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A B C MIÉRCOLES i5 DE JULIO DE 1908. EDICIÓN 1. PAG. 8. Con haber sido los infantes dignos de tales caudillos, tócales honor nunca igualado, y no sé de otra Infantería extraña en cuyas filas aconteciese, como en las de aquellos tercios viejos, que jefes desafortunadosen el mando acudiesen á recobrar la perdida autoridad, empuñando una pica y entrando en filas y procurando igualar como compañeros á quienes habían sido sus subordinados. ¿En todo tiempo se han juntado en el infante español la tenacidaá austera, que pareeia privilegio de quienes ven la primera luz entre brumas, y el ímpetu ardoroso, que parece reservado á aquellos cuyas cunas acarició el sol radiante meridional. Siempre acreditó una consistencia impávida y señoril, que mientras el arte y las prácticas militares lo consintieron hizo de cada peón una personalidad y de cada escuadrón una fortaleza, tal como aquel escuadrón postrero que en Rocroy, acabada ya la batalla, casi evacuado ya su campo, se mantenía inquebrantable y firme como las rocas entre las deshechas espumas de pasada tormenta, y cuya capitulación hubo de procurar el Príncipe de Conde por separado, como fortalsza sólo expugnable con artillería. Declinó nuestra gloria militar, no por decadencia de aquella Infantería, más ensalzada de los extraños que de los propios, sino porque vinieron mudanzas en el arte de la guerra y había sonado en el reloj de la Historia la hora otoñal para nuestro poderío político en Europa. En plena decadencia se acreditó muchas veces que conservaba el infante español aquellas faltas cualidades en el sacudimiento nacional de 1808 halláronse vivas, pues eran el nervio y la fibra de una razu. ¡Santa continuidad sin la cual el amor patrio degeneraría en desconsuelo infecundo! Esa continuidad, espíritu vital de la nación, aquí, ahora como nunca, se nos representa. Destácase allí, la efigie del Emperador, bajo cuya potente diestra llegaron á sazón los frutos de la obra iniciada por los Reyes Católicos y por Jiménez de Cisneros, aquel eon cuyas proezas insignes está entretejida la áurea historia de nuestros Tercios. Conmemoramos en esa lápida la tragedia de 1808. Mirad en torno los rostros de tantos generales, atezados por el cierzo de nuestras montañas, tostados por el sol tropical. Y allí enfrente miro yo la joven oficialidad, renuevo de lozanía, y e- n sus frenres tersas, como en un espejo, ve mi esperanza retratadas las glorias de ayer y adivino en sus corazones el aliento que las reproducirá cuando la patria lo pida. Noble profesión la que habéis abrazado y de 3 de ahora comenzaréis á ejercitar. Felices vosotros, que os toca en el día más crítico y solemne de vuestra carrera beber el alto aliento que solemniza esta ceremonia. Yo os digo que nunca os tengáis por más ni por menos, pero que siempre os tengáis por elemento distinto y singular entre los elementos que integran nuestra nacionalidad. Sí; á la vida, á la prosperidad ó la ruina, á los avances de nuestra patria, contribuyen, formando esencias de la patria misma, el que cultiva las ciencias y el que surca la tierra, y el que forja el hierro, y el que administra justicia, y el mercader, y el bracero; también son vida de su vida los que pugnan por ideales diversos, contrapuestos á veces, como suelen los intereses mismos contraponerse y contender; y tanta diversidad y tanta pugna vivifican y alientan y hacen prosperar la nación, pues aun en los más apasionados conflictos entre sus parcialidades prevalece una resultante que casi siempre señala un progreso. Pero el Ejército está fuera de toda parcialidad y de toda intestina discordia; no se puede ni en abstracto concebir la idea del Ejército sino colocada en una sintética y superior cate- ñoles ó se comunicó á ellos desde lo alto. goría de unidad, de generosa y neutra comunidad nacional, de idéntico modo que la Corona, por ley natural erigida en eje y cabeza de las instituciones militares. Mentar al Ejército como factor de parcialidad es sacrilegio, y también es aminoración de su legítima alteza. Aun en aquellos tristes días en que el Ejército necesitaba pugnar contra unas ú otras facciones alzadas en armas, él no significaba un partido contrario; servía la causa nacional con toda su generosa amplitud hasta comprender en el santo objetivo de sus campañas á los mismos que combatía, pues eran españoles. He aquí por qué Patria y Ejército tienen un solo símbolo, y es la bandera de la nación; y para la Patria y el Ejército no hay sino un solo é indivisible amor en el pecho de los bien nacidos. Precisamente por ser de este modo inseparable la substancia. áJ. Ejército y la existencia nacional, en él han de quedar impresas las huellas de las vicisitudes de nuestra vida colectiva. Un siglo de discordias civiles, de grandes errores y lamentables desgracias ha causado n los Institutos militares estragos que á todos imponen sufrimiento y sacrificio y que requieren al cumplimiento de graves y arduas obligación es á quienes soportan en los hombros la carga del Gobierno. Ni desconozco los males ni tengo olvidadas las obligaciones. s Mas todo ello incentivo es para aplicarnos sistemática, ordenada y tenazmente á los remedios, no motivo para ningún desaliente. Ni es, como puede pafecer, tardío acudir á las obras de reparación y enmienda, pues en vano se intentarán mientras las causas originarias del mal subsistiesen. No en vano os he hablado de la natural, íntima, indisoluble compenetración del Ejército con la vida entera de la nación. Ni política militar ni política exterior son posibles cuando el espíritu faccioso señoréalospueblos; y no se logra la unanimidad nacional sobre los postulados cardinales de su existencia y su porvenir. Dichosamente podemos decir ya que aquel espíritu faecioso que tantos estragos causó en la pasada centuria está abatido. Cierto que todavía el tronco echa brotes amargos; pero esos brotes son de los que ya no florecerán, no fructificarán jamás. La ciudadanía convaleciente acabará de sofocar los gérmenes de incoherencia y disolución nacional, y no puede seguirse verdadera política militar sin una hacienda ordenada y firme. Cada déficit anual, amontonado en el lamentable acervo de la deuda pública, significa perder España la potencia de sustentar un regimiento y un acorazado. Restaurar la Hacienda era pritnordialísinia necesidad para toda renovación de la vida nacional, y uno de sus aspectos significaba restablecer la posibilidad 3 e asiento para una política militar. a Mas todavía hay en el régimen político constituido otra necesidad primaria, si ha de ser fructífera esta política, y es la persistencia, la continuidad del esfuerzo en una dirección trazada muy por alto y muy fuera del alcance de las parcialidades contrapuestas. El asiento, el eje, la sola pero firme garantía de esta sistemática continuidad de una política militar, personificada está en el Monarca. Su presencia sella mis labios. No puedo decir ahora las esperanzas que creo que en el Rey pedemos depositar, porque aun la verdad justiciera debe respetar los recatos de la modestia, esquivar toda vislumbre de lisonja. Vosotros conocéis, todos conocéis bien su amor al Ejército, su vivísima vocición militar. Callaré, pues, pero no sin reeordar un hecho que es notorio dentro y fuera de España. El Rey ha probado una vez más que sabe reeibirimpávido la visita de la muerte, aunque le aceche y envuelva en vil confabulación con la alevosía. Vosotros, que sois soldados, pensad cómo la arrostraría viéndola venir en compañía de la nobleza y de la gloria, que es como suele ella mostrarse en los campos de batalla. l as últimas palabras del Sr. Maura son acogidas con estruendosos ¡vivas 1 al Re al Ejército y á la Infantería española Acto seguido, el ministro de la Guerra proclama los nombres de los nuevos oficiales) fVscurso del Rey. En el momento de entregai á los nuevos oficiales los Reales despachos, S M. el Rey se levantó y pronunció el siguiente discurso: Señores oficiales. Ya que poi dicha mía he tenido la satisfacción de entregaros los primeros Reales despachos de vuestra carrera militar, quiero ser también el primero en felicitaros en este día, de hoy en adelante uno de los más memorables de vuestia existencia. Y á la verdad que pocas ó ninguna ceremonia de esta clase se habrán realizado en circunstancias más solemnes, ni más apropiadas para despertar eu el alma las ideas que deben constituir la base del carácter de todo buen militar, En este recinto, albergue tantas veces de aquel glorioso emperador y rey, cuya estatua contemplamos, que en las puntas de las picas, en las bocas de los arcabuces de los inmortales tercios denuestia Infantería, paseó triunfante el nombre de España por los ámbitos del mundo, acabamos de descubrir la lápida que perpetúe la memoria de otro héroe, no nacido en alcázares reales, ni encumbrado á los altos puestos donde las acciones de los hombres brillan y se destacan sobre las de sus semejantes, pero á quien el sacrificio de la vida en defensa de la patria ensalzó á la región de los héroes. Y hay que convenir, señores, en que la figura de aquel niño, del cadete D. Juan Vázquez y Afán de Ribera, puede evocarse sin mengua aquí donde flotan los recuerdos del gran emperador Carlos V; y ¿poiqué, señores? Porque el sacrificio lo ha sublimado á la inmortalidad. Ved con cuánta razón os decía que ninguna ceremonia de esta índole se había realizado en condiciones de simbolismo más adecuadas á la solemnidad del acto que estamos celebrando: Inmortalidad, gloria, sacrificio: he ahí las tres ideas que yo quisiera grabar de manera indeleble en vuestros pechos. Sea la inmentalidad, sea la gloiia, el constante anhelo de vuestros corazones de soldados. Vivid, luchad, morid por conquistarlas; pero no olvidéis que el único camino para lograrlo es el del sacrificio: el sacrificio de vuestra vida cuando la patria lo exija; el sacrificio de vuestras comodidades, de Twestra voluntad, en aras del deber, que la disciplina impone. Y si en el combate á que el sacrificio obliga sentís á veces flaquear vuestro ánimo, acordaos del cadete Vázquez y Afán de Ribera, acordaos de este día; confiad en que, tarde ó temprano, Dios hará brillar vuestro sacrificio, y la patria os lo agradecerá, y tened la certeza de que mientras en mi pecho aliente un soplo de vida, en mi corazón haya un latido, ese soplo de vida, ese latido de mi corazón será para vosotros, para mis compañeros de armas, que habéis hecho del deber la norma de vuestra existencia. He dicho. de la entrega de los Reales despachos á los nuevos tenientes, y cuya relación publicamos ayer, se ha dirigido S. M. á inaugurar el Museo de la Infantería. Al entrar S. M en el aitístico y precioso salón que desde boy conserva leg- aaos, donativos y objetos de gran valor histórico, se dio lectura á la Real orden de creació 3 ét Museo, que dice así: 1 E 1 Museo. A continuación