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Cuando hubo marchado el automóvil que la llevaba al hospital, Bressieu no quiso q e la venganza del destino que empezaba á sufrir él siguiera más adelante. Tomó su revólver, s i nlicó el sañón á la sien y disparó. La muerte fue instantánea. Entre tanto, la casa d banca ardía por todas partea FIN DE LA CUARTA PARTE EPILOGO Al llegar á las puertas de París el automóvil de AUan, compró éste los periódicos del día al primer vendedor que encontró al paso. Por ellos supo la catástrofe de casa de Bressieu, de la cual enteró en el acto á Juana. ¡Desgraciada! -exclamó ella con una espontaneidad conmovedora. -Vamos á ir á verla, ¿verdad? -Eso es mejor dejarlo para el médico de guardia. ¡Por Dios, no diga usted eso -Lo pienso con la misma ferocidad ce i que lo digo. La marquesa de Kermor supo también á primera hora noticias del siniestro, y también, como Juana, pensó en ir á Ter y prodigar consuelos á Sidonia. Además justificaba su propósito de visitar el hospital una carta sentidísima de Luisa Rieux que acababa de recibir, y en la cual ésta le decía que estaba muñéndose y la suplicaba que intercediera con su padre para que éste la perdonara. En aquel momento un criado la anunció una visita: -El señor Alian Le Brenn y su sobrina la señorita Alian. ¡Qué agradable sorpresa! Mi buen amigo Alian, ¿cómo le agrá deeeré á usted lo bastante que me haya traído á esta linda fugitiva... ¡Cuántos milagros ha hecho usted en tan poco tiempo! -Señora, los milagros se hacen solod y no con intervención de ios hombres. Contra mis previsiones, se han arreglado las cosas por sí mismas, gracias á una amable incorrección de su esposo de usted. -No se la tomaremos en cuenta. ¿Qué ha sido? -Me ha cablegrafiado, sin contar con usted, pidie i a mano de mi sobrina. -No ha podido hacer cosa que me sea más agradable. El coronel Rieux, terminada felizmente su campaña en África, se apresuró á volver al Continente en el primer vapor, y una vez en París corrió á la oficina del jefe de Indagaciones, donde supo la historia de su hija y el nombte del seductor. -Sea usted razonable- -le dijo el funcionario- -y no se acalore usted ahora. ¿Qué piensa usted hacer? -Matarle. -L, o merece, pero... reflexione usted. -Ya he reflexionado bastante. ¿Quiere usted ser lentigo mío? o tt. j iut. -inveniente. Pero ¿y si la suerte le fuese á usted adversa en el terreno? -Si así sucede, ese infame tendrá la satisfacción de haber matado al padre y á la hija. Busquemos ahora e ¡ro testigo. ¿Cree usted que aceptará Mr. Alian? r- -Seguramente, si está en París. Lo preguntaremos por teléfono. Así lo hicieron, y del hotel en que Alian se hospedaba contestaron que estaba ausente, pero llegaría aquella misma noche. Bn efecto. Había ido á Cherburgo para esperar al marqués de Keinor y á su hijo Enrique, que regresaban de África. Estos llegaron, por fin, siendo recibidos por la marquesa y por Juana, y la escena del recibimiento fue una explosión de alegría y de felicidad, que se prolongó luego, cuando ya estuvieron instalados en la casa de la calle de la Boátie Enrique, enterado por Juana déla tragedia en que sucumbía 1 pobre Luisa, quiso acompañar á su prometida cuando fue, como todos los días, á visitar al hospital á la negra. Alian fue con ellos. Cuando penetraron en la sala donde estaba Luisa, se vieron sorprendidos por la presencia de un anciano de abellos blancos, arrodillado junto al lecho de la moribunda, que JU rili sin consuelo. Era el coroa Rieux, su padre. Sidonia se había levantado aquel- día por pnm- eia vez j preparaba una venganza horrible. Se había mirado al espejo y había contemplado una imagen monstruosa: la suya. Como sn padre, se había juzgado á sí misma y se había condenado á morir. N le faltaría valor para ejecutar la sentencia; pero antes quería destruir la belleza de Jaana. Conocía la hora en que acostumbraba ésta á ir al hospital, y para cometer el raimen que meditaba se había apoderado de un frasco de corrosivo en el laboratorio d; l hospital. Llegó Juana, del brazo de su futuro. Era mas de lo que Sidomj. necesitaba para aguijonear su voluntad infernal. Acercóse á ellos con un tazón de liquido humeante en la mano... Un bastonazo rápido y enérgico dio con el tazón eaelsaeio antes e qae Sidonia hubiera podido arrojarlo- á la cara de Juana. Alian había intervenido providencialmente, Sidonia huyó y se encerró en sa habitación, le donde pronto partieron gritos desgarradores. Al ver el fracaso de su crime n había bebido el resto del corrosivo que qtólaba- en el irasco y se moría, horriblemente abrasada por dentro, Luisa no daba señales de vida. Su padre y Alian, junto á n cama, hablaban en voz baja. Ella les oyó nombrar un sitio de París donde acostumbran á verificarse los duelos; oyó tambiíu hablar de horas y de armas, y vio que AJlan se e eü de su. padre efusivamente... -7 Delrueno había podido rehuíPel lance. Confiaba en que todo terminaría felizmente con un rasguño que él procuraría hacer L su adversario. Algo más temor Rubiera tenido si hubiese visto una barca que cruzando el Sensfsé aeereaba al lugar d- el desafío De ella saltó á tierra, arrastrándose casi, una sombra, ua espectro: era Luisa, que se había esc pado del Hospital y que, á su vez, quería vengarse de su infame seductor. Cuando la desdichada moribunda estuvo cerca de Andrés saco un revólver, apuntó cuidadosamente y disparó los cinco tiros. ¡Tama, cobarde, miserable, toma, toma Deirue murió instantáneamente, y Luisa fue á caer á los pies de su padre, exhalando el último suspiro. Pasan los días, las semanas y los meses. Llega la primavera, y la Naturaleza entera sonríe al beso de los primeros rayos solares. Las campanas de Kermor tocan á vuelo, festejando el acontecimiento de la aldea: la boda deL conde de Kermor con la virtuosa Juana Le Breña...