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FOLLETÍN D E A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN ¿Y qué se ganaría? i? Cuanto usted quiera. Más de lo que usted quiera. -Cv- -Usted me espanta y me atrae como el abismo. -Un abismo que podemos llenar de oro... y de amor; de tina asióü razonada, que sería la más sangrienta; el desquite de dos cencidos. Aislados, no podemos nada; nidos, triunfaremos, porque seremos la infamia y la muerte para nuestros enemigos- -rL. a muerte, no! ¡No quiero la muerte! -El amor y la muerte y la fortuna. SI dote de Sidoníí el de Juana; nuestra dos bancas reunidas y los millones da Alian. ¡Es una locura! ¡Es una cosa posible! Se miraron fijamente, y así, en silencio, quedó concertado un pacto de oro y de sangre. -Oiga usted, Delrue; mi padre ha sufrido errores respecto á usted; usted se ha conducido mal con mi padre y conmigo. ¿Qué le he hecho yo á usted? -Nada, lo reconozco. Pero merecía otro pago que el de ser expulsado como un lacayo, sin darme las gracias siquiera. -Le recuerdo á usted que ha destruido nuestro porvenir, herido de muerte á mi padre, y no hablo de mí... -Usted lo habrá creído; pero yo no he tenido intervención alguna en el viaje de Enrique. -Es inútil mentir. El mal está hecho y lo mejor es repararlo. -Yo no miento. Si en vez de despedirme de un modo humillante me hubieran oído ustedes, hubieran sabido la verdad, que es ésta: Después de la escena en casa de Mad. Victoria y de la deíeneión de Juana, Enrique se despidió de mí diciéndome que quería estar solo. No volvió á su casa; ignoro dónde pasó la noche; lo único que sé es que tenía en el bolsillo una carta de su segundo de la expedición al Oubanghi, de Lanneville, y es fácil adivinar lo sucedido. Lanneville le escribiría que iba á ir con Alian á la costa de marfil y que dentro de veinticuatro ó de treinta y seis horas harían escala en Boulogne- sur- Mer á bordo del Cktp- Hambourg; le suplicaría que fuera á su encuentro para tener ana entrevista con el rey de los ferrocarriles, y el conde se fue á Boulogne y se embarcó y siguió su viaje á África. Escribió á su padre explicándole lo sucedido, y el marqués, apenas recibió la carta, me enrió á advertir á usted. Y yo le despedí á usted con dureza, lo reconozco. Pero tni padre había recibido la noche antes el telegrama del fugitivo y ereí que usted tedia la culpa del viaje y que lo había usted inspirado para vengarse de mi padre y de mi. -Nada de eso. Y, sin embargo, tiene usted que confesar que no cumplió usted lo prometido. Quinientos mil francos y la prueba fie la falsificación me había usted ofrecido. Y so pena de cometer una estafa, he tenido que devolver al marqaé 3 el medio millón, y ustedes han conservado el cliché fotográfico del documento falso y han hecho copias de él. -Todo le será devuelto á usted si, como espero, llegamos á un acuerdo. ¿Medio millón efectivo? -Y lo demás también. Pero todo ello no es más que un botón de muestra, no es el ideal. -jEl ideal! -repitió Delrue, contemplando- amorosamente á Sidonia. ¿Se dignaría usted... ¿Concederle mi mano y llevar su apellido? ¡Sí! ¡Ah, Sidonia! Usted me enloquece. He planteado el problema con toda claridad, y con toda claridad contesto. Sí, Delrue, seré su mujer de usted si sabe usted merecerme, y usted sucederá á mi padre, que se va acabando. I e Bobra á usted inteligencia para ocupar el primer puesto; sólo le falta á usted el valor, y ese yo lo tendré por los dos y le acostumbraré á usted á tenerlo. Andrés cayó á sus pies en actitud idolátrica y ella saboreó el amargo veneno de aquella pasión mortal, mortífera, vengadora. Había querido ser esposa de un héroe, y héroe del crimen sería su marido. Mataría á Juana, á Enrique, á Alian... arrumaría al marqués, envenenaría los últimos días de la vida de la marquesa... -No perdamos tiempo- -dijo en alta voz. -Nos hemos dado suestra palabra y la cumpliremos. levántese usted. Ahora debemos hablar de cosas graves, estudiar la situación. Kermor se fue con Alian, ¿no es eso? -Sí, hacen juntos el negocio del ferrocarril. -Eso es lo de menos. I,o importante es que han hablado, que Enrique lia confesado que adora á Juana y que Alian se ha revelado como tío providencial de ella. ¡Hay seres insignificantes con tusa muerte extraordinaria! -especialmente Kermor. oedaimentc Juana. Pero ya procuraremos arreglar eso. E s e j a quedado en África? ti cu. alian be hoy. -jL ice que llegó ayer. -Y es cierto. Ese hombre no se toma el trabajo de mentir. -Pero, ¿adonde va? -Al Congo... ó á Roch- Kermor. ¿A Roch- Kermor? ¿Para qué? -Para ver á su sobrina, que debe estar allí. ¡Ah! Yo creí que seguía en la cárcel. -No hizo más que entrar y salir, y yo fui quien la hizo volverse á Bretaña con sus ahorros, que había dejado olvidados en casa de la marquesa, y por cuya orden se los devolví. No me guarde usted rencor por ello. Sin mí, se hubiera descubierto en seguida la inocencia de Juana; yo he sabido impedir que se ocupen de ella los marqueses; me encargué de enviarla á Bretaña y pagué por adelantado al Muralla para que la suprimiera radicalmente Ese maldito Alian ha venido á destruir todos mis planes. -ha casualidad le favorece; pero ya entorpeceremos á la casualidad. ¿De modo que Juana está en libertad? Si la ve su tío va á descubrirse todo. Habría que adelantarse á él, comprometerla á ella gravemente. -No veo el medio. -Yo sí; ya se me ha ocurrido. Un golpe doble, triple mejor dicho; con una pluma y un revólver basta, á condición de llegar allá abajo antes que él ó de seguirle al Congo y detenerle en tí camino. Reflexionó n momento. -No, no es posible. Necesitaríamos algún manuscrito d ese hombre. Daría cien mil francos por un autógrafo suyo. -Yo se lo ofrezco á usted- -dijo espontáneamente Delrue, acando del bolsillo las cuartillas taquigráficas de Alian, en las cuales los nombres propios, algunas palabras y los números estaban escritos en caracteres corrientes. -Esto es su confesión de usted, ¿verdad? la que le ha ralido un millón. Sidonia tenía algunos onocimientos de taqmfrafía y leyó el borrador. -No nos ha tratado usted con mucha consideración; pero, en fin, yo lo olvido y lo perdono todo. -Y yo quiero expiar mi falta, merecerla á usted... -Ya veremos. Echo de menos una cosa en estas revelaciones tan completas y tan detalladas... No se habla ni por casualidad del suceso de la calle del Depósito. -Me he limitado á confirmar lo que sabia Alian antes de venir á verme. Indudablemente ignora aquéllo, puesto que nada me ha dicho del asunto. Además, el conde no sospecha que fue él quien salvó á Juana, y Juana cree que la salvé yo. -Pues hay que aprovecharse de todas esas circunstancias antes de que ella acabe de informar á su tío. Es seguro que ya ao piensa en Enrique. Vaya usted á hacerla el amor; consiga ustpd que la boda sea inevitable, como una reparación de honra. ¡Mi matrimonio con ella! -No soy celosa. Cásese usted con ella primero, y luego me casaré yo con un viudo. -Pero Alian se opondrá con todas sus fuerzas, la desheredará... -Alian habrá muerto y yo voy á dictarle á usted ahora mismo su testamento. Usted, que tiene tanta habilidad para escribir, va á utilizar esas cuartillas como modelo para la letra. No tiene nada de particular qtts un hombre tan original como él sa suicide. Le encontrarán muerto entre las rocas de Kermor ó con la cabeza deshecha de un balazo y un revólver en la mano. -Eso quiere decir que tendré yo que... -No, seré yo. Mi pulso estará más firme. Cada uno tendrá su misión, y como usted es demasiado cobarde se encargará de la rubita. ¿Pido mucho? -Sidonia, querida Sidonia, perdóneme usted. No comprendo bien todavía los detalles de su plan... -En el tren se los explicaré á usted esta noche. Viajaremos juntos, porque supongo que no le daré á usted miedo... -Con usted y por usted me siento capaz de todas las valentías. -Ahora, á escribir el testamento, un papel que explicará el suicidio, facilitará nuestros negocios y reemplazará al cotro documento al que nos han robado. Y digo nos porque nuestros intereses son comunes desde este momento. Usted encontrará ventaja en ello. ¿Tardará usted mucho en escribir? -Sí; el trabajo será largo, porque tendré que calcar muehas letras, acostumbrarme al tipo de escritura; pero quedará listo y perfecto. -Debe estar terminado antes d ¿la hora del tren. -Estara á las ocho. -Bueno; pues es preciso tomar los billetes: un reservado. ¡Ah, para no olvidar nada! ¿Conote usted algún armero americano en París: -Cerca de aquí hay uno. -Mejor. Cómprele usted un buen revólver; se lo regalaremos á Alian: un bull- dog. -Conozeo el suyo porque lo enjglco para amenazarme; de modo que pueda comprar uno igual. Continuará.