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FOLLETÍN D E A f i C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN ¿De veras! ¡No sabe usted lo agradecido que le queuana y to bien que había de pagarle la defensat ¿Estamos conformes en todo? -Conformes. -Hasta muy pronto, ¿verdad? -Si, s i Hasta muy pronto. 1 IX CARA A CARA -A la plaza déla Bolsa- -dijo Alian al chauffeur al subir á su automóvil, -á la casa de banca Andrés Delrue. Aun no liaría quince días que se había abierto el establecimiento bancario del ex secretario del marqués de Kermor. Estaba instalado á todo lujo y el público admiraba... por fuera aquellas oficinas rutilantes, flamantísimas; pero no aumentaba la lista de clientes del nuevo banquero. Este, sin embargo, confiaba en el porvenir; no había vuelto á tener noticias de Luisa y se creía ya libre para siempre. En cuanto á Juana, consultaba á diario los periódicos de Bretaña, esperando leer noticias de su muerte; pero como pasaba el tiempo y nada se decía, acabó por comprender que el Mzeralla le había engañado. Bressjeu no había vuelto á la Bolsa; su casa de banca disminuía en importancia rápidamente. No había en el horizonte más que un punto negro: el regreso de Enrique; pero esto le parecía á Andrés tan lejano que no le preocupaba. Todo hubiera iao para él admirablemente, á no ser por la repentina venta de las acciones del marqués de Kermor, que produjeron en el mercado impresión enorme. El marqués, informado y convencido por AHan, babía cablegrafiado á su agente: Véndalo usted todo en seguida. Delrue esíaba muy lejos de sospechar setnejaate catástrofe. Sa bía que el marqués estaba viajando, y confiado en que lo hacía por divertirse, no podía suponer que pensara en, sus negocios. ¿Acaso no le había prometido no tomar determina i Jn alguna acerca de las acciones de minas de oro sin contar con éi? Y de pronto vendía las acciones sin cuidarse de sostener la cotización, como si lo hiciera por capricho. Fue á ver al agente del marqués y le suplicó y le amenazó inútilmente. -He recibido órdenes terminantes. ¿De quién? ¿De dónde? -No puedo decir nada. Delrue, exasperado, furioso, fuese al palacio de la calle de la Boétie, donde fue recibido por la marquesa con frialdad, con indiferencia. El estuvo casi insolente y fue despedido con cortesía, pero de un modo definitivo. ¡Me van á arruinar! -pensaba. ¿Qué haré? Ni por un momento se le ocurrió ai pronto la idea de vender sus acciones, esperando que una vez terminada la venta de las del marqués, que había hecho bajar la cotización considerablemente, podría él realizar las suyas con mayor beneficio. Pasaban los días y Delrue esperaba en vano que entrase por las puertas de su casa algún cliente. Para entretener sus ocios leía periódicos, y así se enteró de que iba á verse el proceso de los Collin- Mégret y del crimen cometido por el Muralla en la ca He de San Mauro. -Pero ¿qué papel juega aquí el archimillonario Alian? -pensaba. -Yo le creía en el Oubanghi... ¿Habrá vuelto coa Etir. j i No, no pensemos en eso! Un sirviente le anunció en aquel momento una visita El Sr. Alian, de la Sociedad Alian. -jQue pase! ¡Que pase en seguida al salón rojo! Deirue se nmo al espejo y pasó al salón para esperar á su visitante. Estaba emocionado, lleno de ilusiones, creído Ae que la visita de Alian era la de la fer. una, y que lo único que le faltaba paia codearse con los más importantes banqueros parisienses era tener algún negocio con Alian, el rey de los ferrocarriles. -Sir- -le dijo, -considero como una honra excepcional la de recibir la visita de usted. -Dejemos la honra por el momento. Ya hablaremos de ella más tarde. Le conozco á usted bien; usted sabe quién soy yo; quiere usted hacer un negocio conmigo? ¡No he de querer! Lo considero como un favor insigne. -Se trata de un asunto personal entre los Sres. Delrua y Alian; tío me he expresado bien al decir negocio. ¿Comprende usted? -Perfectamente, y ao por eso me satisface menos la proposición, -Verá usted de lo que se trata. Yo he llegado a París ayer y quisiera uíarchanne pronto, apenas estemos de acuerdo usted yo. Tengo mucha prisa. ¿Se vuelve usted al Oubanghi con el conde... -Ale vuelvo á mis negocios. El conde me ha propuesto el tendido de una vfa férrea en aquella región, y yo he accedido á instalarla porque el negocio me parece bueno. Durante la travesía he tenido ocasión de hablar con él de su proyectado matrimonio eon la señorita de Bressieu, asunto que á él le desagrada mucho, y á mí también. ¿A usted también? -Y muchísimo. Va usted a saoci por que, y con ello le ciare un ejemplo de franqueza que debe usted seguir si hemos de entendernos rápidamente. Me contraría de un modo extraordinario ver que se casaba el conde de Kermor con la hija del barón de Bressieu... -Todavía no hay nada aecno, 3 si dispusiera de dinero, yo me encai garía... -Dejemos ei amero para mas tarde. Al final hablaremos de ello. Le decía á usted que sería para mí una gran contrariedad esa boda, porque yo tengo u sobrin lindísim que también DOdría llamarse la señorita de los cien millones y Enrique es el mando que mejor puede convenirle. Me agradaría mucho convertirla en condesa, y estoy dispuesto á realizar todos los sacrificios necesarios para ello. Pero el caso es que hay un impedimento grave. Dos! -le interrumpió Delrue. -Pues diga usted el segundo- -preguntó ¿nilan ímpertorfeab e. -No puedo descubrir un secreto que no es mío. -Secreto á voces; yo se lo diré á usted. El conde Enrique está enamorado de una señorita que se llama Juana Le Brenn. ¿Es eso 7 Pues bien; Juana Le Brenn es mi sobrina y única heredera. ¿Comprende usted? ¡Vaya si comprendía! Y sentía vértigo y rama por ia tormidable suerte de Kermor. Pero luego se repuso, pensando tnaqulaTélicamente una nueva combinación Sí; Enrique se casaría con Juana; él, Dslrue, sería el mago que les proporcionara la felicidad, como había sido para el marqués de Keruior el m- igo que le proporcionó el dinero. Había coorado medio millón por la deshonra moral de Juana; ¿cuánto podía pedir por rehabilitarla? -Comprendo- -dijo con voz tetnbrorosa de alegría, -pero siguen siendo dos los obstáculos. -No conozco más que uno; el compromiso ole Ennqae COK la bija del barón de Bressi u. Más fácil es romper esos lazos que realizar la otra. Y la prueba es que el conde ha podido decir á usted que adoraba á Juana, pero no que se casaría con ella. -Se casará con ella si ella es honrada y digna de él, co t supongo. -Si lo supone ttsted, es que no está usted absolutamente egwro de ello. -No tengo inconveniente en afirmarlo. ¿Y. y Enrique? -Enrique esta convencido también, pero no tsra- cano yo, porgue no tiene la prueba. -Eso quiere decir que usted la tiene. -No he dicho tal cosa. Si tuviera la prueoa no vendria aqai á buscarla, á menos de estar tan loco como ese desdichado doctor Magnus, á quien acabin de llevar al manicomio. Estoy persuadido de que usted me va á facilitar esa pruebVy dispuesto á pagai por ella lo que vale exactamente. ¿Cree usted que llegaremos á entendernos? Delrue sintió miedo, y balbució: -Eso depende de muchas circunstancias. Necesito tiempo para realizar investigaciones; tendré que abandonar la casa de banca que dirijo... -Nada de eso. Basta con un cuarto de hora. No esperaré i uií minuto más y tendré la prueba escrita. ¿Escrita por quién? -For usted, con su preciosa letra Aquello fue el anonadamiento del traidor, el Muro. ua, muerto; Mag ms, en una casa de locos, y Alian, enterado de sus habilidades caligráficas... -Señor Alian, no sé, ciertamente, lo que quiere usted decir- -Se ¡o exp- icará á usted en pocas palabras, y siento que no quiera usted ayudarme ni con su memoria ni con su preciosa letra de la cuai conserva buen recuerdo en forma de cliché fotográfico el Sr. Col. in- Mégret, que por cierto me ha encargado en la cárcel que salude á usted en su nombre. La historia es ésta: El barón de Bressieu, por razones que él conoce, tenía interés grandísimo en que se casara su hija con el hijo del marqués de Kermor. Para conseguirlo empezó por arruinar al padre; luego, ayudó á morir ai administrador de la casa, y después se ías arregló de modo de substituir al difunto, ventajosamente para sus propósitos, con un joven de quien estaba seguro. Deirue palideció é üuo un muvinu sato negativo con la cabsza. COP int ai