar ciervos y á matar jabalíes, y para proporcionarse ese soberano placer un par de semanas al año tienen improductivas y muertas inmensas extensiones áe terreno, porque sólo en Rusia, en Hungría y en España existen estas colosales propiedades de 25 y 30 leguas que posee un gran señor para su placer y regalo. ¡Santo latifundio! En tanto, los pobres aldeanos se contentan con disfrutar las verdes praderas, paseando por ellas sus bandadas de blanquísimos patos y sus rebañps de redondos cerdos... ¡Oh! El cerdo debe ser en Hungría el plato nacional, á juzgar por su número... Mientras el Oriente- Exprés devora la distancia que separa á las dos capitales del Imperio, no vemos á lo largo del camino otra cosa que rebaños de cerdos, unos cerdos muy raros, de piel rosada y tan gordos, tan lustrosos, que apenas pueden moverse. Los pastores los cuidan, los miman, no los castigan si se desmandan, y los felices animales se revuelcan, contentos y la vida... ¡Vaya, si es agradable la vida del cerdo es Hungría! El aldeano la envidia seguramente. guando salimos á las calles de Pest la luz casi nos ciega, la animación nos aturde, el bullicio nos atonta, En muchas casas par ticulares, en los edificios públicos, hay banderas y gallardetes. La ciudad de Pest, que se engalanó días pasados para recibir á los Príncipes de Bulgaria, ha conservado sus adornos, aumentándolos aún más, para festejar á los Reyes de España. Las terrazas de los cafés se desbordan sobre las aceras, y el público charla y ríe, mientras de todas partes surgen melodías y cantos. No... En este pueblo no se debe conocer la tristeza, de aquí ha huido el dolor... Si alzáis la vista al cielo, os sorprende el parpadear de las estrellas; si paseáis vuestras miradas alrededor, os acribilla el asesino parpadeo de unos ojos negros, rasgados, brilladores é incitantes. Y también un español cree reconocer en este cielo de Hungría su cielo de España, y en este mirar atrevido de las mujeres húngaras, el centelleante mirar de la mujer española... Pero ¡ay! ¿Be qué le ha servido al cronista llegar anticipadamente á Pest para recoger los detalles de la información que debe daros del viaje regio? Difícil va á ser aquí su tarea, porque eso que nos cuentan en París de que el francés se habla en todo el mundo va resultando una leyenda, una de tantas leyendas. Y en Pest no solo no hablan francés, sino que tamppco quieren hablar alemán ¡Hablan húngaro! ¿No os sorprende que en Hungría se hable húngaro? Pues á mí, sí... Yo creí que este idioma no le hablaban más que esos desgraciados que van con un oso y un pandero pidiendo limosna por los caminos. ¡Dios de Dios! ¿Cómo hacer para enterarme de lo que aquí sucede mientras los Monarcas españoles permanecen en Budapest? ¡Oh! Crean ustedes que hay días en que el oficio del cronista no es nada agradable. JOSÉ JUAN CADENAS NUESTROS GRABADOS nundaciones en Andalucía. Lloran aún los desdichados vecinos de asariche, perjudicados por la reciente inundación, la destrucción que en sus propiedades ocasionó la riada. Lloran y esperan remedio á sus peaas. Confiemos en que la acción oficial dejará sentir sus beneficios esta vez y remediará á aquellos infelices. La inundación empezó por una lluvia torrencial, que ocasionó la crecida del río Yeguas, entre cuyas aguas hubieran perecido los habitantes de Casariehe á no ser por tres hombres que dieron la voz de alarma con toda oportunidad. Eran ellos Antonio Esqalera Galindo, de veintidós años, panadero; Manuel Pozo Rodríguez, de veinte años, sombrerero, y Pedro GH Pérez (a) La Sota, de treinta y oche- años, cabrero. Aun no haría media hora que había comenzado la lluvia cuando se les vio llegar por los arrabales, jadeantes, cubiertos de sudor y de lodo, con el terror retratado en el semblante y anunciando á grandes voces la formidable crecida del río. Aquellos salvadores dal vecindario de Casatiche habían recomao seis kilómetros en