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A B C MIÉRCOLES 8 D E JULIO D E J 908. EDICIÓN 1. PAG. 4. Ved ahí toda esa multitud de desgraciados que tuvieron, la malaventura de vivir en Madrid; al llegar el mes de Julio le entran á uno ganas de arrebatarle la fortuna á un millonario yanqui, y distribuirla entre esos desgraciados, y empujarlos hasta el mar, y hacer que revivan al contacto del aire marino. Toda esa gente se muere poco á poco, y no puede veranear; vive eu zahúrdas inverosímiles, se ahoga de calor durante el día, le persiguen los insectos durante la noche, se atraca de agua, se atiborra de tomates y pepinos, se consume, y no puede veranear. Él, que lo necesita, no puede veranear... Así ocurren las cosas en este bajo mundo. Hasta las golondrinas, mezquinas bestias, son más felices y prudentes que los hombres, porque las golondrinas veranean cuando quieren, é invenían después sesudamente. Para cuando el hombre consiga alcanzar la prudencia de las golondrinas, ¡cuántos largos siglos es preciso que transcurran! El obrero de París aguarda al domingo, y en llegando el domingo se marcha á los parques y arboledas de los suburbios, ó á los pueblecillos del Sena: allí come, juega, pesca, persigue mariposas, duerme, ríe, hace lo que se le antoja, y por la noche retorna á su casa tan satisfecho. El tendero, el pequeño industrial y el oficinista de Alemania salen todos juntos y embarcan en un buque grande; el buque les lleva á Ostende á Scheveningen, á Biarritz, á San Sebastián, y al cabo de quince ó veinte días los restituye á su tienda, á su fábrica y á su oficina: han visto ciudades, han navegado largamente, han cobrado salud y alegría, y todo ello lo han realizado con unos cientos de marcos simplemente. En cuanto al literato francés, éste tiene la costumbre de agarrar unos cuantos billetes y largarse á la Bretaña ó al Pirineo, en donde escribe, medita, duerme y reposa. Pero el obrero de Madrid, ¿qué hace los domingos? Se marcha á las Ventas, se ahoga de calor, se ahoga de vino, y vuelve á su casa más fatigado que nunca. El tendero, el pequeño industrial y el oficinista, éstos salen para Aljuniilla de la Serena, y allí, como todos llevan poco dinero, hacen una vida cursi y se aburren. Los literatos... En España la literatura no es una profesión; quiere decirse que la literatura no da para veraneos ni para otras gollerías por el estilo. Sin embargo, á los literatos es á quienes más les apremia el veraneo; los literatos españoles dan todos la sensación de hombres cansados, de voluntades cansadas, de inteligencias cansadas, de nervios aniquilados. Si yo fuese un déspota, lo primero que se me ocurriría sería conceder 50 pensiones de á 5.000 pesetas anuales, para que otros tantos literatos se dedicasen á hacer lo que hacen sus congéneres de Francia: escribir, meditar, dormir, reposar. Antes de los cinco años en España se habrían publicado cinco libros estupendos; con estos libros debajo del brazo, la señora España podría codearse con las primeras naciones. Total, ¿qué habría gastado? Cinco por 50, 250.000; con esta miserable cantidad de duros, España se vería posesora de einco libros y cinco litetatos. llanuras de Castilla, ¡cómo os incendiáis bajo la injuria de ese sol implacable! Catedrales de Castilla, ¡qué amable frescura la de vuestras místicas naves! Catedrales de León, de Burgos, de Toledo, en vuestro recinto, siete veces secular, duerme la flor de los guerreros castellanos; están dentro de las frescas naves, tendidos á la larga, durmiendo sosegadamente. Guerreros castellanos, los que dormís sobre lecho de piedra, con las dos manos apoyadas en el pomo del mandoble, ¡feliz vida la vuestra! Os transmitisteis de padre á hijo, de generación á generación, un glorioso y práctico legado, que consistía en lo siguiente: abrir camino á Castilla hacia el mar. Echasteis fuera á los moros, dominasteis en la periferia, embarcasteis en Lisboa y en Barcelona, abristeis los caminos del mar hacia Italia, Flandes, América; os bañasteis en ambos Océanos; Castilla se bañaba en el mar Indico... Pues bien; ahora Castilla se abrasa y se ahoga. Ahora los eaminos del mar se ven cerrados. Se acabaron los guerreros que abrían caminos. Cuando más, cuando más, sale alguno- -ó algunos- -arrojados exploradores hacia América; pero en lugar de espada llevan un paquete de duros con que pagar el pasaje. ¡Oh, emigrantes, emigrantes... Pero, en ñn, no lagrimeemos, a. vosotros os arrastra un fuerte deseo de veranear; sabéis que con dinero se veranea, y vais á buscarlo á Ultramar. Si en España corriese el dinero, vosotros no emigraríais. ¡Claro que nol- -Pues entonces, id con Dios; no tenéis vosotros la culpa. J. M. a SAEAVERR 1 CRÓNICA TELEFÓNICA y acertó Drake, ganando por tanto el siai pático director de tiro del Real C ¡ub de La Granja, que fue muy aplaudido, y felicitado además por el acierto y buen orden que en las tiradas ha habido. Huelga decir que se bebió el tradicional Champagne á la salud del vencedor. En cuanto terminó el tiro, el Rey se dirigió á Palacio en automóvil. Habíase levantado la Reina doña Victoria en las primeras horas de la tarde, por primera vez después de su alumbramiento, y quería D. Alfonso cerciorarse personalmente qué tal le sentaba á la augusta dama esta novedad. Hallóla en estado muy satisfactorio y regresó al Campo de Tiro el Monarca; pero ya no tiró más al pichón, sino que comenzó á j gar una partida de lawn- tennts con el infante D. Luis, el marqués de la Torrecilla y el conde del Puerto. Por la noche, para no perder la costumbre, calma y tranquilidad en todo el Real Sitio, y comida íntima y partida de bridge en la morada hospitalaria de la marquesa de Squilache, ilustre dama que de vez eu c tando nos permite rememorar los encantos de la vida madrileña. ALFONSO R. SANTA MARÍA LOS REYES EN LA GRANIA DE NUESTRO ENV 1 A 0O ESPECIAL BAN ILDEFONSO, 7 1 0 Pí p l resumen de lo acontecido hoy en este Real Sitio puede calcarse en el de ayer, y casi estoy por decir que en el de los días anteriores, salvo ligeras variantes. El Rey dedicó la mañana á despachar con los jefes de Palacio que están de jorna da, y la tarde al sport en diversas manifestaciones. Para las personas que no faltan á la parada hubo hoy el aliciente de que D. Alfonso la presenciase desde uno de los balcones de Palacio. Mientras tanto paseaban por los jardines el príncipe de Asturias y su hermanito el infante D. Jaime con su nurse y su ama, respectivamente. Van llegando, aunque poco á poco, las familias que suelen pasar aquí el verano, y entre ellas figuran la de D. Camilo Torres, los señores de Mata, marqueses de Haro y Rodríguez Morales. El almuerzo en Palacio tuvo hoy mayor número de comensales que el de ordinario, pues asistieron á él la infanta doña Isabel y la marquesa de Nájera, que habían llegado de Madrid en automóvil, y además varios aristocráticos invitados. Eran éstos el príncipe Pío de Saboya, los duques delMontellano y la marquesa de Valdeolmos, que vino á dar las gracias al Rey por haberle concedido la grandeza de España. La sesión de hoy en el Tiro de Pichón resultó más animada que la de ios días anteriores, porque hubo más público presenciándola y por lo reñida que resultó la lucha entre los tiradores. S. A. la infanta doña Isabel estuvo en la primera parte de la tirada. Ocho tiradores se disputaban el premio de la Sociedad, consistente en una preciosa copa de plata; la tirada era á ocho pichones, y en ella tomaron parte el Rey, el marqués e Peñaplata y los Sres. Drake, Díaz, Urcola, Luque, Seoane y Potestad (D. Fabricio) Los pájaros, contra lo que era de esperar, por llevar un día encerrados, salían más bravos que nunca, y así sucedió que pronto quedaron fuera de juego casi todos los tiradores, excepto el marqués de Peñaplaca; pero al disparar el octavo y último pájaro, que le hubiera valido el premio, erró. Entonces volvieron á entrar en ristra el Rey y Paco Drake, que no tenían más que un cero. Quedó descartado á poco el marqués de Peñaplata, y continuaron rando y matando todos los pichones que salían D. Alfonso y Drake. Al núm. 16 erró el Rey IMPRESIONES PARLAMENTARIAS M A S D E MALAGA Continuó ayer el debate sobre lo de Málaga. Siguió hablando el Sr. Canalejas. Fue breve el orador demócrata en su discurso. Dedicó la mayor parte de él á examinar la Real orden del Sr. La Cierva mandando suspender el Ayuntamiento de la ciudad andaluza. Al final, el Sr. Canalejas expresó sus alarmas ante la idea de ver amenazadas las Corporaciones municipales. Kl Sr. La Cierva no tuvo mucho que hacer para contestar ai Sr. Canalejas. El jefe de los demócratas había aludido en tardes anteriores á la influencia casi única que el Sr. La Cierva tiene en Murcia. Yo invito á S. S. -dijo el ministro- -á que concrete sobre este asunto. Porque yo- -añadió- -he nacido en Murcia y conozco también sus contornos El orador dice á continuación que no sabe á qué atenerse respecto á los discursos del Sr. Canalejas ¿Defiende á los concejales de Málaga? ¿No los defiende? ¡No los defiendo! exclama el Sr. Canalejas. Está bien; convenimos todos en que aquella administración estaba corrompida replica el Sr. La Cierva. Y si tod- i la representación parlamentaria de la provincia de Málaga ha solicitado la suspensión del Ayuntamiento; si la ha solicitado la opinión pública; si se ha hecho con ello una obra de justicia, ¿qué queda aqiií? Queda la cuestión de procedimiento. En esta última trinchera se ha hecho fuerte el Sr. Canalejas. El jefe de los demócratas ha condenado ardientemente la Real orden del ministro. Ahora comprendo- -dice el señor La Cierva- -las torturas que el Sr. Canalejas habrá pasado cuando, ocupando la presidencia de la Cámara, veía á sus amigos los liberales dictar Reales órdenes iguales á ésta, con el mismo texto, las mismas palabras que ésta. ¿Hiao entonces estas protestas S. S. -pregunta el orador. ¿t, as hizo cuando se dieiaron para favorecer á sus amigos politices? El orador lee una Real orden, idé- ica en la expresión y en el concepto á la dictada por él y firmada por el conde de Romanones. Después entra á examinar los detalles de su disposición. El Ayuntamiento de Málaga ha sido suspendido- -termina el orador. -Pero, ¿ha olvidado el Sr. Canalejas que la mayoría de ese Ayuntamiento y su presidente eraa conservadores? ¿Qué designio político puede, pues, haber en mi conducta?