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B C. VIERNES 18 DE SEPTIEMBRE DE 1908. EDICIÓN 1 PAü. no metiera en su repertorio la danza de Salome, y ya hay hasta parodias del famoso bailecito. Naturalmente, el compositor se apresuró a reclamar, no para que prohibiesen á las danzarinas que se ganasen el pan con el sudor de sus piernas, sino para que le abonaSen los derechos que correspondían á la música, y cuando el eminente Strauss parecía que tenía bastante con cobrar de todos los teatros de ópera del Imperio, resultó que comenzó á cobrar de todos los music- halls, concerls y varietés. Yo no sé si los iniciados en este arte modernísimo encontrarán que es una herejía lo que voy á decir... Salgo en este instante de ver Salomé, y confieso que he pasado las dos horas más dolorosas de toda mi vida. ¿Por lo patético del asunto? No... ¡Por lo monóton de la música! Y me he agarrado á la danza como á un clavo ardiendo, porque es el único momento en que una melodía ha acariciado suavemente mis oídos. En el resto de la partitura, que, según oigo decir á un maestro italiano, come lavoro é un monumento, yo no he visto más que una monumental lata. Al público le ha sucedido lo mismo que á mí y ha aplaudido frenéticamente la danza... Lo que hay es que no lo confiesa ni á tiros... Luego, es muy difíeil ponerse en situación viendo esta ópera desde la butaca, porque no hay manera de convencer á la gente de que á aquella señora la sirven en una fuente la cabeza del Bautista. Sería preciso ver una cabeza auténtica, recién cortadita y chorreando sangré, y entonces el público entero huiría espantado del teatro sin querer escuchar las melodías que el mismísimo Beethbven hubiera escrito. Calculad, pueSj el efecto que nos produce ver aquel fiambre decartón y crepé servido por el atrezz del teatro como podía servir los pollos y pastelillos de cartón pintado oara ia cena de Los Hugonotes. chas, muellísimas veces, para profundizar en sus bellezas infinitas, y aquí los tenéis un día, y una semana, y un mes, y un año, invadiendo los teatros donde la ópera se representa, para eso: para estudiarla, para entenderla. Van al teatro como podían ir á la escuela Y ahora rae explico el éxito de esta obra en Alemania... ¡No! No desaparecerá de los carteles en muchos años... ¡Lo que es como esperen á que el público se la aprenda de memoria... Si queréis seguir mi consejo, de Salomé, quedaos con la danza. Lo demás, ¡para los inteligentes! JOSÉ JUAN CADENAS. Berlín, Septiembre. p l entierro de Mohamed Torres. Por telégrafo nos comunicó nuestro corresponsal en Tánger oportunamente noticia detallada del entierro del representante diplomático del Sultán de Marruecos, Mohamed Torres. Nuestro grabado da idea del paso de la comitiva por los puntos céntricos de la población p l Concurso hípico de San Sebastián. Continuamos la información del Concurso hípico de San Sebastián reproduciendo una instantánea de la tribuna regia desde la cual presenciaron SS. JIM. estos días la interesantes pruebas hípicas. NUESTROS GRABADOS Además, las palabras son inspiradísimas, sin duda alguna, y no me atreveré á negarlo porque no tengo gana de que los señores modernistas me crucifiquen; pero hay que reconocer que muchas imágenes son excesivamente originales. Sus labios- -dice Salomé hablando de la boca de Bautista- -son rojos como las plantas de los pies de los pisadores de uvas. ¡Caramba! Y esto es demasiado original y demasiado moderno para escucharlo, ni siquiera con música, porque hay melodías que antes de llegar á los oídos pasan por el olfato... Y con música nos gustan menos! Me dicen al salir de la Opera que para comprender y gustar el genial trabajo de Strauss, la colosal partitura que ha compuesto, es preciso venir á ver Salomémuchas, muchísimas veces... Una sola audición no basta para apreeiar las infinitas bellezas de- esta obra maestra, y es imposible poder hacer un juicio, no ya exacto, ni aproximado siquiera, de tan portentosa labor habiéndola escuchado una vez solamente. I,o creo... Diré, sin embargo, que me bastó oir la primera vez la quinta sinfonía para sentirme emocionado, que no necesité es, cuchar má queuna representación de La Walkyria para asombrarme y escuchar extasiado el dúo de la Primavera, la cabalgada de las alborotadoras hijas de Wotan, la despedida de Brunilda y el fuego encantado. Quizá viendo Salomé me hallo en presencia de una obra aún más portentosa y más innovadora que la que acometió Wagner... Y no discuto con estos buenos señores que me recomiendan vea diez, veinte, cincuenta veces la ópera de Strauss para comprenderla... Temo, efectivamente, aficionarme y llegarla á entender... ¡Aquel día sería señal de que había perdido el oído! Y luego, que los latinos no tenemos tanta paeiencia como los sajones. A los alemanes les han dicho que hay que oir Salomé mu- o3i n necesidad de entregarse á l a observa 1 ción- -vicio que suele ocasionar lamentables desgracias literarias, -cualquier madrileño puede comprobar á diario esta dolorosa veraad: desde que el señor conde de Peñalver se empeñó en acabar con los pobres de Madrid, va en aumento el pauperismo de la villa y corte. Nos referimos, naturalmente, ala mendicidad callejera, contra la cual dirigía sus reformas el señor alcalde. Ni sus intentos ni sus atribuciones le permitían aspirar á más honda y trascendental revolución, bien seguro de que la verdadera miseria avecindada en las grandes capitales no se extingue con la momentánea raridad del prójimo. Eran excelentísimos los propósitos de su excelencia; pero precisamente por ellos aumenta la amargura del vecindario en proporsión directa con la causa que la produce... Nos resignábamos á sufrir las molestias que proporciona el libre ejercicio de la mendicidad porque suponíamos el mal irremediable, hasta que esa celosa autoridad nos aseguró su próxima curación apelando á remedios heroicos para obtenerla... ¿No ha de ser ahora mayor que antes nuestro sufrimiento al ver cómo se reproduce, auaienta y crece el mal que creyéramos definitivamente extirpado? Nadie supondrá que al registrar la incomodidad del pauperismo callejero se demuestra la dureza de los corazones y la falta de espíritus sensibles á la desgracia del prójimo... Cierto qtte, sin recurrir á teo- ías más ó menos desconcertantes- -en algunas de las cuales hay un verdadero sentido moral, -rara vez nos acomete el caritativo impulso de atender á la doliente voz que intenta conmovernos; pero es por que sabemos que la limosna entregada en la calle no suele tener el destino que la dieron nuestras intenciones. Así nos lo enseñaron los descubridores del hampa, mostrándonos el extenso repertorio empleado por los pobres profesionales para ablanda el corazón y el bolsillo del transeúnte. Así lo hemos comprobado nosotros mismos, sobre todo en LOS POBRES DE MADRID esos casos sorprendentes de mendigos que al morir dejaron una herencia no despreciable. La mendicidad callejera está desacreditada. Y bien puede afirmarse que sólo sirve para embotar el instinto caritativo de la humanidad; porque seguros deque se nos pide por vicio ó, á lo sumo, en cumplimiento de un deber profesional, no nos atrevemos á socorrer á nadie, aunque á veces el socorro fuera verdaderamente preciso. Lo más que consigue un pobre es hacernos dudar sobre la sinceridad de su demanda. ¿Será de verás un desgraciado... Pero ya se sabe que en la vida es inmediata la presentación del viejo aforismo en la duda, abstente sobre todo cuando hay que dar algo, aunque este algo sea casi nada... Tales son las ideas dominantes acerca de ese asunto de actualidad permanente, que yo he presentado á la comprobación general antes de consignar las mías. A mí, el pobre no me ocasiona la menor molestia. Reconozco sin ningún esfuerzo que su tipo, y particularmente su indumentaria, son bastante desagradables; mas no creo que deban producirnos muy mal efecto después que hemos visto indumentarias y tipos semejantes en los teatros, grandes y chicos, y celebrado con entusiasmo tan moderna orientación artística. Su presencia acostumbrada en los momentos más gratos de la vida- -cuando comemos y bebemos al aire libre, ó hablamos con una mujer ó con un amigo, ó salimos de cualquier espectáculo regocijado- -ni me intranquiliza ni me inquieta; recuerdo en tal momento aquella curiosa observación de la mosca que cae en el vino y apuro el yaso apartando la mosca. No comparto tampoco la general opinión que asigna á los pobres mendicantes una holgazanería ingénita y abusiva, y creo, por el contrario, que el pobre trabaja todo lo qwe necesita para atender á su oficio, profesión ó carrera... ¿Es poco trabajo el de caracterizarse, ensayar voces y actitudes lastimeras, inventar una historia sugestiva y colocarla con oportunidad, aguantarlos fríos y las lluvias, guarecerse en los quicios de las puertas y darse largas caminatas, á más de la perfecta simulación de cualquier mácula corporal que repugne ó que conmueva? Yo lo considero tan respetable como mal pagado; y cuando deposito el clásico disco de cobre en una mano, previamente descarnada, siento que su propietario no emplee mejor sus naturales aptitudes. Porel mendigo la ca uela mímica ycallejero derrocha en sirven e la elocuencia, que para ocupar buenas posiciones cuando se usan oportuna y discretamente en los sitios indicados. Pero, en fin, éstas son ideas personales que no aspiran á convencer á nadie. Si yo las profeso como particular, como vecino de Madrid participo de las otras. Y con esta representación suscribo las generales lamentaciones que sugiere el crecimiento de ese mal, que ya creíamos extinguido ó, por lo menos, en camino de desaparecer. Sin embargo, no por ello culpemos al alcalde. La causa de tan extraño recrudecimiento de la mendicidad nos la ha ofrecido la Asociación por él creada y presidida para acabar con los pobres. Según sus declaraciones, vienen constantemente de fuera muchos mendigos á quienes la Asociación ha de mantener en los asilos y enviar después á los respectivos puntos de su procedencia; lo que explica el fenómeno ó satisfacción de todos y nos permite cargar el aumento al pauperismo flotante. Mas, ¡ay! esa noticia nos enseña cómo hasta las mejores obras se impurifican en la tierra, no por sus autores, sino por quien ha de recibir el beneficio... ¿No sentiremos decrecer nuestros impulsos caritativos al ver cómo hay gentes desaprensivas que se aprovechan de los nobles esfuerzos de la