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DE TODO EL MUNDO POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y DE TODO EL MUND O POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y TELEFONO neario á remojarse el hígado, limpiándole un poco de la hiél que cría en el palacio Borbón. Y Carlsbad, agradecidísima á Monsieur le Piemier, se ha democratizado en todo, menos en los precios... Por todas partes venios banderas republicanas; las gentes se dan atracones de Gramática francesa, y los sextetos de ziganes tocan la matchiche, que es algo así como I a Marsellesa del buen humor. Todo ello se debe al hígado del Sr. Clem ¡enceau. En cambio, Marienbad se ha puesto tonta... No quieren hablar allí las gen tes más que inglés, los hombres se han afeitado y las mujeres lucen corbatas de seda con los actualmente reinan... Porque, además de sex la vida carísima, el veraneante aquí no puede ir á ninguna parte, ni tiene libertad para nada, ni encuentra comodidad alguna... Si entráis en un estanco y pedís cigarros habanos, os dicen que se los han vendiáo todos al rey Eduardo; en el balneario no hay manera de entrar mientras S. M. toma el a ua; el sombrerero no se puede ocupar de vuestros encargos porque está planchándole ua sombrero al rey Eduardo, y en el restaurant os levantarán veinte veces de la mesa que hayáis elegido perqué... va á venir S. M. á almorzar y es preciso que haya á su alrededor un número determinado de mesas va- DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL A B C EN AUSTRIA i AS AGUAS DE Abrochada la americaCARLSBAD na echado sobre los ojos y torcido el sornbreio flexible, una mano á la espalda y con la otra dando vueltas al junquillo, tieso, pimpante, nervioso y juvenil, el Sr, Clemenceau sale á pasear las aguas. Este balneario era perfectamente desconocido hace algunos años; pero no sé á qué médico se le ocurrió recomendar estas aguas al rey de Inglaterra, y en cuanto vino aquí uc fifí BS w 3 fc l r yj w V Í v í. 1 1 i li fcll aos temporadas su graciosa majestad, el balneario de Carlsbad se puso. en moda, ni más ni menos que los calcetines rojos, las chalinas á rayas ó las americanas de un solo botón; que en estas cosas de la indumentaria, y aunque lo disimulemos, los hombres somos muchísimo más tontos que las mujeres. He aquí, pues, el balneario de Carlsbad convertido en residencia imperial y real por obra y gracia del británico Rey... S. M. sin embargo, no vive en Carlsbad precisamente, sino en Marienbad, que viene á ser lo mismo, puesto que las aguas de ambas viüas salen de un único manantial. Pero Carlsbad tenía cierta ojeriza al Rey y envidiaba la suerte de Marienbad, cuando se le ocurrió al Sr. Clemenceau venir á este balVJSTA GENERAL DE CARLSBAD colores de la bandera inglesa. I, a villa está silenciosa á todas horas y únicamente se advierte alguna animación en las calles cuando se sabe que el rey Eduardo ha salido. Entonces la noticia corre de asa en casa y sale el pueblo entero á esperar al Monarca inglés, que al ver que le contemplan como si fuera un bicho raro pone una eara ¡que da gusto. A los indígenas, por el contrario, les falta poco para arrodillarse al paso del Monarca, y ya he visto yo á alguno quelse apoderó de la colilla de un puro que el Soberano acababa de tirar y la envolvió cuidado sámente en el pañuelo, guardándola como si fuera una reliquia. En Marienbad comprenderán ustedes que no se puede vivir, á menos de estar emparentado con cualquiera de las familias que cías... Crean ustedes que es mucho Rey ya y que el más fervoroso monárquico concluye por dar el grito y trasladarse á Carlsbad... ¿No esta en Carlsbad el Sr. Clemenceau? ¿No están allí los hombres de la tercera República? ¿No es Carlsbad durante estos días un pequeño París? ¡Oh! No os riáis... I os habitantes de Carlsbad no envidian á París ya, puesto que lo mejor de París va allí todos los años... No será tan mala la población... ¡Qué ha de ser... Es encantadora y además divertidísima. Por la mañana, para digerir las aguas, se oye música; por la tardé, á ñn de distraerse, la gente va á escuchar otro poco de música, y por la noche, des pués de cenar, más música. Al día siguiente