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A B C D O M I N G O 5 D E JULIO D E 1908. EDICIÓN i. a PAG. 4 ¿Cómo? Días pasados anunciáronle al director de un teafaro del bulevar la visita del barón de Rostchild... Ya supondréis que fue inmediatamente recibido... El señor barón llevaba en la mano un voluminoso paquete de cuartillas, sujeto con una gruesa cadena de oro. -Es una obra que lie terminado y que Tengo á someter al juicio de usted- -dijo el barón, ofreciendo el paquete al director. ¡Una obra! ¡Y de usted! -exclamó el director, loco de alegría. -Será la primera que se ponga en escena. -No... No quiero eso- -agregó el barón modestamente. -Quiero que la lea usted y que me diga honrada y lealmente si le parece representable... -Pero, ¡por Dios! ¡No ha de ser representable! ¡La primera! ¡Le digo á usted que será la primera obra que yo estrene en mi teatro! -afirmó el director... -Primero léala usted... ¡Hágame usted ese favor! -insistió el barón... Y cortés y amable despidióse del director, dejándole el mamotreto... Ocho días después el barón Henri de Rostchild anunciaba de nuevo su visita al famoso director, el cual se apresuró á recibirle inmediatamente... ¡Magnífico! ¡Es usted ún genio, un verdadero genio, mi querido barón! -exclamó el director. ¡Esa obra va á hacer correr á lodo París! -Pero ¿la ha leído usted? -preguntaba el barón de Rostchild. ¡Y me ha entusiasmado! -respondió el director. ¡Me ha llenado de admiración! jQué efecto el del segundo acto! ¡Qué final el del acto tercero! ¡Maravilloso! ¡Sorprendente! Tiene usted ahí el ejemplar? -preguntó tímidamente el barón. ¡Cómo que si le tengo! ¡Y no se separa de mí! Y al decir esto, el director abrió un cajón de su mesa y sacó el mamotreto, siempre atado con la famosa cadenita de oro... -Pues bien... Vea usted la obra... Y el barón de Rostchild desató el paquete y puso ante los ojos del director tres cua demos de papel blanco, limpios, inmacula 1o s, sin una sola letra escrita. El pobre director quedó avergonzado, y hoy, en el bulevar, nos reimos que es un fusto. Pero ¿no es verdad qne nos ha resultado el señor barón de Rostchild un hombre muy espiritual? José JUAN CADENAS. París, Junio. do y Chicote el dúo de la obra postuma de aquél, Las mocitas del barrio. de les éxitos ha realizado sus pruebas definitivas el globo dirigible del conde de Zeppelin, saliendo del lago de Constanza y volviendo al punto de partida después de re orrer un trayecto considerable, realizando todo género de evoluciones. El globo permaneció doce horas en el aire, y llegó á navegar á na velocidad de 100 kilómetros por hora á diferentes alturas. El globoelde Zeppelin. Con más satisfactorio C OPLAS DEL DOMINICO ¡NO MAS TORERAS! ¿Te ñas enterao de la última disposición de La Cierva? -Estoy en palotes. -Nada; pues que ha cortao la carrera taurómaca al bello sexo y las ha rapao la trenza y las facultades. ¡Oye! ¿Qué estás diciendo, Pimienta. -El Evangelio, Chufitasr, se acabaron las toreras de Real orden. ¿Qué me dices? -Lo dicho. -Pues me estropean el puchero ¿Por qué causa? -Na; mi hermana la pequeña, que parece que ha salido con taurómacas ideas, y tengo mis ilusiones y el porvenir puesto en ella, porque con cinco corridas que la muchacha tuviera, y yo un poquito de suerte en el mus, ni ei Zar de Persia. Eso es un absurdo. -Güeno; sí, será lo que tú quieras; pero lo ha dicho el de Muía, y eso ya es una sentencia. ¿Y á qué se dedica ahora mi pobre hermana, y sin ella de qué vivo yo? -Del aire. -Chiquillo, en cuanto lo sepa la da el sarampión. ¿Y cómo la llamabais? porque como tie una cara, por mor de la Providencia, que es una noche de truenos, así se la puso. ¿Y pega? -A mi me da ca zumo á veces, que me estropea. -Digo que si vale. -Anda, como que es una cFrascnela ayer se estuvo ensayando con el gato y le dio media que no dijo emiaú te azviert que demie que usa coleta vas á casa y no vislumbras ni una leve corredera. Antiyer vino el casero á cobrarnos veinte pesias, y cómo se arreglaría que lo pasó de muleta y salió huyendo. Q- jé diablo de muchacha! eso es una Boraba Chica eso es toda una torera, y si es cierto lo que dices nos va á roer la miseria, y en cuanto se entere, mialat. -JÍSO es canela- -La Tormenta, se me va á morir de pena; y es lo que yo me pregunto: ¿Qué hago yo pa distraerla? -No te apures; yo me entargo de que no se aburra; deja correr el tiempo; mañana verás una cosa güeña; la mando tres estropajos, jabón moreno, agua fresca, agujas, hilo y estambre. una americana vieja pa que la zurza las ropas de mis seis chicos, la artesa de la cocina de casa, que está la pobre muy negra, y duro y al estropajo y á remendar ropa vieja; y si con esos objetos no se entretiene, la mercas un rególver de seis tiros y que se mate, y requiescam: una holgazana de menos y un plato más en la mesa ANTONIO CASERO CRÓNICA TELEFÓNICA LOS REYES EN LA GRANJA DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL SAN ILDEFONSO, 4 ION. NUESTROS GRABADOS p l Rey en el Tiro de Pichón. Nuestro compañero y enviado CÍ ¡al en La Granja, Sr. Santamaría, refirió ayer en su conferencia telefónica la inauguración de las tiradas de pichón en el Real Sitio de San Ildefonso. A lo que él decía remitimos á nuestros lectores como referencia del primer grabado del presente número. 1 os pensionados en Roma. En el patio del ministerio de Estado están expuestos los envíos de tercer año de los pensionados por la Pintura y la Escultura en la Academia de Bellas Artes en Roma. Todos los trabajos revelan en sus autores su aprovechamiento extraordinario y la confirmación de las aptitudes que al ganar sus respectivas plazas demostraron. T el homenaje á Chueca. Por separado reseñamos la solemnidad verificada ayer tarde en el teatro de la Zarzuela en homenaje al llorado maestro Chueca, y en la cual cantaron Loreto Pra- V a hace varios días esperábamos la llega da de los primeros de Julio, con la esperanza de que esto se fuese animando. Las tiradas de pichón se creía que habían de ser el punto de partida de un nuevo y más movido período en este Real Sitio. Desgraciadamente, no hay hasta ahora el menor síntoma de cambio favorable en este sentido, y se pasan los días sin que se vea por calles y paseos ni una sola cara nueva, y entre los que aquí estamos se comenta como cosa extraordinaria la llegada de dos ó tres familias. Al tiempo no se puede achacar la culpa de que no venga aquí la gente, porque no puede ser más espléndido. Y aunen los días en que el calor se siente más, los que llegan de la corte nos dicen que en Madrid hace ocho ó diez grados más de temperatura. Hoy, por ejemplo, salieron de Madrid á las once, desde la puerta de la Peña, en el automóvil de Paco Avial, éste, el conde de San Román y Pepe Romero Ibarreta. Hora y media más tarde llegabau á La Granja, y al saludarnos nos confirmaron su impresión satisfactoria al respirar el aire fresquísimo de la sierra. Y eso que el día de hoy, aunque no tanto como el de ayer, ha sido algo más caluroso que de costumbre. La monótona tranquilidad de la existencia que aquí llevamos no se turba por nada ni por nadie más que en pequeñísimos detalles. El Rey no sa ió hoy en toda la mañana de Palacio, por dedicarla á escribir una porción de asuntos sometidos á su personal despacho y resolución. Luego, á mediodía, recibió al general del Arma de Caballería señor Serrano, que vino á darle las gracias por su reciente ascenso; al embajador de AustriaHungría, que antes de regresar á su país con lit- en a de verano quiso ofrecer sus respetos al Monarca, y al ilustre publicista señor Pérez de Gimuán, que al cumplimentar á D. Alfonso le dio las gracias por haberle concedido la gran cruz dei Mérito Militar, y le mostró la placa que le ha regalado el Cuerpo le Artillería, una preciosa condecoración de gran valor artístico. A las tres personas citadas invitó el Rey á almorzar, y después del almuerzo el embajador de Austria- Hungría recorrió los jardines con el mayordomo mayor del Rey, marqués de la Torrecilla, al cu i expresóla admiración que sentía contemplando la