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DE TODO EL MUND O POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y TELEFONO DE TODO EL MUND O POR C A B L E POR TELÉGRAFO Y TELEFONO Y JTADA. VISTA PANORÁMICA DE CASTELLAMARE Y SU PUERTO DESDE EL MAR PLAYAS ELEGANTES CASTELLAMARE Uj 03? temo no ser enteramente j- eraz. Me explicaré. Si la elegancia sp sobrentiende como un don personal, nativo ó contraído, de ese conjunto de seres bue componen una colonia veraniega, Cas tellamare podría ser recusable en esta sección, destinada á las playas predilectas de la gente distinguida. Pero si cuéntala elegancia del sitio, si es lícito alegar, como un derecho á invadir esta sección, aquello que bs belleza del paisaje y encanto de las cosas, lo que es á un tiempo mismo regoeijo y caricia para nuestros sentidos, Castellatnare podría reivindicar la primacía entre las playas del mundo. Si el artificio de los aliños mujeriles y la novedad de los trapos no se exhiben allí con la frecuencia que en Biatritz, Ostende, Scheveningen, Brighton y otras playas mundanas, la pompa de la naturaleza suple y eclipsa todas aquellas efímeras elegancias. Fui antes á Sorrento embarcado, y de allí, en coche, por la ribera del m ir, á Castellamare. Cuando las aguas del golfo de Ñapóles están inquietas, la travesía, sin ser peligrosa, es un poco molesta. Yo tuve la escasa fortuna de haper el viaje uno de esos días tempestuosos en que el cielo se recrea soltando chubascos y el mar protesta violentamente de que le surquen. Dejamos á nuestra derecha el Pqsilipo, un barrio napolitano en el que vino á esconder su muda desesperación el poeta Osear Wilde, y el buque, zamarreado por ¡el oleaje, pasó frente á Portici, Torre del Greco, Torre de 1 A. nnunziata, aldeas que se ¡desparraman con ingenua- temeridad sobr la misma falda del Vesubio, y transcurrida una media hora dimos fondo en Sorrento. Una orquesta de guitarras y bandurrias que venía á bordo, confiada á nuestra liberalidad, nos amenizó el viaje, regalándonos los oídos con las canciones napolitanas en boga. Era una música alegre y voluptuosa, entretejida de ritmos paganos, sin el menor matiz de melancolía ni el más leve dejo de nostalgia, como la expansión lírica de un pueblo que no comprende el amor sino en su aspecto más primitivo y humilde, tal vez el más humano: la caricia. IJntre aquellas canciones recuerdo una que no he oído to- davía en Madrid. Se titulaba I, a bella española en la que son pregonados los encantos de nuestra mujer y su tesón amoroso. L, a música era de una gracia sensual, ener vante como un bebedizo. ¿Cómo no llegan hasta nosotros esas canciones en que se nos alude con simpatía? Sorrento es un vergel. Al fijar la planta en este rincón de la Italia meridional, frondoso, perfumado y umbrío, el recuerdo de Virgilio os asedia y prorrumpís involuntariamente con Gosi don. Nucosi fontes, ei som. no mollior herba Et quee vos rara vividis fegit arbutus timbra EL ESCOLLO DE REVI GL! ANO Y EL CASTILLO de la égloga del cisne de Mantua. ¿No ha. béis advertido en vuestras andanzas por el mundo cómo cada paisaje evoca el recuerdo de un poeta? En una ciudad castellana nc es posible recitar más que versos de Zorrilla, porque ellos contienen el espíritu de la raza, su hidalgo y fanfarrón indigenismo, su ceñuda religiosidad, su romanticismo frío y pomposo. Aquí, en Sorrento, en toda la Italia del Sur, no pueden acompañarnos más poetas que Virgilio y Teócrito, sensuales panteístas y enervantes como el paisaje ¡Qué frondosidad tan opulenta la que me rodea! No hay un palmo de terreno, fuera de los cantiles roqueños que enfrenan el ímpetu del mar y de las escasas vías urbanas de Sorrento, sin verdor y sin flores. Desde la terraza del hotel Tramontano, un hotel histórico, pues en él han residido Ibsen, Wagner, Ernesto Renán y otras glorias de la filosofía y del arte, se descubre un horizonte inmenso. A la derecha, en la lejanía, se insinúa el contorno abrupto de la isla de Caposi, que visitaré mañana, y más cerca, Ischía, casi frente al cabo Misena. A la izquierda, el gol-