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A B C VIERNES %5 DE SEPTIEMBRE DE 1908. EDICIÓN 1 PAU. 14. PARÍS. HORROROSO INCENDIO INTERIOR DE LA CENTRAL DE TELEFONOS DESPUÉS DEL SINIESTRO QUE LA DESTRUYO TOTALMENTE ACTUALIDADES Fot. Royer. A unque la frase resulta poco piadosa, es lo cierto que he tenido la satisfacción de ver silbado al insigne violinista cuya muerte llora hoy el mundo entero. Si lo llega á saber á tiempo Rodríguez San Pedro dilata más tiempo la concesión á Sarasate de la gran cruz de Alfonso XII. Porque han de saber ustedes que para conceder esa condecoración al gran Sarasate hubo sus más y sus menos. I a iniciativa partió del presidente del Consejo de ministros, Sr. Maura, quien indicó al ministro de Instrucción pública el año pasado lo justo y oportuno que sería dar dicha gran cruz al célebre violinista. Hay que advertir que el Sr. Maura no conocía personalmente á Sarasate. L, e había oído como le hemos oído todos, le admiraba como todos le admirábamos, y pensó que era hora de que el ilustre navarro que honraba á España ostentase una condecoración que se creó para los hombres verdaderamente admirados y admirables. ¡I as veces que tuvo que hablar al Sr. Rodríguez San Pedro para que el decreto se extendiese! No pasaron menos de siete ú ocho meses de instancias, ruegos y recordatorios, hasta que el decreto apareció en la Gaceta, á principios del año corriente. Pero vamos á lo que es objeto de estas líneas: á las silbas á Sarasate. orría el verano de 1898. Los transatlánti 7 eos, convertidos en hospitales, casi en cernéatenos notantes, llegaban á nuestros SARASATE SILBADO puertos, trayendo de Cuba y Filipinas millares de soldados enfermos y heridos. I, a corte no veraneó aquel ario; pero hubo en San Sebastián veraneantes que prestaron su concurso, unido al de la población, para una fiesta celebrada en el Gran Casino á beneficio de los infelices repatriados. I, a marquesa de Squilache, como siempre, fue de las primeras que acudió á la fiesta, pidiendo un palco que pagó con un cheque de 10.000 pesetas. Tocóme á mí solicitar el concurso de los artistas que habían de tomar parte en el espectáeulo. Regina Pucini, Ignacio Tabuyo, Guervós, aceptaron á las primeras palabras. Sarasate opuso alguna resistencia. ¡Si no toco en verano! -decía. ¡Me aniquila el calor y no puedo estudiar siquiera... Pero Sarasate, además de un grande artista, era un gran español, un patriota ejemplar. Cuando le hice ver que su sacrificio podría significar un bien para muchos infelices soldados que regresaban muribundos á España, no insistió. -Tocaré cien veces si es preciso- -exclamó, -con tal de ser útil á tanto ser desgraciado. Y después, ya en tono jovial, agregó: -A ver si es verdad eso del cuarto poder del Estado; á ver si la influencia de la Prensa alcanza á las alturas; á ver si consiguen ustedes que el día del concierto no haga calor, porque cuando sopla viento Sur no puedo tocar el violín. Me silban las cuerdas. -Soplará viento Nordeste del más fresco- -le dije en el mismo tono, -y si hubiese Sur, ya sabe usted que viene en segaida la galerna y la lluvia. Si es preciso, adelantaremos ésta. Llegó el día, y, en efecto, amaneció con un viento terral que ardía el pelo. Sarasate, en mangas de camisa, ensayaba aquella mañana en el Gran Casino, y, de vez en cuando, interrumpiendo el ensayo, me decía: ¿I,o ve usted... No puedo tocar, me silban las cuerdas. -Está llegando la galerna. A la noche, viento fresco. Se está preparando la calefacción. No recuerdo que en la costa cantábrica se haya sostenido doce horas seguidas ese viento cálido sin degenerar en galernazo y tormenta. Aquel día ocurrió. I legó la noche. El calor era insoportable. El Gran Casino estaba brillantísimo... -Pero ¿esa galerna? -me decía momentos antes de tocar el gran violinista. -No se apure usted- -le dije, reconociendo que ni el mismísimo vicario de Zarauz era ya capaz de hacer cambiar el tiempo con uno de sus despachos del Observatorio de Igueldo, -la sala estará fresca. Se han abierto las serves, y para evitar el calórico de la luz se va á apagar la infinidad de lámparas incandescentes del local, dejando sólo los arcos voltaicos. Creyó, ó aparentó creer, el error físico que contenían mis palabras, y salió á tocar. Tocó como los propios ángeles, como tocaba siempre, acaso mejor que nunca, porque le inspiraba el sentimiento del amor á su patria. El auditorio le hizo una de esas ovaciones que él y pocos más han recibido- -Y qué- -le pregunté después- -jhan silbado las cuerdas?