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Al día siguiente llegarían los siniestros viajeros al lugar donde había de verificarse el duelo; pero no habían de ser los primeros: Alian se les había adeItd AI día siguiente iiégaba la respuesta, concebida en minos: Marques de Kermor. Fés. All right. Bhakehand. tér- Ü Alian. X 1 U LA VUELTA DEL MARINO Después de sufrir tantas emociones, superiores á sus fuerzas, Juana había organizado su vida en el país bretón con modestia y dignidad, pero valerosamente. Bordaba para ganar su sustento, cuidaba an jardín, iba á pescar durante las grandes mareas, y aquel régimen era un tratamiento vivificante para ella, que tanto lo necesitaba. Aun proponiéndose no pensar en nada de lo pasado, no podía sustraerse al recuerdo de Enrique, cuyo retrato contemplaba m u j amenudo; al de la marquesa, á quien consideraba siempre como su bendita protectora. Pensando en que el conde de Kermor estaba ya casado con Sidonia, sentía una opresión indefinible, una angustia intensa: ¡Qué felices deben de ser! deeía. Una mañanita temprano oyó que llamaban á su puerta con un estrépito ensordecedor. ¡Cómo es eso! ¿Aun en la cama y ya son las seis? En mi tiempo nos levantábamos antes de salir el sol. ¡Arriba, Juanita, que ya estoy aquí. Juana, que estaba ya en pie hacia más de una hora, regando las flores del jardín, acudió á abrir la puerta. Un marinero, con el cabello gris, el rostro afeitado, la pipa entre los dientes, alborotaba golpeando la puerta con un palo. ¡Por fin! ¡Ya estás aquí, Juanita! -dijo al verla. -Para servir á usted. ¡Vaya un alboroto! ¡Ya lo creo! me muero de hambre y de sed. Dame algo que beber primero. -No puedo servirle á ustea, porque no tengo en casa ni una gota de vino ni de aguardiente, pero puedo darle á usted de comer y sitio para descansar. -Nadie puede dar lo que no tiene, es verdad- -repuso, dulcificando su voz, el desconocido. -Pero también es cierto que no tengo hambre, no tengo más que sed. Salgo del hospital de Marina. -Pues entonces no es la bebida lo que más le conviene á usted. -Bueno, me conformaré farnaado, pero tendrás que darme dinero para tabaco. boniuiuata. Xll IALL R 1 GHT! Reconfortado por el maravilloso ejemplo de aetividad y de valor que Alian le daba, Enrique había triunfado de la enfermedad rápidamente, pues en el fondo de ella lo que iiabía era desesperanza aniquiladora, dolencia moral. Encargóse de nuevo de la dirección del negocio con la ayuda de su padre, que había llegado á apasionarse por la empresa colonial, y ponía á su servicio su excepcional inteligencia. Por una atención delicadísima, el marqués trataba de distraer á Enrique de su idea fija, porque cuanto más lo pensaba más difícil le parecía que Alian lograse realizar sus propósitos. El conde de Kermor seguía con el pensamiento al tío de juaaa en su largo viaje. Se esforzaba en tener paciencia para esperar el resultado, pensando que empresa tan complicada exigiría mucho tiempo, cuando recibió uno tras otro los dos telegramas de Alian: la confesión de Delrue y la salvadora frase breato promtse, es decir, la ruptura de su matrimonio con Sidonia. Supo lwego la llegada de Alian á Bretaña, después de saldar la cuenta con Bressieu. ¡Ese hombre es grande como el mundo! -decía Enrique á su padre, abrazándole lleno de entusiasmo. -Tiene un sentido práctico y una delicadeza prodigiosos, s u modo de proceder dupliea el valor de lo que hace. -Alabado sea Dios, que le ha hecho ver claro en el fondo de ese abismo... ¡Bressieu, Sidonia, Delrue... ¡Miserables! ¡En qué monstruosas garras habíamos caído... ¡Pobre Juana! ¡Qué desquite de felicidad he de proporcionarla si me perdona y me quiere! El marqués, estrechando las manos de su hijo, exclamó: -Yo soy el más culpable de todos; pero yo repararé mis faltas. Ahora contestemos por cable á Alian. Hay que proceder á la americana. Escribió el marqués unas lineas y se las easeñó al conde, que las leyó entusiasmado. Decían así: