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DE TODO EL M U N DO, POR CABLE, POR T E L É G R A F O TELÉFONO If KBnna a nn temnB v ft ft DE T O D O EL M U N DO P O R C A B L E POR T E L É G R A F O Y TELEFONO TOLÓN. LA DEGRADACIÓN DEL ALFÉREZ ULLMO MOMENTO EN QUE LE FUERON ARRANCADOS LQS GALONES la sentencia. se ha cuuiplido teatral aparato de estas 1, Con todo el pesuya, d Consejo de guerra le condenó á la degradación y á reclusión perpetua. En compañía de un marinero recientemente degradado y condenado por robo á diez años de presidio, saldrá de Tolón, donde se ha cumplido la primera parte de la sentencia, para ir al Depósito dé penados de la isla de Re, y desde allí á la isla del Diablo, de terrible recuerdo. p l viernes último se despertó üUmo en la cárcel de Tolón, sin sospechar que estaba tan próximo el momento fatal. Eran las seis de la mañana y aun no había acabado ÜUmo de vestirse el traje de paisano que usaba en la prisión, cuando se abrió la puerta de su celda y entró el jefe de los celadores con un abultado paquete bajo el Fot. Chuseau Flaviens. nosas ceremonias, ante muchísimos oficiales, de los Ejércitos de tierra y mar, ante las. fuerzas de marinería que tal vez en alguna ocasión le tuvieron por jefe, el oficial francés traidor ha sido degradado. Conocida es la historia de su delito: enamorado de una mujer de teatro, la bella I ison deseoso de hacerla disfrutar todos los goces que proporciona. el dinero, concibió el criminal proyecto d, e vender á alguna potencia extranjera un plan secreto de defensas marítimas del cual había logrado apoderarse por medios que no es del caso referir. Descubierto, juzgado, anonadado por las pruebas que se multiplicaban en contra brazo. No hizo falta que el carcelero dijese nada para que el preso comprendiera el motivo de su visita. Se conmovió tanto, que cayó desrhayado sobre su lecho. El carcelero le dijo entonces: -Aquí le traigo á usted su uniforme para que se lo ponga usted. Esta mañana va á ser la degradación. -Está bien. Voy á vestirme. Y no dijo Ullmo ni una sola palabra más á partir de este momento. Constantemente vigilado, se vistió por última vez las galas militares, y, luego de vestirse, se sentó en una silla y esperó inmóvil que le llamaran. Su rostro permanecía impasible; nadie hubiera podido sospechar al veríe la tremenda emoción que experimentaba el desdichado.