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A B C VIERNES 19 DE JUNIO DE 1908. EDICIÓN i PAG. 1 J. lán, de cincuenta años, casado; Julián Díaz San José, de veintitrés años, soltero; José Vázquez Martín, de veintitrés años, casado; Clemente Vázquez Martín, de veintisiete años, casado, y José Iyázaro Méndez, de veintiún años, soltero, todos- canteros de oficio. Estos sujetos, por rivalidades del oficio, sostuvieron entre ellos una verdadera batalla, en la que salieron á relucir toda clase ie armas. Y, como consecuencia de la lucha, fueron luego asistidos en la Casa de Socorro: José Vázquez, de una herida de arma blanca en 2l muslo derecho, de pronóstico grave; Julián Díaz, de contusiones en la cabeza; José Díaz, de contusiones en la cara y cabeza y una herida de arma blanca en el brazo izquierdo, de carácter grave, y Victoriano Díaz, de una contusión en el ojo derecho. cjn la antigua plaza de la Alegría (hoy de Manuel Becerra) riñeron ayer tarde José Gijano Alvarez y Lorenzo. González García, ambos operarios del tejar de SixtoLorenzo fue detenido por la Guardia civil como autor de una herida causada á su contrincante. ESCADORES PESCADOS Manuel Alva 111 rez y Tomás Baquera presentaron en la Comisaría correspondiente una denuncia contra Osear R. Maribona, á quien le entregaron 4.000 pesetas con objeto de hacer un negocio de pescados, sin que hasta la fecha, á pesar de las muchas reclamaciones que se e han hecho, hayan logrado su entrega. P ENTREVISTA FRUSTRADA EL ZA ¿NO VIENE USTED, PRESIDENTE? FALLIERES. -ESO QUISIERA, PERO ME LO ESTORBA ESTE PEQUEÑO OBSTÁCULO QUE SE ME HA PUESTO DELANTE EL CRIMEN DE A iileced utes. A principios del año 1892 contrajeion matrimonio Consuelo Fernández y Juan Antonio Díaz. Antes que el cura santificase la unión de Consuelo y Juan, ya habían mediado entre ambos relaciones de carácter íntimo, de las cuales resultaron dos hijos, que fallecieron á poco d e haber contraído aquéllos matrimonio. Juan se dedicaba á la fabricación de juguetes y tenía establecido su taller en un piso bajo de la calle de Ereilla, núm. 18. La situación económica del matrimonio no era muy desahogada; no obstante, con los rendimientos de la industria de Juan y lo poco que con su jornal les ayudaba un sobrino que con ellos vivía iban saliendo adelante. Según el testimonio de algunos vecinos de la casa, entre Juan y Consuelo no reinaba la mejor armonía. Ella era de carácter violento y dominante, y esto daba ocasión á frecuentes altercados entre los cónyuges. pl suceso. Anoche, á primera hora, llegó Juan á su domicilio y pidió la eena. ¡No hay cena! -parece que le contestó Consuelo de muy mal talante. Juan se marchó de su casa y no volvió hasta poco antes de las doce. Entonces se reprodujo la cuestión; las voces fueron mayores, y cuando el sobrino, José Alonso Díaz, se disponía á abandonar el lecho para apaciguar los ánimos, oyó que la tía, con voz angustiada, gritaba: ¡Ven, José! Acudió José, y en aquel momento su tío le dijo: -Toma esa mujer, que yo me voy á la Comisaría. Consuelo, que aun permanecía üe píe, se desplomó sobre una banqueta, quedando inmóvil. Desapareció Juan, y entonces José vio HE con espanto que su tía estaba, no sólo herida, sino muerta, al parecer: José comenzó á pedir auxilio, y á sus voces acudieron varios vecinos de la casa y una pareja de la Guardia civil que prestaba servicio en aquella demarcación, la cual se quedó custodiando la casa y el cadáver. De la Casa de Socorro de la Inclusa acudió el facultativo de guardia, Sr. González Araco, cuya misión re redujo á certificar la muerte de Consuelo. Esta tenía una profunda herida en la región mamaria izquierda, causada con un formón. n la Comisaría. A la tina menos veinte llegó á la Comisaría de la Inclusa un individuo, cuya presencia llamó desde luego la atención. Hallábase presa de extraordinaria agitación; tenía los ojos inyectados, el cabello en desorden y en sus palabras y en sus ademanes revelaba que su estado mental dejaba mucho que desear. ¿Está el comisario, Sr. Zaldivar? -preguntó al primero que vio. -No está- -le contestó ei inspector de guardia, D. Pedro Aparicio. -Pues necesito verle con urgencia- -In sistió aquél. -Pues si la cosa es urgente, dígamela usted á mí, que soy el inspector de guardia. En aquel momento avisaron de la Casa de Socorro que en la calle de Ercilla, 18, había sido muerta violentamente una mujer, ¡Esa es! ¡Esa es! -dijo aquel hombre, que no era otro que Juan Díaz. ¡Esa esl ¡Mi mujer, á quien acabo de herir! Todos los presentes le miraron asombrados. -Sí, Señores, yo la he herido; acaso la haya matado, y por eso vengo á presentarme á ustedes para que hagan de mí lo que quieran. -Aquí- -le dijo el Sr. Aparicio- -no se le hará á usted nada. Siéntese, cálmese un poco y refiera lo ocurrido. Y Juan refirió todo lo que ya Iiem LOU signado, añadiendo que cuando á las doce volvió á su casa cuestionó de nuevo coa su. mujer por no haberle tenido la ceaa; que además la dirigió algunas palabras que ella conceptuó ofensivas, pues apoderándose de un formón trató de herirle. El, entonces, cogió otra herramienta igual y le dio un golpe en el pecho. Después dijo no sabe lo que pasó pn la casa del crimen. El inspector Sr. Aparicio, acompañado del agente Seseña, se trasladó á la casa del crimen, encontrando el cadáver de Consuelo en la forma que queda dicho. A su lado se hallaba el joven José Alonso Díaz. Como medida preventiva, el Sr. Aparieio hizo que el agente Seseña acompañase á José á la Casa de Socorro, pues el estado de excitación nerviosa en que se hallaba requería los inmediatos auxilios de la ciencia. T eclara José. Poco después volvió éste á la Comisaría, refiriendo lo ocurrido tal y conforme lo hemos consignado. Añadió que desde hace un mes venía observando que el carácter de su tío había sufrido un cambio radical, y que algunas veces parecía que estaba loco, atribuyéndolo al sentimiento que le había causado la muerte de un hijo de doce años, ocurrida hace un mes. Confirmó lo declarado por Juan respecto del carácter de Consuelo, agregando que por tal motivo eran muy frecuentes los disgustos entre sus tíos. I I n niño. De los cinco hijos habidos en este desventurado matrimonio sólo vive un niño de tres años, llamado Manuel, del cual se ha hecho cargo provisionalmente una vecina de la misma casa, llamada Antonia Serrano González, viuda y sastra de profesión. E