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A B C. JUEVES 10 D E S E P T I E M B R E D E 1908. EDICIÓN J. PAG. 4. üines zoológicos; en fin, aquí está todo lleno de prohibiciones... ¿Qué será lo que esté permitido aquí. Dios mío? Ultimas prohibiciones que acabo de leer... En la puerta de un quiosco de necesidad, un cartel colocado en lugar preferente dice así: Se prohibe cantar y permanecer más de una hora. Por lo visto, hay aquí gentes que necesitan más de una hora para hacer pipi... ¿Qué harán? JOSÉ JUAN CADENAS. BerJ ir. -S cpCímfarc. NUESTROS GRABADOS 1 a Corte en San Sebastián. Anteayer por la mañana estuvo D. Alfonso XIII con el príncipe de Battenberg en el Club Náutico de San Sebastián. Había visto desde Miramar unos balandros aparejados y fue á informarse de si se verificaría alguna regata, para tomar parte ti ella. Así fue, y el Monarca ganó las copas del marqués de Cubas y del presidente del Club Náutico, Sr. Echeguren, y se las regaló al príncipe Mauricio de Battenberg. L raimiento espantoso. El lunes último se hundió en Sevilla el edificio destinado á fábrica de tejidos de D. Rafael Serrano. Aun no hacía media hora que había salí do el personal de la fábrica, compuesto de setenta hombres y diez mujeres, cuando se oyó un estampido como el de un cañonazo. l, a fábrica se había derrumbado. Sólo quedaba en pie el muro frontal de la parte trasera de la finca, que tiene medio metra de espesor, y la parte delantera, ó sea la puerta de entrada, con unas habitaciones que medirán tres metros de largo. Las dimensiones del local eran 75 metros de largo por 13 de ancho. La causa del suceso, á juicio del encargado de la fábrica, fue la explosión de una caldera que se utilizaba para accionar una máquina de planchar los tejidos fabricados en la casa. i as fiestas de San Julián. Cuenca ha celebrado solemnemente las fiestas de su santo patrón. Ea la procesión fue sacada, como de costumbre, la urna en que se guardan los restos de ¡Santo. GENEROSIDAD BARATA ué recorte es ese del ABC? ¡Ah! Sí; lo Q del Sindicato forestal ruso, que fue cau- sa de la guerra con los japoneses. Deje usted en paz á Berobrazow, á Alexeieff y demás colegas, y ho 3 no hay más remedio que hablar de ese nuevo Maximiliano, del pobre Abd- el- Aziz. -Víctima- también de otro Sindicato, el colonial francés. En la sopera política se encuentra esa plaga en todas las comidas, y bien hará la Junta de marinos que ha de dictaminar sobre los famosos pliegos en ayudar á librarnos de una más indígena, siquiera no pueda impedir que nos saque unos cuartos otra extranjera; entre las dos cosas hay la diferencia de tener una pulmonía á estar tísico. Pero hablemos del ex Sultán de Marruecos. ¿Lo da usted ya por destituido y substituido? ¿Cree usted que Francia, ó su Gobierno, ó el Sindicato, que gobierna al Gobierno en este embrollo africano, se avendrán á reconocer á Hafid, á todas luces favorito de los alttnanes? No bastaba c ta circuns- tancia innegable para que la opinión inglesa apoye la repugnancia francesa á dar por fracasada la política inaugurada hace un año con la cruel calaverada de Casablanca? -Todo puede suceder, ó, para hablar más cuerdamente, no conocemos bastante los elementos del problema, ni su mutuas relaciones, para meternos á plantear laeeuac ón y resolverla. Sabemos, por ejemplo, que los franceses deben haberse convencido de que el buen Abd- el- Aziz, aunque á última hora haya despertado de sus sueños infantiles, no les sirve para combatir á Hafid, que, por lo menos, es á estas horas la cifra y compendio del mahometismo, como su infeliz hermano io es del extranjerismo; pero no sabemos si el Gobierno francés tiene la esperanza de encontrar en el Roghi un adversario poderoso de Hafid á quien ayudar bajo cuerda. También pudiera suceder que precisamente Francia pudiera sobrepujar á Alemania en el ánimo y favor de Hafid, ayudando á éste á deshacerse del Roghi, al que ahora la Preasa en general pierde de vista por completo, con manifiesto aunque nada sorprendente error. Como esta disyuntiva se ofrecen otras cuantas que impiden todo pronóstico. -Pues á mí se me figura que los franceses van tras de retrasar en lo posible el triunfo alemán, ó sea el reconocimiento de Hafid, y para ello me fundo en la exigencia de que éste abone los 120 millones en que, al parecer, están tasados los gastos franceses en este año y pico de guerra con la Chauía y alrededores. Los franceses sou bastante conocedores de la situación para saber que Hafid no puede tener esos millones y que no encontrará quien se los preste; también deben saber que esos millones los han gastado porque quisieron; luego si los piden es como pretexto para aplazar el reconocimiento del Sultán germazofilo. -Quizá, y quizá no haya tal exigencia, ó, si la hay, sea para retirarla á guisa de favor que haya de tomarse en cuenta. De todos modos, si se pide por Francia indemnización de guerra, España no debe imitarla. Siempre me acordaré que al despedirme de Martínez Campos ea Melilla, para regresar á España, me dijo, en presencia del coronel Bascaran y de otros militares, que en aquella- nuestra calaverada de Sidi- Guariach acaso tuviéramos nosotros la razón aparente, pero que la de ciencia la tenían los moros. A pesar de tan terminante declaración, el general aceptó la desagradable misión de ir á Marruecos á exigir al Sultán una indemnización que no se nos debía en conciencia. Entonces perdimos la ocasión de portarnos honradamente (que nunca sobra) y de conquistar la gratitud de Muley Hassan y de sus magnates. Puesto que siempre estamos pregonando que en Marruecos no bascamos éxitos de fuerza, sino de amistad y mutuo interés, aprovechemos la ocasión (si la hay) de mostrarnos, no generosos, sino estrictamente honrados, no pidiendo los cuatro ochavos que nos haya costado la aventura en que nos metimos por nuestra propia voluntad. JENARO ALAS DE ACTUALIDAD UNA ALOCUCIÓN DE ANATOLE FRANCE K n los actos sencillos, en las ceremonias más vulgares y corrientes, es donde se manifiesta con mayor claridad el poder del verdadero genio. Así, hace tres días, Anatole France, uno de los primeros escritores del mundo entero, por la profundidad de su pensamiento, su ironía, su delicadeza y la impecable ter nura de su estilo, en una modesta población francesa, en Quiberon, realzó con su pala bra el acto de inaugurar una sencilla biblio teca popular. Aun descontando lo que pierda en la tra ducctón, queremos ofrecerá nuestros lectorc en esta nota de actualidad el final de 1; alocución pronunciada por el insigne hom bre de letras francés, que ha fijado coa frase escultural y de un modo definitivo, hacien do gala de la sutilidad de su ingenio, la ver dadera enseñanza que nos dan los libros He aquí las palabras del maestro: No pidamos á los libros el secreto de la dicha, no les pidamos los medios para gobernar sabiamente el mundo, ni siquiera nuestro hogar; no les pidamos la verdad porque no la tienen, ó, lo que es peor, Henee varias, tienen muchas, tienen una masa, un ejército, dos ejércitos ea acción, dos ejércitos en guerra, una espantosa mezcla de ver dades. En una biblioteca bien organizada, bien vigilada, bien gobernada, os parecerá no oir nada en el silencio. ¡Eso es superficial! Prestad oído á vuestro espíritu y percibiréis un estruendo aun más temible, gue el de los más violentos asambleístas Jín vuestras noches de invierno, Mr. Creff, ¿no habéis oído un gran ruido, saliendo de los estantes de la biblioteca que habéis traído de Lorient y reunido ahora aquí con tanto arte como orden? No habéis oído los clamores promovidos por los libros que ha reunido la generosidad quiberonesa? No son todavía más que 500, creo, pero ya riñen entre ellos como los ciudadanos de una gran ciudad. Los libros hablan todos á la vez y en todas las lenguas. Los hay ligeros y graves, alegres y tristes, prolijos y concisos. No hay dos que estén de acuerdo; disputan de todo: Dios, la Naturaleza y el hombre, el tiempo, el número y el. espacio, lo cognoscible y lo incognoscible; lo examinan todo, lo comprueban todo, afirman todo, niegan todo. Hoy tenéis quinientos, Mr. Creff; mañana tendréis mil, mil quinientos, diez mil... habrá mil sobre un mismo objeto, mil quinientas, diez mil opiniones diferentes é inconciliables... Y aun no cuento bien, porque olvido que, no satisfechos con contradecirse los unos á los otros, se contradicen ellos mismos á cada momento, lo que eleva al infinito la incertidumbre de sus juicios y las variaciones de su pensamiento... Pues bien, es eso precisamente lo que tienen de bueno, eso es lo que tienen de aprovechable, es así como pueden prestarnos mejores servicios, hacernos más bien; por eso, señores, habéis hecho bien en abrir en Quiberon una biblioteca popular. Porque, ¿qué nos enseñan esos infinitos errores del pensamiento humano, esas contradicciones de las ciencias, aun las más positivas? ¿No encontraremos en ello más que un fondo de dudas estériles y de negaciones amargas? No, señores, ahí descubrimos una regla de conducta y muy recta y muy segura, y de todas esas verdades contrarias sacaremos una gran verdad moral; reconoceremos que la belleza, la grandeza del espíritu humano consiste en buscar, en perseguir sin tregua ni descanso la verdad, que le huye; admiraremos ese esfuerzo sulbime, y no creyendo ya poseer la verdad absoluta adquiriremos la más bella, la más dulce, la más inteligente de las virtudes: la tolerancia. Ved lo que nos enseñan las bibliotecas. Nosotros somos espíritus libres; no atacamos ninguna creencia sincera; nosotros respetamos todas las formas de la fe y de la esperanza. Pero qaerevnos, exigimos para nuestras opiniones el mismo respeto, la misma libertad que concedemos á las opiniones de nuestros contrarios, y apoyaremos con todo nuestro poder las instituciones que consagran nuestra libertad y la hnert id de todos.