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FOLLETÍN DE A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES ONTIKUACION ¿Cómo? Eso no está claro. Yo seré todo lo que se quiera, pero soy ante todo un hombre honrado y no quiero disfrutar de aquello ¡ue no sé de dónde procede. ¡Cuánto me alegro de oirle á usted hablar así! Mi padre hubiera dicho lo mismo. -Porque era tan honrado como yo. Ahora, lo que me interesa es aafcer de dónde has sacado tú ese dinero. -De París, tío. Trabajando en casa de la marquesa de Kermor. -Lo sé, lo sé; y también sé otra cosa, porque conozco París. Más valdrá, si he de enterarme, que te pregunte yo. -Le contestaré ¡a verdad y nada más que la verdad, como si me preguntara Dios. -La verdad es lo que quiero. Y antes de empezar bueno es que íepas ¡tor qué estoy aquí. Mientras he podido valerme he navegado por todos los mares sin pedir nada á nadie; pero casi enfermo, ya viejo, tuve que refugiarme eo un hospital. Allí recordé la aldea donde había nacido, pensé que aun quedaría algu ea de la familia para consolarme en mi vejez, y en cuanto me dieron de alta emprendí el camino. -Ya ve usted que no se había equivocado, puesto que encuentra aquí na casita y una sobrina que no desea más que cuidarle con mucho cariao y verle sano, bueno y reposado. -No me hables como heredera porque no lograrás nada. Sabe fue, te gwite ó n he tratado de informarme y he acudido á las ficinas de Polieía de París. Ha estado usted allí! -dijo Juana, temerosa de revelaciones irreparables y tal vez de ser detenida otra vez. -Y allí me han informado bien. Pregunté sí quedaba algu O óe la familia Le Breun por este mundo; me hicieron esperar un iat y, por fin, me dijeron que si, que aun existía alguien de la familia á quien la Policía deseaba poder poner la mano encima... ¿qué te pasa? Parece que te hace mal efecto lo que estoy- -Siga usted, tío. -Ya acabo. La Policía no sabía de más Le Breña que de una Machadla de malas costumbres que trabajaba en cierto estable- ÍKitento sofechoso y acababa de estar presa. La buscan de nueTO, s e sé por qué. Se llama Juana y había desaparecido... Y c ja estas noticias eché á andar y he podido llegar hasta aquí con no f otos trabajos y muñéndome de sed. Ahora que sabes mi historia, cuéntame la taya. La pobre muchacha no tuvo ni por tía momento idea de rehuir el trance. Se daba cuenta de la inutilidad del esfuerzo que iba á intentar, y se sentía condenada de antemano en el ánimo de su tí puesto que las apariencias la condenaban. 1 no lait. -eiia; tal vez la entregase a los gendarmes como ana ladrona, tal vez no la dejara tiempo siquiera de correr hasta la peña, de Por- Rock para tararse at mar y acabar asi de una vez con todas las tristezas de su vida... Resuelta á ser sincera, costó á su tío sin vacilar ni omitir el más pequeño detalle todas tas peripecias de su vida desde el falleaínñemto de sus padres. Su acento, sa mirada, las inflexiones ñe sn vez, decían bien á las claras que cuanto iba relatando era absolutamente cierto. Pero el tío Francisco Alian, hostil y feroz, sosteniendo su rostro entre ambos puños, parecía, en su mutismo, manifestar su incredulidad. Juana continuó hasta el Sn, sin ocultar nada, ni siquiera su inocente amor hacia el conde Enrique, en quien pensaba (lia y noche y áe c ya retrato no sabía separarse. Terminó por fia, sin aliento, aterrorizada y esperó la inexorable sentencia. Bl tío Alian había sacado del bolsillo un enorme pañuelo de hierbas y se sonaba con él ruidosamente, ocultando ea el lienzo toda la cara. Así estuvo algunos minutos, como si reflexionara, ó cenie si esperase encontrar entre los pliegues det pañuelo la de isión justa; pero volvió el pañuelo al bolsillo y aplazó su juicio para después de más amplia información. -Ya veremos, ya veremos. Entretanto, podías enseñarme esas monedas de oro. ¿Me las ofreces de tan buen corazón que pueda y aceptarlas? -Coa ello me dará usted nna satisfacción, y más aún si se escarga- usted de todo el dinero de la casf. -Me encargaré y sabré guardarlo, no temas. Sí temía Juana. Temía que sn tío fuese á dar ea ia taberna, donde, coa aquella anudad, podría emborracharse hasta el último día de sa vida. ¿Cómo evitarlo Por el momento no se te ocurría nada. Abrió la puerta del armario sin vacilar y entregó á su tío la bolsa en que conservaba sus economías. El se la guardó en el bolsille y entró en la casa. Tal vez tenia calor, porque al entrar se éesewbrió. -Hs verdaá- -difo- -que esto no ha cambiad apenas. Está t áo tan e ora en como cuando vivía mi madre. ¿De veras, tío? Pues ahora que está usted aquí lo cuidaré ínajor todavía. Otra vez abrió Juana el armario, de donde sacó sábanas blanquísimas y bien olientes y ropas, las ropas de su padre. -fisto le servirá á usted para vestirse de limpio cuando se levante usted de descansar. A mí estaba desde que murió mi padre; aquí tengo también el traje que llevaba en la bacalla de Bourget, agujereado por los tres balazos que recibió. Mi re usted, ítíjuí, sobre el pasador de la medalla militar, hay una mancha de sangre. Juana besó la ropa en el sitio que indicaban sus palabras. El recuerdo la einoc. o ió y como sentía muchas ganas de llorar, salió diciendo: -Vuelvo en seguida. Voy á buscar el agí: ardí ente. No oyó á su tío, porque escapó muy deprisa, pero se Hubiera asombrado al verle caer de rodillas, llorando y dando gracias al délo. XIV GREAT ALLAN REAPARECE... Y DESAPARECE Juana llegó pronto á la calle principal de la aldea. La crisis de lágrimas que la amenazaba se disipó rápidamente por un esfuerzo de su voluntad. Entró en la taberna y pidió del mejor agitardiente que tuviesen. La tabernera, extrañada, le preguntó sise sentía euferma... -No, no es para nú. Es para uno de la familia que ha vuelto al pueblo. ¿Cómo se llama? -Ya lo sabrá us ted, porque, por üeogiacia, ia vibitara amenado. De regreso adquirió tabaco y algunas provisiones, y al llegar á la casita se encontró á su tío esperándola en la puerta. -Has tardada bastante. ¿Fraes el aguardiente y el tabaco? -Aquí está todo. He pedido de lo mejor que hubiera. -Ahora veremos. La botella es bien pequeñita. Bebió un trago, lo paladeó y dijo: -Es pero se puede tomar. Cuídate de llevarme al estabío unos cuantos litros de esta bebida y de ponerme paja limpia para dormirTM. ¿En el establo? ¡Qué cosas dice usted! ¡Claro qne sil Alia voy ahora mismo. No quiero que cambies tu manera de vivir en lo más mínimo m Apenada por aquella actitud de su tío, que demostraba propósito: de seguir entregado á la bebida, pidió a! cielo fervorosamente nn milagro para corregirle de aquet defecto; pero cuando ella pasó al establo para obedecer á Alian vio que estaba profundamente dormido en el suelo. No había esperado siquiera á q e le llevasen un brazado de paja fresca. Juana se tuvo que limitar á arroparle con ana manta de lana. El milagro fue que Alian se durmió como un bendito, y que después de un sueño de dos horas se despertó alegre y satisfecho. Hacía menos de tres días que había desembarcado en Francia y ya estaba enterado de casi todo lo que deseaba conocer. Conocía ce por be la vida de Juana y sabía que era un aechado de pureza. -Estoy haciendo el pipel de verdugo, pero es indispensable para el buen éxito del negocio. Si mi sobrina puede soportarme una semana, habrá muchas probabilidades de que pueda soportar al conde de Kermor, por mal genio que éste eche después de casado. Juana nabia puesto al alcance de ia mano de Altan algunas botellas de licores, en las cuales, siguiendo un consejo de la tabernera, había echado agua y mostaza fuerte. Se proponía, como ya sabemos, curar á su tío del vicio de la bebida. Alian, que al despertarse tenia una sed extraordinaria, probó el contenido de xna de las botellas, y en seguida conoció la sofisticación y el propósito que había guiado a su sobrina á realizarla. Gruñendo y rabiando la llamó con destempladas voces y la pidió algo fresco que bíber, pues la mostaza le abrasaba, y Juana se felicitó de la eficacia de su cariñosa superchería. Cuando se hubo tranquilizado el viejo, continuó el interrogatorio de la muchacha. El secreto de los jueces de instrucción consiste muchas reces en hacer repetir á los acusados un mismo relato. La verdad no es más que una y se da á conocer bien pronto; en cambio, para insistir en nna mentira, hay que tener una memoria prodigiosa. Juana no modificó ni en el más mínimo detalle la versión de SHS aventuras- -Todavía me parece que hay algo que no está suficientemente claro. ¿Por qué renunciaste al trabajo libre para ir á encerrarte en la casa de la calle de San Lázaro? -Tenía para ello dos razones: la primera, el temor de que la marquesa me encontrase; la segunda, el temor también de ue se repitiera el suceso de la calle del Depósito. Continuará.