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DE TODO EL MUND O POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y TELÉFONO m DE TODO EL MUND O POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y jg) g jg TELEFONO dable; voy de una playa de baños á otra playa de baños; mi camino es desde Brigthon hasta San Sebastián. Como puedes comprender, en mi viaje de ida y vuelta abrazo las dos estaciones veraniegas de más consideración en Inglaterra y España. De modo que puedo titularme, sin caer en la exageración, una ola aristocrática ¿Dices que hasta ahora sólo has mecido á barquichuelos humildes, á pobres barcas de pescadores? ¡Oh, desgraciada, y cuántas felices cosas te faltan por ver! Pero ahora cambiapoco del humorismo inglés, con otro poco del chiste español, y mediante estos dos aportes de ironía consigo divertirme mucho. Aun conservo el sabor de aquellos largos, huesudos, rígidos cuerpos de las inglesas, y antes de qus este sabor se marche me entrará el otro sabor, el de los gruesos, pastosos, plúmbeos euerpos de las españolas. ¡Yo no sé cómo se arreglan las españolas para ponerse tan gordas! Esto debe ser porque los españoles coinciden con las ideas estétecas áe los negros, los cuales, segúu LAS DOS OLAS A tinas pocas millas de la costa Cantábrica, dos grandes olas se han puesto al habla y empiezan á conversar amigablemente. La primera ola le dice á su amiga: ¿De dónde vienes, compañera? -Y la segunda la responde: -Vengo de muy lejos, vengo de las cercanías del Polo. Yo hacía la carrera entre Islandia y Escocia y me iba muy divinaínente; sobre mi lomo han pasado más de SAN CRISTÓBAL, PATRÓN DE LOS AUTOMOVILISTAS Fot. Balldl. BARCELONA. BENDICIÓN DE AUTOMÓVILES EN LA CAPILLA DE LA CALLE DE REGOMJR EL DÍA DEL SANTO va barco ballenero y también algunos buenos acorazados; pero, en general, mí clientela se componía de barquitos pescadores, aquellos audaces barquitos que tripulan las gentes escandinavas, y más de una vez me tragué alguno de esos barquitos... Pero ahora, ya lo ves, he aprendido el rumbo; una tempestad me desvió de mi camino, y aquí voy, sin saber a d o n d e ¿Conoces tú por ventura estos mares? La primera ola contesta inmediatamente: ¿Cómo no he de conocer estos mares, amiga mía? Los he atravesado infinitas veees. Así como tu carrera era de índole, tan humilde, la mía es muy noble, muy recomenrá tu suerte, y de aquí á poco tiempo llegarás conmigo á la playa de San Sebastián, en donde podrás gozarte á tus anchas. ¿Qué dices? ¿Hay allí muchas maravillas... -La playa, por sí sola, es una maravilla; allí descansaremos de nuestro largo viaje. Pero lo más interesante no es la playa, con serlo mucho; lo que ha de entretenerte sobremanera son los tipos, los tipejos y los individuos fantásticos que en aquella playa se bañan. Como te digo, yo voy y vengo desde Inglaterra á España, y de este modo puedo hacer un sinfín de notables observaciones; además, se me ha comunicado un cuentan, mandan poner en adobo sus mujeres y no las recioen en el tálamo hasta que no se ponen gruesas como bolas; pero, en fin, tanto en Inglaterra como en España hay bellos y turgentes cuerpecitos á quienes se complace en mecer y bañar. ¿Te gustan las mujeres, compañera? -Sí, un poco... ¡Pero qué atrevida eres! Allá en nuestros reares del Norte, las olas no acostumbran á hablar ese lenguaje suelto que tú empleas. Nos educan más religiosamente... ¡Sois unas tontas, en fin! Pero aquí abajo, en que el sol calienta mejor y sopla más suave la brisa, veras cómo se te vuelan tus