Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C SÁBADO 2? DE JUNIO DE 9o8. EDICIÓN i. PAG. 14. í i 4 s. PROGRESOS DE LA AEROSTACIÓN PARÍS. PRIMERA SALIDA DEL NUEVO GLOBO DIRIGIBLE MILITAR REPUBLIQUE Fot. Koycr EL LLANTO IGUALITARIO porque los reporteros son unos mdiscre tos, los subditos españoles hemos sabido que el Infante ha llorado mucho en los primeros días. Nació el hijo de Reyes, y pagó su tributo al dolor... Pero los Príncipes ¿lloran también, lo mismo, ni más ni menos, que los hijos de los pordioseros? Los Príncipes, en efecto, lloran cuando son pequeñitos, y luego, cuando se haeen hombres, lloran también; el llanto es igualitario y democrático; el llanto no respeta ni á losgrandes ni á los pequeños. Estaban los palaciegos alabando á Dios por la buena noticia, y estaban los Reyes, los nobles, recreándose todos en la robustez del niño Infante, y estaban los subditos, el pueblo, las mujeres, enterneciéndose con la venida del nuevo Príncipe, cuando, de repente, sobre aquel conjunto de seres regocijados, sobre las diferencias sociales y sobre la gradación de títulos y preeminencias, al niño Infante, hijo de Reyes, se le ocurrió afirmar la igualdad de los hombres con la más rotunda afirmación que puede darse: llorando. El Infante lloraba. ¿También lloran los Infantes? ¿Somos todos iguales, entonces. Los hombres no somos iguales sino ante el inexorable tribunal del dolor y de la muerte. Somos desiguales por ley de la fatalidad, y así es cierto que unos nacen fuertes y otros canijos; unos heredan un soberbio talento y, otros están condenados á neeedad perpetua: seguramente que somos bien desiguales los hijos de la tierra. Pero una cosa hay en el mundo que nos hace hermanos, y esta cosa es la lágrima. ¡Qué importan las telas de finísimo lienzo, ni las comodidades del lujo, ni todo lo demás! Viene el dolor y nos iguala álos altos y i los bajos, y todos nos acoquinamos bajo e manto de la desventura. Ya puedes nacer hermoso Infante, entre plumas y perfume! gratos; vendrá el dolor y tendrás que pagarle tu tributo de lágrimas. Y entre ti, hernioso Infante, y el hijo de la mujer del pueblo que viene á aclamarte, ¿qué diferencia existe? El hijo de la chula grita y llora; tú gritas y lloras también con la mayor de las impudencias; el dolor ha llegado para advertiros que ambos sois iguales, hijos gemelos de la tristeza. Hermoso Infante, ¿por qué llorabas? ¿Te hacían daño las enaguillas de encaje? ¿O te molestaba el ruido de los cortesanos? ¿O es que tal vez presentías el porvenir... ¿Pasaba acaso por encima de tu frente el ala negra del presentimiento? De cierto que el porvenir no es nada consolador. Huyeron ya aquellos días en que los Príncipes gozaban holgadamente de todas las alegrías; ahora, y cada día más, los Príncipes se ven obligados á compartir el remolino de la vida moderna. Ser Rey, Príncipe, Infante, equivalía en otro tiempo á apoderarse de cuantas mercedes y regopijos tiene la existencia; pero ahora los grandes necesitan someterse á las ondulaciones de esta sociedad conmovida y violenta. Ahora pesan mucho las coronas, por lo mismo que los pueblos pesan más, por lo mismo que las cosas marchan con mayor tumulto. Y ser grande, ser Príneipe en España es todavía más ardua cuestión: ¡este incierto y obscuro pueblo, en donde todo aparece nebuloso! Haces bien en llorar, hermoso Infante. Pero si las lágrimas tienen un sabor amargo en cambio tienen una excelsa virtud, que es la fortificación del carácter. Llorando nos hacemos hombres; y así como el acero se moldea á golpe de martillo, la volun- tad se afirma con los martillazos dei aolor: y luego salimos- serenados y fortificados dé la prueba del fuego, quise decir del dolor, y entramos en el concurso de los hombres dispuestos á rendir nuestro trabajo en bien de la humanidad. Porque, hermoso Infante, de la ley del trabajo cooperador nadie se evade; y el que se evade, ¡ay de él! El hijo de la cigarrera ó de la labradora, que llora al mismo compás que tú, hermoso Infante, servirá en las mismas filas del ejército del progreso. El niño humilde será un obrero, traerá su riqueza de trabajo, su caudal de tenacidad; tú serás Príncipe y unirás tu esfuerzo de inteligencia ó de virtud al esfuerzo de tu hermano. Puesto que el dolor os ha unido en un acorde, simultáneo lloriqueo, la necesidad y el deber os unirán después en la misma fila del ejército humano- -ejército cuyo plan de campaña no es otro que la defensa contra las arremetidas del dolor. El dolor está acechando constantemente á los hombres; para defenderse de ese aciago é invencible enemigo, los hombres requieren unirse; unidos y trabajando todos, cada cual en su puesto, al dolor puede tenérsele á raya. Cada cual en su puesto: el labrador, sacando pan de la tierra; el sabio, sacando dencia; ¡el médico, curando, y el Príncipe, proveyendo. Cuando todos se mantienen alerta en sus puestos, los hombres pueden hasta llamarse felices; pero cuando los soldados flaquean, cuando el labrador saca mal y poco pan, el sabio saca ciencia falsa, el médico no cura ni el Príncipe provee... entonces los hombres viven miserablemente, un día llorando y otro día maldiciendo, y al siguiente día protestando. Que cada cual se percate de la importancia del deber y de la necesidad de la cooperación, de la disciplina, del valor, del amor. Hermoso Infante, acuérdate que has llora-