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A B C LUNES 22 DE JUNIO DE 1908. EDICIÓN i. a PAG. 4. lemos esta majadería que tocan, que es de de mis Madrlles, el último cantor de la gente del pueblo! ¡Adiós, músico alegre del Maun amigo mío que le llaman Chueca... Y como la chula le dijese pa luego es drid castizo, que saturaste con tus melodías tarde había que ver á D. Federico marcar- el ambiente popular de las verbenas! Prepárese el Ayuntamiento á rendir trise aquella polca. -Muy bien, maestro, eso es bailar- -le buto de admiración á un hijo de Madrid honra de España; pónganse lápidas, háganáije entusiasmado. -Es que con una música así se las marca se honores, toquen las bandas de música también el r e y Chintila ic H nlaza de con sordina y enfúndense de negro los organillos callejeros; lloren grandes y- chicos Oriente- -me replicó. ante la pérdida del insigne músico; llenePues, ¿y las gitanas? Tan. bién en la Pradera, y en aquel año, mos de flores su tamba, y lloremos al propio se le acercó una gitanilla de buen ver, que, tiempo por la música popular madrileña, que se ha ido con Chueca. cogiéndole de un brazo, le dijo: ANTONIO CASERO. -Ven acá, pare santo, bigote d azucari! lo, que te voy á desí una cosa que te va á sabe á merengue: bwen fin tengas, gachosito de buen mira, que tiés unos ojos que te los va á condena er jué por ladrones; carita l entierro de Chueca. é pascua, ven que te la diga, resalao, que De la solemne manifestación de duelo toas las moscas se van pa ti de durse que á que dio lugar la conducción al cementerio eres. de los restos del popularísimo maestro comY D. Federico, con su inimitable gracejo, positor D. Federico Chueca damos por seme decía: ¿En qué habrá conocido ésta que parado detallada noticia á la cual sirve de padezco de diabetes... Cogió á la gitanilla, complemento la fotografía que insertamos se echó el cordobés muy á la cara, y ¡qué co- al frente de este número, y que reproduce sas no la diría á la muchacha, que vióse el la calle de Alcalá en la tarde de ayer, á la popular maestro rodeado de un corro de llegada de la fúnebre comitiva al teatro de gente que le admiraba y reía al verle echar Apolo. la buenaventura á la gitana en perfecto p 1 obispo de Marruecos. taló! han relatado ¡Qué día el día aquél! Todos le saludaban Oportunamente corresponsal lalos telenuestro manirespetuosamente; desde la infanta Isabel gramas decariñosísima que se tributó al hasta el más humilde vendedor, todos le de- festación nuevo vicario apostólico en Marruecos, Pacían al pasar: ¡Adiós, maestro! con motivo de su entrada en Yo iba con aquel hombre lleno de orgu- dre Cervera, nuestra Por llo y haciéndome visible á los que me cono- Tánger. de hoy puedefotografía de la tercera verse el aspecto de las cían, para que pudieran decir: Ayer hemos página de Tánger al paso del prelado r visto á Casero con el autor de la Cancro? de calles ellas. la Lola. 1 do t ir Isla. jVTo! No he visto realizados mis deseos; üesTambién del ilustre médico, cuya soJ de que empecé á escribir para el tea- lemne recepción en la Academia de Meditro, siempre fue mi ilusión, mi orgullo, co- cina se verificó ayer tarde, hablamos en otro laborar con Chueca, ¡y consiguiéndolo no lo lugar del periódico. he conseguido! Larrubiera y yo le entregaEl doctor Isla es una de las eminencia sinmos un sámete sin pretensiones, madrile- discutibles de la medicina española contemlo como él, como nosotros; á él le gusta- poránea. ban mucho las costumbres de su pueblo, y de ahí que se quedase con nuestra obra CRÓNICA TELEFÓNICA para ponerla música. ¡Las cosas que él ha hecho en ese libro! jl, as situaciones musicales que él ha encontrado sin haberlas! ¡Qué ingenio el suyo! DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL Qué lozanía en su música! ¡Qué gracia en SAN JLDEFONSO, 2 1 1 0 N sus cantables! ¡Pobre Chueca! Nosotros hemos sido los A certaron los que pronosticaron que hoy últimos libretistas que se han acercado al cambiaría el tiempo favorableme emente. ilustre maestro, y seremos los primeros en Así ha sido. Después de cinco ó seis días recordar su colaboración. ¡Qué buen com- sin que el sol se viera, surgió esta mañana pañero... desde primera hora, y al verificarse el rele- -Aquí en la obra- -nos decía- -ponen us- vo de la guardia en Palacio subió la banda tedes una mujer enferma y triste por la au- del batallón de Cazadores de Barbastro ¡que sencia de su hija; hay que alegrar á esta en toda la semana había subido, y tocó vamujer, y para alegrarla lo mejor es un pasa- rias piezas, con gran satisfacción y regocijo del vecindario y de la exigua colonia aquí calle. residente. -Pero mire usted, D. Federico, que... -Nada, que hay que alegrarla; yo no conAprovechando el buen tiempo, la Reina siento que esa mujer se muera haciendo yo y el Príncipe de Asturias salieron de paseo pasacalles. por los jardines, y el Rey paseó un rato por la Pradera del Hospital con el caballerizo Era delicioso. -Aquí hay un zapatero remendón que Seoane y el profesor inglés Mr. Marsan. debe bailar un tango. Cuando regresó á Palacio, D. Alfonso des- -Mire usted, D. Federico, que este per- pachó con el ministro de Marina, el cual nos sonaje representa un hombre serio. manifestó luego la relación de los decretos- ¿Y quiere usted nada más gracioso que firmados por el Rey, que comunico aparte. un zapatero remendón y serio se baile un Por la tarde estaba anunciada en la plaza tango de caderas... Este tío se baila un de toros de Segovia la corrida que se suspendió el día del Corpus por causa del mal tango, no le quepa á usted duda. tiempo. El cartel, al frente del cual figura ¡Pobre D. Federico! La música de nuestra obra se la lleva él; ban los diestros Venterito de Jaén y llaveél, que no la copió para que hoy el público ro, no era de gran atractivo más que para pudiera saborear y aplanair su obra inédita, los aficionados al hule; pero aun así, y sin su última obra; él se lleva la música madri- ser de éstos, fuimos hasta Segovia al saber leña y retozona de nuestro saínete, y á nos- que allí irían los Reyes. En efecto, en autootros nos queda un eco perdurable de la móvil dirigido por D. Alfonso, fueron Sus misma y un recuerdo imperecedero del que Majestades, y en otros automóviles y carraajes de la Real Casa el séquito regio y tantas yeces nos la hizo oir. ¡Adiós, ilustre Chueca, el último chispero los jefes Y oficiales de Cazadores de Barbastro, invitados por el Monarca al espectáculo taurino. Al entrar los Reyes en el palco, que estaba adornado con banderas y follaje, fueron aclamados con entusiasmo por el público. Imperaban en éste los alumnos de la Academia de Artillería, y en las localidades de sol había un verdadero enjambre de chiquillos, porque la empresa acordó á última hora admitirlos mediante el pago de una perra chica. Más barato, de balde. La corrida ha sido de las que dejan memoria en una- población. Yo, por mi parte, no recuerdo haber visto jamás una serie igual de revolcones, aparatosas cogidas y tremendos trastazos. A los diez minutos de comenzar la lidia apenas quedaba un torero sin lisiar, y los que no lo estaban se refugiaban entre barreras en prudente expectativa hasta que pasara el chaparrón de revolcones que repartía el toro. En verdad que el ganado que se ha lidiado sabía latín y geografía, y además pasaba al segundo y tercer tercio sin el castigo de las puyas. Como nota curiosa merece mencionarse el parte que recibió el gobernador al terminar la lidia del primer toro. Decía así: Toreros heridos, dos; por herir, cinco. Y no resultó una chuscada, porque el segundo bicho despejó de tal modo el terreno, que á la hora de matar sólo quedó un peón que pudiera auxiliar al espada. Entonces saltó al ruedo un mozalbete apodado el Peludo, sin duda por el fenomenal apéndice capilar que adornaba su cabeza y que de seguro daría envidia á un subdito del emperador del Celeste Imperio. Gracias á él pudo la corrida continuar. La Reina, visiblemente disgustada por lo accidentado del espectáculo, se levantó y emprendió el regreso á La Granja, acompañada de la marquesa de Salamanca, cuando terminó la lidia del primer toro. Apenas salió el tercero ocurrió la cogida más aparatosa. El matador Venterito de Jaén, al lancear de capa, fue alcanzado, produciendo la cogida verdadera sensación, porque estuvo dos ó tres minutos de un cuerno á otro. Fue arrojado luego al suelo, vuelto á coger por la faja, levantado y paseado de un extremo á otro de la plaza y lanzado luego por lo alto á tal distancia que, como dice el personaje de Las estrellas debía bajar vendado No pude resistir la curiosidad, y bajé á la enfermería á verle curar. Hallábase en la cama de operaciones, asistido por los médicos de guardia, que tenían que curar al mismo tiempo á dos ó tres toreros también heridos. Observé que el diestro, por lo extenuado de su cuerpo, antes que las cornadas de líoy, debía haber recibido muchas de aquellas otras que, en frase popular, ya meneionó el Espartero. Entre lamentaciones y bravatas, trataba el pobre diestro de expliear cómo le había cogido el toro, y me enseñaba una cicatriz en el pecho, no lejos de una de las heridas recibidas. Ésta- -me decía- -es del año pasado, en Torre vieja, y de seguir así me van á poner el pecho como un acerico. ¡Todo sea por Dios! El Rey se ausentó de la plaza durante la lidia del ter er toro, preguntando por el estado del herido. Hubo de ser retirado el tercer toro al corral, y la lidia del cuarto fue la única que tuvo carácter regular. El espada Llavero, auxiliado por el aficionado Peludo, se hizo con el toro, que era un verdadero marrajo, y, como diría alguien que yo me sé, le dio, aprovechando, una estocada, llevándose la mano al chaleco. Uno de los toros, después de recibir media estocada, pasó á manos del puntillero, el cual le dio 10 ó 12 golpes, y como no asertara á rematarle pasó la puntilla á un compañero, quien le dio otros 10 0 12, declarándose á su vez incapaz para acabar con el pobre bicho, y ya iba á darle el arma á un NUESTROS GRABADOS E E A B C EN LA GRANIA