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DE TODO EL MUNDO, POR POR TELÉGRAFO Y DE TODO EL MUNPOR CABLE, POR TELÉGRAFO Y LAS F I E S T A S DE MALAGA RANCHO DE UN CORTIJO UNA DE LAS CASETAS MAS PINTORESCAS DE LA FERIA rot. Osuna. escribo estas lineas en el Casino rau. uci pal de Biarritz, mientras que en la sala inmediata oigo gritos de leoneros- -rien ne va plus! -y en esta sala y en todas veo facesambiguas de donilleros. En esta playa, como en todas las elegantes, hay mucha gente que corre en automóviles y se instala en derredor de los verdes tapetes, y hay también alguna que baja un rato á la arena y allí se sienta á la sombra de anchos quitasoles. No sé si hay también quien se baña. El mar, ¿sirve para algo? ¿Quién ha inventado el mar? Es decir, ¿de cuándo data este amor hacia el mar que hace correr las gentes que tienen algún dinero hacia sus orillas? Estas preguntas son bastantes complejas. Un paradojista que hubiese nacido en el interior, diría que el mar no sirve para. nada. Respecto á la segunda interrogación, cabe decir que el mar ha sido inventado para uso de los elegantes desde un tiempo relativamente reciente. ¿El lector no ha visto en muchas ciudades marítimas que las casas edificadas junto al mar están vueltas de espaldas á él? ¿Qué indica dicha posición de dichas viejas casas? Indica que á los antiguos les importaba muy poco el taar. El mar EL MAR no era hace un par de siglos, elemento de estética, ni de higiene, ni de terapéutica; el mar era algo ó indiferente ó molesto. Los literatos, los sentimentales- -es decir, los EL R. P. TOMtó RODRÍGUEZ GENERAL DE LOS AGUSTINOS Fot. Adicrot. desequilibrados- -son los que han traído la pasión por el mar. Sin el romanticismo literario, acaso no pudiéramos decir que existe el mar. Respecto al campo, se pueden encontrar rasgos de admiración y de simpatía en los literatos de los siglos pasados; en la nuestra, Garcilaso y fray Luis de León, dejan entrever su amor al paisaje. Pero, ¿y del mar? ¿Quién se entusiasma ante el mar? ¿Qué literatos son los que ante él se han extasiado? El amor al mar es modernísimo; tiene mucho de artificioso. Se ama al mar porque se ve en él la infinitud y la vida; la lejanía de la liquida llanura da idea de lo primero; el continuo moverse de las olas y su pefén ne combate contra las rocas, nos sugiere lo segundo. Adivinamos también en sus profundidades todo un mundo extraño, misteñoso; nos llenan también de asombro y de terror sus formidables tempestades. Pero, esta vida y este misterio que vemos en el mar, ¿no existe también en la montaña? ¿Habrá nadie que, pensándolo bien, proclame la superioridad de la costa cantábrica, por ejemplo, sobre la sierra cordobesa? Un montañés es difícil que se entusiasme con el mar. El nos pintará la variedad infinita del paisaje de sus montañas; la diversidad de los verdes y de los colores obscuros; las