Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C SÁBADO 22 DE AQ. OSTO DE 1908. EDICIÓN 1 PAG. 14. LAS FIESTAS DE MALAGA LA CASETA PRESENTADA EN LA FERIA POR EL BARRIO DEL PERCHEL Fot. Osuna. y o leí ayer esa caita en la Exposición de Zaragoza, certamen riquísimo al que sólo pude dedicar una tarde. Con verla, con leerla trazada en rasgos firmes que acusan la serenidad del temple y la entereza del pulso, di por bien empleado mi viaje relámpago. Millares de visitantes habrán admirado en la Exposición sus pabellones, su aeroplano, su casino, sus industrias y sus cuadros; pero habrán pasado delante de esa carta sin leerla. Yo no habré visto, no he visto, sin duda, la quinta parte del brillante concurso, pero he leído esas letras de Palafox y no cambio mi impresión por la de los que se hayan embobado ante los paños de Sabadell ó ante las truchas de Río Piedra. ¡Como que esa carta es toda la Exposición! ¡Como que sin ella, sin lo que ella revela, hubiera faltado la ocasión para la conmemoración con que hoy se honra la Reina del Ebro! Esos renglones son ía. ío grafía de un espíritu. Discretear, bromear casi, sin jactancia ni mal gusto, cuando la muerte azota el aire y mina la tierra, y al propio tiempo, entre acechanzas del hambre y desg rradores espectáculos de dolor, conservar incólume la esperanza y sin desmayo el ánimo, es tomar billete de preferencia para la inmortalidad. L, a carta que en Zaragoza se ofrece á la curiosidad no estaba escrita, ciertamente, pensando en los lauros de la Historia. Quizás, si no en la Historia, en el pres tigio de su honor militar y aun en el aplauso de sus contemporáneos pensaría Palafox cuando, también con un rasgo de lo que pudiéramos llamar su humour baturro, contestaba al mensaje de Moncey: ¿Capitular? Yo no sé rendirme. Después de muerto ha- blaremos de eso. Pero en la carta á su prima, trazada á vuela pluma, que lógicatnen te debió quemarse, romperse, extraviarse; que sólo á ella iba dirigida y que jamás pudo creer él que había de figurar en los estantes de una Exposición, no hay sino un autorretrato de Palafox, una autoinstantánea, sin pose, sin aliño, con el atractivo y la vida de la naturalidad. A su lado todo palidece en la Exposición, incluso otras cartas de esa propia mano, incluso aquella dirigida anteriormente á ese misino regente, que termina con otra demostración de su tozudez de iluminado. A mi señora la Regenta beso los pies- -escribe al despedirse, -y que me diga euándo vienen esos gabachos, que quiero verles patas arriba Patas arriba y patitiesos había de ver muchos el gran promovedor, el Deus ex machina de la defensa de Zaragoza. Acaso pensaba él euando eso escribía que al final de la lucha estaba la victoria. Con errores sublimes como ese está escrita la historia de la humanidad. Zaragoza no venció á Francia porque no podía vencerla. Pero las figuras de aquel general, aquella condesa y aquel regente que, entre bromas y vítores, cosían sacos para las murallas á la luz de la luna, centellearán siempre con nimbos de gloria en el cuadro de la épica lucha. ñadas en el plenilunio. Puerta del Portillo, Puerta del Carmen, Santa Engracia, Aljafería, el Pilar, reliquias santas de los días eternos, ¡cuánto más bellas y más interesantes parecíais en el silencio de la noche madrugada salía el tren. Esperándole, De vagué por las calles, acariciadas, ba- augusta! Zaragoza, la ciudad de los hom bres, dormía. L, a ciudad de los héroes, eu cambio, parecía resugir rediviva ante el monumento al Justiciasgo y la basílica de la Virgen, esparciéndose y desparramándose desde el Coso, donde las víctimas de siglos tienen en bronee perpetuado el recuerdo de su martirio, hasta los restos de la muralla, donde coronas y gallardetes evocan transitoriamente la memoria de las víctimas de cien años atrás. Y cuando solo yo vagaba por la callejue la retorcida ó por la margen del río que tauta sangre aragonesa llevó al mar, la imaginación sobrexcitada veía agitarse por doquiera sombras de antaño. Ya era en el Portillo la silueta juvenil y vigorosa de la gran Agustina, disparando el cañón con la mecha arrancada á la mano del novio agonizante. Ya más allá, el tío Jorge. Aquí, Manuela Sancho. Acullá, Casta Alvarez. Por todas partes, en torno mío, rondas de héroes anónimos, parrandas de baturros con bandurrias y fusil... Mas luego, cuando ya en el tren, á duerme vela, se fueron posando los recuerdos, desvaneciéronse, esfumáronse, tanto y tanto fantasma. Y como respondiendo a l a emo ción más honda, experimentada en aquellas breves horas, sólo resistió al sueño, para trocarse en argumento suyo, la escena, que aun me parece ver palpitante y viva como en la realidad misma, de una mujer joven y animosa, aristocrática de facciones, pero férrea de cuerpo, leyendo con su esposo, al resplandor de una hoguera, entre sacos de lona y montones de arena, un papel que le hacía reír. F. os LLANOS Y TORRIGLJA,