Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C. M A R T E S 8 D E S E P T I E M B R E D E 1908. EDJC 1O N i. P A G 14. LA JOVEN TURQUÍA EL SULTÁN Y SU COMITIVA AL LLEGAR A LA MEZQUITA DE HAM 1 D 1 E EL VIERNES ULTIMO Fot. Ravmund. C O N F L I C T O MORAL EN L A LINEA DE LA FRONTERA Los Pirineos sepaian á España ae Francia: además de los Pirineos existe un río separador, que es el Bidasoa. Cerca de la desembocadura de este río hay un puente, en cuya precisa mitad radica el punto ideal, la línea imaginaria que divide á las dos heroicas naciones. En este punto ideal, en e ta linea imaginaria, en esta mitad del puente del Bidasoa, me encuentro yo ahora detenido, perplejo, indeciso, llena la mente de feroces dudas. ¿Qué debo hacer? ¿Saltar el puente, transponer la línea de la frontera y meterme en Francia, ó debo retroceder y volverme á hundir en la sima, en el pozo de mi patria? A un lado y á otro del puente se levantan las representaciones vivas de ambas naciones: un aduanero en la parte de Francia y mn carabinero en la parte de España. Deduzco, por consiguiente, que así España como Francia coinciden en la interpretación del problema de las fronteras; las dos han levantado una muralla idéntica, el Arancel Únicamente se diferencian en la calidad del arma arancelaria: los carabineros franceses usan del franco y del revólver, en tanto que los españoles manejan la peseta y el fusil. El fusil de los españoles tiene mayor alcance que el revólver de los franceses; pero el franco francés alcanza, indudablemente, mayor distancia que la peseta. ¡Todo está compensado en este mundo! ¿Qué debo hacer? A un lado me llaman los risueños campos de la bella y fecunda Francia, las casitas blancas, los pueblecitos blancos, las tierras bien eultivadas, los hogares bien provistos, y más allá se extienden las ciudades laboriosas é inteligentes situadas junto á los hondos y copiosos ríos. Mientras que por el otro lado me gritan las imponentes, las negruzcas, las cenceñas montañas españolas, la adusta solemnidad española, el vigoroso carácter español desenvolviéndose en un país yermo, ingrato, accidentado. A un lado, la suavidad, la blandura, el trabajo, la riqueza, la vida fácil; al otro lado, la tosquedad, la pereza, la indigencia, la vida áspera y carcomida. ¡He ahí la bella Francia, país del amor y de la sonrisa, del espíritu ágil y de la flexible inteligencia! En la profundidad de su complicada vida interior se desenvuelven una multitud de virtudes capitales por las que se arraigan los pueblos á la tierra y á la eternidad con raíces inmortales. ¡He ahí a mi derecha la heroica España, país del odio y de la tristeza, del espíritu fanático y de la ancestral ignorancia! Laten en la profundidad de su atormentada existencia vicios capitales, de aquellos que pesan sobre el porvenir de los pueblos como una maldición bíblica. A una parte, a libertad y la alegría y la sabiduría; á otra parte... Vivir en Francia es lo mismo que vivir riendo; vivir en España es pasar un trance de agonía. Allá me brinda el francés su urbanidad; ahí bajo me espera el español con su hidalga intemperancia. En un lado me tratarán amablemente aun cuando me injurien; en otro lado, los mismos mendigos, al tenderme la mano, lo harán como si quisieran ofenderme. Allá están los hombres sonrosados, los hombres sensuales y comilones; ahí están los hombres secos y sobrios, como preocupados por la idea de ultratumba. La risa, y el baile, y el canto aquí; allí, el chiste cortante como una daga de picaro. Rostros claros en una. parte, y rostros amarillos, rostros de envidia, en otra parte: ¡la feroz, la amarillenta envidia! Escribir en Francia es lo mismo que escribir para el mundo entero y para la posteridad, es tener un palacio, un criado, un jardín, cupones en el Banco, sonrisas de mujer en los salones; mientras que en España el escribir libros y artículos es como una peregrinación por un largo desierto, á través de barrancos donde moran fieras (los compañeros) y de algunos oasis donde nacen enjutos dátiles (las pocas pesetas de los editores) La vida laboriosa, fecunda, amable, blanda, rica, esa es la vida que á un lado de este puente me espera; la vida áspera, envidiosa, triste, la muerte, me aguarda más allá de este puente. ¿Qué debo hacer... I,o que yo debo hacer, así como todos los españoles, es abandonar toda vacilación; meterme en España y vivir en ella, aunque sea crugiendo los dientes. Ninguno de nosotros puede elegir sa patria; somos hijos de nuestros padres y de nuestra tierra, de una vez y para siempre y de una manera fatal. Tampoco podemos abandonar nuestra patria, puesto que llevamos á la patria metida en nuestras entrañas. La patria no es nada por ella misma; nosotros mismos somos la patria, cada uno de nosotros llevamos á España con nosotros. ¿Cómo, pues, querríamos abandonar á la patria? Neeesitaríaruos su- primirnos á nosotros mismos, cosa imposible absolutamente. Además, es preciso aceptar la patria tal como la fatalidad quiso que fuera: buena ó mala, rica ó pobre, llana ó montañosa. ¿Qué ganaré yo si me pongo á llorar junto á un ancho río de Francia, bajo un cielo lluvioso, que vierte oro sobre la tierra? Aunque permanezca llorando por espacio de mil siglos, nunca lograré nivelar el caudal del Guadiana con el caudal del Ródano, ni convertir la llanura manchega en una pradera continuada. La patria es como es; buena ó mala, aceptarla conviene por deber ó lógica. Además, el pretender plantar abetos en Jaramilla del Barranco porque los abetos están de moda; el querer trasladar los Alpes á Argamasilla porque los Alpes son bellos, eso es una cosa de niños. Cada país debe obedecer á la imposición de la Naturaleza, aceptar el lugar que se le haya concedido en el mundo y procurar luego desenvolverse lo más y lo mejor posible dentro de los límites que se le lian dado; obrar como la encina, que arraigando en el hueco de dos rocas áridas allí crece y progresa cuanto le permiten el lugar y la suerte. ¿Qué ganaría la encina con querer convertirse en rosal? La encina no quiere ser rosal, sino solamente encina... Ahora bien, si somos encinas, procuremos ser encinas grandes, encinas muy grandes, todo lo más grande que pueda ser una encina arraigada entre dos rocas. J. M. SALAVERR 1 A UNA IDEA DIARIA 1 as sales de quinina. Cuando no se puede ó no se quiere recurrir á pildoras, cápsulas ó sellos, Yvon recomienda envolver la sal en una ligera capa de grasa, que se opone durante algunos momentos á la acción disolvente de la saliva, lo bastante para que sea deglutida sin notar el sabor amargo. Se disuelve en éter un aceite fijo no earanciable ó aceite de vaselina, se empapa la sal mediante trituración en este soluto y se forma una pasta homogénea, que se aromatiza con esencia de menta ó de limón; luego se evapora el éter al aire libre y se deseca la pasta en la estufa. La proporción de aceite es de 15 á 20 por 100. La quinina, así preparada, es ingerida suspensa en agua ó en otro líquido (leche para los niños) Después se enjuaga con agua la boca para limpiarla de los residuos que quedaren.