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CASTELAR Y LOS NIÑOS O eeientemente ha publicado D. Adolfo Calzado, íntimo amigo del gran tribuno cuya memoria se enaltece en estos días, una eríe de cartas, muchas de ellas familiares, que demuestran el tierno afecto que Castelar tenía á los niños. Transcribimos algunos párrafos sentidísimos referentes á su ahijada, muerta prematuramente: La pequeñuela tiene tal amor á su padrino, que la entro en mi cuarto mientras escribo, y, entretenida con unos cuantos periódicos y unas cuantas carreras, pasa horas y horas. Esta mañana quiso llevársela Mariana; tuvimos que volverla, del llanto que armó. Es imposible una niña más mona. Los tres mayores andan por esas calles de Dios con Manuela, tras una inmensa cabalgata de titiriteros que trae alarmado á todo Etretat... Hoy te hago una traicioncita. Para premiar á los dos mayores por su buen comportamiento me los llevo á los títeres, y no se acostarán hasta las once de la noche. Supongo que la inflexible María convendrá en esta derogación de las inflexibles leyes, pues no era cosa de pediros permiso por telégrafo, como habíamos ideado un momento. Ama uno tanto á su patria, que conociendo la diferencia de cultura entre ese pueblo (Francia) y nuestro pueblo, se encuentra uno entre los suyos como en el agua los peces. Pero mucha falta nos hace la buena María, mucha falta tu cariñosa presencia, mucha falta los amorosos pequeñuelos, y á mí, sobre todo, la ahijadilla, cuyas caricias me parecían una parte de la existencia. El aire es tan puro aquí, la luz tan viva, el aire tan claro y tan alto, que me acuerdo á todas horas de María, y os invito á no olvidaros de que tenéis en Madrid también hoy un hogar completamente vuestro en el seno de una familia á la española. ¡Cuánto deseo tengo de ir á verte y pasar unos días á tu lado y junto á la bandada de niños, que parecen por lo que se mueven y gorjean avecillas del cielo! No resistimos al deseo de dar á conocer la carta de pésame á su amigo, cuando murió la ahijadita: Madrid 30 de Mayo de 1876. Querido Adolfo: No sé por dónde empeer esta carta. He tenido uno de los más grandes dolores de esta mi vida, fecunda ya en penas. La imagen de la hermosísima nifia, toda inteligencia, toda sentimiento, toda viveza y gracia, me persigue por todas partes y me entristece como no recuerdo que desgracia alguna me haya entristecido hace mucho tiempo. ¡Dios mío! ¿Para qué dar vida á seres tan efímeros? ¿Para qué haber traído á la vida este ángel de bendición, que ha pasado por nuestra vista como un meteoro por el cielo? ¿Para qué crear esa alma, producir esa vida, si había de desaparecer y disiparse tan pronto? Conozco que, en vez de darte los consuelos indispensables á tu situación, te aflijo. Conozco que en vez de sostenerte y alentarte, ¡ay! te desespero tristemente. Pero recuerda cuánto la quise, las gracias que hacía conmigo, sus monerías, su predilección por mí, y comprende que me siento herido en el corazón, y que en vez de procurarte consuelos sólo puedo llorar contigo y llorar con María esta inmensa desgracia tan irreparable. Suele decirse que la muerte de los niños no debe sentirse, y yo la creo más sensible aún que la muerte de los viejos, cuya vida ha dado ya todos los frutos. Perdóname que te martirice con esta idea fija; pero cree que no puedo separarla de mi mente, como no puedo separar de mi corazón el cariño que tenía á tu hija. Me parece verla y oiría á cada momento. Me recuerda los días tranquilos de este verano. En casa se han guardado el parte tres días, y no se han atrevido á decirme nada hasta el momento último inevitable. Yo no sequé decirte. Yo sólo sé llorar con vosotros. -Emilio. Los que recuerden los hermosos discursos dedicados ala Madre y al Maestro comprenderán toda la ternura que abrigaba el corazón del inmortal orador español. del pequeño y el temor de producirle daño hace larga la operación. Hay dos procedimientos muy sencillos. El primero (fig. i. a) consiste en pasar tres dedos de la mano derecha, pulgar, índice y medio, en la extremidad de la manga; con la izquierda se coge el brazo y se dirige la manita hacia los tres tres dedos, que la cogen y sacan al exterior desplegan do la ropa. ARTE DE CUIDAR A LOS NIÑOS p L BRAZO Y LA MANGA En ocasiones l es difícil y engorroso introducir el bracito del niño por las mangas de las camisitas. La movilidad FIG. 3- El segundo, figuras 2. a y 3. consiste en hacer un cucurucho con papel algo fuerte, recubrir la mano del niño con él, y entonces nada más fácil que introducirlo por la manga y sacar el brazo al exterior. Toda violencia es perjudicial, y se puede, involuntariamente, dislocarles los brazos 6 los niños sí no se tiene cuidado. CARTAS A FLORA p L 1 NS J 1 NTO una pobrecita a quien conocí de niña y que durante su no larga vida cometió una intermina ble serie de lamentables equivocaciones, al oiría un día recordar sus desdichas con sinceros gemidos, no pude por menos de preguntarla: -Pero ¿por qué hiciste esas cosas, hija mía? Quedóse silenciosa un instante y suspirando murmuró: ¡Por el instinto! Entonces pasó por mi mente parte de la vida suya que yo conocía (pues la vida completa de un ser sólo Dios la conoce) y pude explicarme de qué modo el medio ambiente, la influencia familiar y los inconscientes impulsos podían ser responsables de no pocas desdichas ocurridas á la infeliz. Su vida se asemejaba á la de uno de esot aeronautas suicidas que sin justificación posible empienden dramáticas ascensiones, de las que salen con vida, pero maltrechos. El instinto es subir, elevarse sobre toaos, ser admirados y batir records, como dice la jerga deportiva, salvando distancias y obstáculos. Desgraciadamente, en las atoras, además de los peligro jleLíamoso vértigo, no faltan vientos tempestuosos que zarandean el globo, lo arrastran por el sítela y 1 Q- obligan á ir botando como una pelota a.