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A B C DOMINGO 7 DE JUNIO DE 1908. EDICIÓN i. PAG. suspende el debate y se acuerda se reúna el Congreso en secciones el lunes. Se, levanta la sesión á las ocho menos veinte. reclamando del cobrador que se cumplan las órdenes de la autoridad; pero volved las tornas, y cada uno de los protestantes es el primero en querer que se le admita, á pesar del completo. Observad que si el cobrador va distraído, aunque vosotros sigáis fatigosa carrera detrás del coche, no habrá alma piadosa que mueva su mano para tocar el timbre, porque así se ahorran todos una paradita. Observad cómo al pretender un viajero ocupar un puesto en el interior del carruaje refunfuñará alguno que se cuente el número de los asientos. Vivían con relativo üesahogo, y para la vecindad era un secreto que aquella mujer, ya entrada en años, -y aquel hombre, de aspecto grave y severo, constituyesen vm ma; trimonio completamente KA e quieres? v- Esta cariñosa interrogación, yaTblyt dada de tanto repetida, fue la causa inicial de este suceso. Parece que el viernes último Cándida vio á Roberto acompañado de una mujer. Esto dio lugar á una escena de celos, á la que siguió el consiguiente escándalo, adornado con todo el aparato de lágrimas, amenazas, síncopes, arañazos y mordiscos... Aquello, al parecer, fue una nube de ve- rano, que no tardó en desvanecerse una vez que aquellos desahogos purificaron la atmósfera... Ayer mañana, Cándida, sin duda arrepentida de lo ocurrido, en tanto que Roberto tomaba el desayuno, y dando á su voz toda la dulzura posible, preguntó á Roberto: ¿Me quieres? Roberto continuó saboreando el clásico soconusco y dio la callada por respuesta. ¿Me quieres? -volvió á preguntar Cándida. ¡No te quiero! -contestó él con aterradora sequedad. Ante aquella respuesta, Cándida se transfiguró. ¡Venus se convirtió en Medusa! Sin decir una palabra se dirigió á la cocina, y tomando del sitio en que lo tenía escondido un frasco que contenía vitriolo, tornó cautelosamente junto á Roberto, y, tapándole los ojos con la mano izquierda, con la diestra le arrojó el corrosivo ácido sobre la cabeza. Roberto dio un grite y quiso lanzarse sobre la criminal; pero no pudiendo resistir los agudos dolores que le causaban las que- maduras, se lanzó á la calle, encaminándose precipitadatneüte á la próxima Casa de Socorro. t oberto, grave. En la del Hospitd fue asistido Roberto de extensas quemaduras en la cabeza, que fueron calificadas de graves por los médicos que le practicaron la primera cura. Cándida fue detenida y llevada á la Comisaría del distrito, y de allí al Juzgado de guardia. VISTO Y OJDO p N QUÉ QUEDAMOS? Pues señor, nos p r e g u n t á p b gau tm bo s e á b del dñ ios que vivimos á la sombra d l madroño municipal, símbolo de la villa y corte: ¿en qué demonios ocupará su atención el auto conde de Peñalver, que no parece sino que se lo ha tragado el Ayuntamiento, ó quizá el monstruo Fafner concejil? ¿Qué laboraba, el alcalde en tan prolongado mutismo? ¿Prepararía sus memorias? ¿Ocuparía sus ocios discurriendo algún nuevo aeroplano, ya que tantas aficiones muestra por todos los deportes? ¿Proyectaba, percatándose de que era necesario dar señales de vida, una estupenda reforma que pasmase á los madrileños? El conde de Peñalver discurría, efectivamente, algo muy superior y trascendental para la urbe, una genialísima disposición que demostrase que es un hombre completamente europeizado. I as quejas del público lamentándose de que los tranvías hiciesen frecuentes y excesivas paradas, cosa que, según decían los eternos héroes íigarescos, no pasaba más que en nuestro país, movieron á las empresas, de acuerdo con el alcalde, á fijar paradas discrecionales para corregir lo que todos estimaban un abuso y una molestia. Y se dio gusto á la gente. Pero no pasaron muchos días sin que los mismos protestantes se lamentaran de no poder tomar el tranvía donde les conviniese. ¡Oh, tiranía de la perra gorda! Hay quien se cree con derecho á todo por tan ínfimo precio: á parar donde se le antoje, á subir donde quiera, á que á la primera indicación el tranvía pare inmediatamente y á que el cobrador se acuerde de que le han ordenado que toque el timbre frente al número 74 de la calle donde ha de apearse el viajero. Si queréis estudiar el egoísmo, nada más á propósito que lo que ocurre en los tranvías. Observad cómo un señor que se duele de que el tranvía pare á cada momento es el primero que se molesta si el cobrador na para cuando él necesita subir ó apearse. Observad que muchos se hacen los distraídos hasta que advierten que habéis pagado, y entonces os dicen amablemente y sin darle importancia: ¿Dónde va usted? ¡Tengo aquí muchos perros! Observad que hay algunos cucos que ocupan la plataforma delantera del carruaje para que les paguen el tranvía los amigos que van á la zaga. Pero, en fin, aparte estas pequeñas psicologías, lo gracioso es que el alcalde, sintiéndose gedeónico, ha dispuesto que para subir puede hacerse en cualquier punto del trayecto, y para bajar, en las paradas establecidas. Y hé aquí que el mismo público que reclamaba esta medida vuelve á protestar de que se haya tomado tal acuerdo. ¿Puede darse nada tan pintoresco y sobre todo tan español? ¡Oh, insigne y siempre memorable maestro Fígaro! ¡No pasan días por tus amables sátiras! ¡Eres eternamente nuestro! Luis GABALDON. OR CABLE Y TELÉGRAFO DE NUESTRO SERVICIO PARTICULAR CASABl ANCA, 4 TÁNGER, 6, 4 T Observad que si el tranvía va lleno, al infeliz que pretende tomarlo le rechazan airadamentelos que ocupan las plataformas, UTeinte años há... v Que se conocieron y se amaron Cándida Castillo Sánchez y Roberto Robert l, ópez. Desde aquella fecha, Cándida y Roberto vivían como dos verdaderos enamorados, sin que turbase la monotonía de su existencia más que alguna escena de celos que ella provocaba con frecuencia, sospechando infidelidades, más aparentes que reales. Cándida y Roberto han pasado ya de la edad de las pasiones. Cuenta cada ano cincuenta primaveras, y, no obstante que los años enfrían las pasiones más volcánicas, parece que esta ley, natural é inmutable, no reza con los protagonistas del suceso de ayer. C l lugar del suceso. Roberto y Cándida tenían establecido el nido de sus amores en la calle del Amparo, núm. 11, segundo izquierda. EL VITRIOLO ñ yer se registró una nueva cuestión entre franceses y españoles, siendo esto verdaderamente alarmante? pues, dado el estádo de los ánimos, se teme un serio conflicto. Lo sucedido fue una discusión violenta entre soldados franceses y españoles, que por fortuna no llegaron á las manos graciasá la intervención de los más prudentes. Esto revela el estado anormal, en- que vivimos, y es creencia aquí muy generalizada que el día menos pensado habrá que lamentar algútfsuceso altamente desagradable. I as autoridades francesas hacen esfuerzos para contener los desmanes de la soldadesca, sin que puedan evitarlos muchas veces. A pesar de las seguridades del Gobierno francés de que; serían castigados los culpables del incidente del dia 12, lo cierto es que el sargento jefe de la Guardia de zuavos, verdadero responsable moral de lo sucedido, sigue libre y hasta dícese que manda ahora el puesto de guardia de la puerta del Zoco España resulta víctima de Francia, que confunde los incidentes ocurridos los días 12 y 13, á pesar de su gravedad y consc-