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FOLLETÍN DE A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN Marcuóse Sidonia, después de tina despedida efusiva, y Delrue se puso al trabajo, pensando que había salido del tranae infinitamente mejor de cnanto le era dable imaginar. Sldonia tomó un coche y regresó á su casa. Durante su ausencia había llegado su padre. La enfermedad había aniquilado á Bre sieu, que ya no era ni su sombra. Regresaba para asistir á su quiebra, á su bancarrota; liquidadas las cuentas en depósito antiguas, no habían vuelto á presentarse nuevos imponentes; el desastre de las minas de oro acababa de hundirle. Por un milagro había onseguido Delrue hacer subir la cotización de un modo tabulóse; pero su venta inopinada inmediatamente después de la de Kermor la hacía bajar más rápidamente, más definitivamente áe lo que había subido. Y todo esto ocurría en aquel día mismo. Entró ESidonia. ¿Qué noticias hay, hija? ¿Qué sabes de Enrique? ¿Vuelve pronto? ¿Se ha disculpado? Ya es hora de que ese asunto termine, para que yo pueda dedicarme á mis negocios- -Ya puedes empezar. Todo ha concluido. ¡Qué dices! -La verdad; pero no te apures si quieres saberlo todo. ¡Otra desgracia, de fijo! -Sí y no; pero de todos modos, mucho dinero que ganar, -Eso es lo principaL- -Kscuchame con calma. ¿Tú sabes lo que dicen de ti los médicos? -Sí. ¡No saben lo que dicen! ¡Querer que yo no me ocupe en los negocios! ¡Eso es querer enterrarme de uua vez! -Pues es indispensable que te cuides si no quieres que me incomode de veras. Preparado así el barón para recibir la tremenda noticia, su hija ftté á sentarse á su lado, y continuó: ¿Siguen tenietído tanto empeño en que me case con el conde de Kermor? -I,o tengo por ti, porque estás enamorada de él. -Estaba encaprichada nada más; pero eso de la boda se va haciendo tan largo, que se me ha pasado el capricho. Se es án burlando de nosotros. -Te olvidas de nuestros proyectos. ¿La banca Bressieu- Kermor? ¿La clientela aribtocrática ¿Acaso se puede contar con esa gente? Reflexiona un poco: el marqués forma partida suelta; él y sus amigos han jugado al alza de las minas de oro y han ganado millones... -Eso acaban de decirme. Y han sabido vender á tiempo. Mejor que mejor. Los pichones más gordos son los más fáciles. -No los conoces. Cuando les eras necesario no te dejaban á sol ni á sombra; ahora, como si no te hubiesen visto nunca. Créeme; vale más que nos anticipemos á abandonarles. -No pienses en ello. -Mira si pienso, que ya he roto y les he enviado la cuenta. -ÍÍJU nsensatez! -Era preciso. Tú no sabes nada de nada. El marqués, tan locamente afortunado en la Bolsa, lo ha sido más aún en África; ha encontrado un capitalista de más de mil millones para la empresa colonial de su hijo. ¿Quién es el capitalista? -Alian; ¿le onoces? ¿El rey de los ferrocarriles? -El mismo. ¡Qué fatalidad! Hace mucho tiempo que debió morir ese hombre. Más de doce años llevo temblando ante la idea de que puedo encontrármele cara á cara; huyo de él como de un espectro, de lo que es: un espectro del pasado, un aparecido más terrible- -Me acuerdo y te imitaré. ¡Guárdate bien de ello, desgraciada! No se puede luchar contra Alian. -Todo eso son palabras nada más. Alian es un hombre como tro cualquiera ante el cañón de un revólver y su cráneo no estará hecho á prueba de balas blindadas como las que yo le preparo. ¡Te atreves á pensar en eso! -He hecho más que pensarlo: lo he dispuesto todo. ¡Cúmplase el destino! Me espantas y te admiro. ¿De modo que tú conocías ese espantoso secreto, esa espada de Damocles, única que queda suspendida sobre mi cabeza? -No, no lo sabía ni te pregunto nada. Acabo de enterarme de que Alian se llama Francisco Alian Le Brenn; de que es tío de Juana, la mbita; de que ésta íes su única heredera; de que él ha reunido á fuerza de dinero las pruebas de nuestra culpabilidad, de nuestra complicidad con Delrue, y de que ella se casará con Enrique de Kermor, que se ha enriquecido en África al mismo tiempo que su padre en la Bolsa. que el oiro, ¿sabes? el otro. ¡Espantoso, espantoso! iQaé atástroítí Qtté podríamos hacer? -Tu mismo lo has dicho. Es preciso que muera ese hombre, que vuelva á la tumba ese MidáVer. -No vuelvas á ponerte delante de él. ¡Si te reconociera. ¿Acaso me conoce? ¡Demasiado! Te ha tenido n brazos muchas veces cuando eras niña. -Ta me parece recordar; ñero no temas nada; no me ha reco nocido, estoy segura. ¿Tú le has visto? -ííace poco. El es quien me na. oougacio á romper con los Ker mor y á reclamarles lo que nos deben 1 Bresticu cogió el teléfono para comunicar con sus oficinas. -No estoy para nadie. Si vienen á saldar la cuenta Kermor. -En este momento la están pagando. ¿Por qué no me han avisado ustedes? una transferencia del Banco de Francia á nombre ue la marquesa. -Sfrtá bien- -dijo Bressieu soltando el teléfono. -jHe tenido un miedo... Afortunadamente no ha venido Alian n persona; pero de fijo es él quien ha facilitado el dinero con tal de que no sospeche... -No tengas cuidado, padre, no vivirá mucho. -Dime cuál es tu propósito y qué es lo que ha sucedido. Sidonia refirió á su padre toda la escena ocurrida en el palacio de los Kermor y cuanto después había pasado. Al darle cuenta de s Lproyectado matrimonio con Delrue, el barón se irritó; no era aquél el yerno con quien había sanado. Pero su hija supo calmarle enterándole de todo su plan. -Me parece que el sacrificio mayor es el mío- -le dijo. -Tú sólo tienes que dar tu consentimiento, en tanto que yo me sacrifico al unir mi vida á la de ese granuja. -Nadie te obliga á que lo hagas. -No te hagas ilusiones. Sin el ingreso de los Kermor, quebrábamos. La ruptura ha sido un bien, y como no existe ya el dote de cien millones, ni era posible mi boda con el conde, m -ale, i. los ojos del mundo, que me case con un banquero. ¿Te atreves á llamar banquero á ese miserable? -Vale algur o 3 millones; pero, por otra parte, no es á c. x quien acepto por esposo. Ma uno á su suerte, busco su complicidad y su su silencio, la herencia de Juana Le Brenn cuando haya m jeito ella de alguna enfermedad del pecho Tiene una salud muy delicada y el matrimonio la será funesto; ya lo verás. -Es que si se casa con la sobrina de Alian te enviará á ti 4 paseo, y annque se quede viudo... -No lo temas. Me quiere por orgullo y por miedo. -Cierto que es cobarde, y esa ventaja llavamos. En fin, si nos libra de Alian nos ha e un favor enorme. Déjale hacer y ao te comprometas. -Puedes estar tranquilo. Esta nodie nos vamos. ¿Os vaii? ¿Adonde? -A Bretaña primero, y para terminar el viaje á Áfaca, si va allí Alian para reunirse con los Kermor, -Durante el viaje es posible intentar el golpe. De todos modos, sé prudente; piensa que eres lo único que me queda. Con tal habilidad se condujo Sidonia, que su padre acabó por compartir su convicción. ¡Buena suerte! -la dijo. -Confía en mí- -respondió ella. Delrue había terminado el testamento de Alian y comprado el revólver. Tenía también en el bolsillo los billetes del tren. Había tenido además la galante atención de comprar provisiones para el viaje y esperaba la hora de la marcha haciéndose ilusiones. Era vanidoso, y sin creerse irresistible, estaba convencido dt que no le era indiferente á Juana Le Brenn. ¿Acaso no la había salvado dos veces la vida y la honra? Cuando la en +i ó á Roch, Kermor la hizo creer que el matrimonio del conde era un hecho consumado; si ella no había tenido luego noticias, estaba seguro de vencer en su empresa. Alian llegaría tarde, si llegaba. Sidonia tardaba. No faltaban ya más que cinco minutos para la salida del tren, cuando llegó y subió al departamento que Andrés tenía reservado una mujer alta, gruesa, morenísima, casi mulata, que colocó en el coche su equipaje de mano y se instaló en el mejor sitio. Delrue, impaciente, se dirigió á ella de un modo brusco: -No puede usted ir ahí. Este coche está reservado, señora. La desconocida se sonrió. -Suplico á usted que baje ó tendré que llamar al jefe de estación. La intrusa volvió á sonreírse. -No está usted muy galante con su segunda prometida. ¡Es usted! ¿Tan desfigurada estoy? Suba usted y hablaremos en paz. -Está usted imposible de reconocer. Jamás he visto transformación seuiejaate. Continuaré,