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A B C MIÉRCOLES i3 DE MAYO DE 1908. EDICIÓN i. PAG. 4 saludados con tempestades de aplausos en toáoslos escenarios del mundo, y su colaboración afortunada proporcionó ríos de oro á las empresas que se disputaban sus obras... Halevy era el último superviviente de aquella artística trinidad, pero hacía mucho tiempo que no daba ninguna obra al teatro. Colmado de honores, disfrutando de una posición espléndida, viviendo los inviernos en París y los veranos en el campo en un soberbio castillo de su propiedad, el autor de La familia Cardenal se extinguía lenta, plácidamente... ¿Por qué no estrenaba Halevy? La razón se ha sabido ahora, y es una prueba más de su caballerosidad, de su honradez literaria; Tin alto ejemplo digno de imitar. Un joven autor, Renee de Saint- Maur, da cuente hoy de la entrevista que celebró hace quince años con Ludovico Halevy. Renee de Saint- Maur fue á visitar al ilustre autor en su casa, llevándole el manuscrito de una pieza en un acto que quería colocar bajo su protección. Benévolo y sonriente Halevy, al enterarse del objeto de la visita, cogió papel y pluma y preguntó al novel literato: ¿Qué es el acto? ¿Comedia? ¿Vaudevilk? ¿Drama? -Comedia me parece... -Bueno... Voy á dar á usted una carta para Frank, el secretario del Gimnasio. He oído que necesita obras en un aeto y seguramente la estrenará... Tímidamente Saint- Maur se atrevió á decir, mientras Halevy escribía la carta de recomendación: -Yo, señor académico, le hubiera agradecido infinitamente que leyera mi obra. Ludovico Halevy dejó la pluma. -Imposible... Me he jurado hace mucho tiempo no leerjamás una obra ajena antes de que se haya publicado. Va usted á saber por qué. Y abriendo un cajón de su biblioteca, sacó un voluminoso manuscrito... Era una comedia terminadaEste montón de papeles- -dijo Halevy contemplándole con cierta tristeza- -representa muchos años de trabajo. Cuando escribí esta obra quise hacer algo nuevo, algo original, y confieso que al verla terminada creí haberlo conseguido. Ya estaba pensando en llevarla al teatro y me disponía á repartirla en breve, convencido de que iba á alcanzar un gran éxito... Pero un día se me presenta en casa un joven recién llegado de provincias con una apremiante recomendación de un íntimo amigo mío... Traía una pieza y me la leyó... Era espantosa, escrita en francés salvaje, sin la menor idea de lo me es el teatro, pero... vea usted... El asunto, el nudo de la obra, el tema principal era el mismo que yo había desarrollado en mi comedia... ¿Qué hacer? Yo no podía solicitar la colaboración de aquel joven, porque esto no hubiera sido digno... ¿Estrenaría yo mi obra sin preocuparme de la coineidencia? ¿No tendría entonces aquel señor el derecho de decir que yo me había apoderado de la idea? Figúrese usted la carta que hubiera aparecido en todos los periódicos al día siguiente de la primera representación. Mr. Halevy me dijo que mi comedia no valía; pero esto no le ha impedido escribir una comedia con el mismo asunto. Yo adoptó entonces una firme resolución. Mi obra no se estrenará. Y aquí en el fondo de este cajón duerme esperando la hora de mi muerte. Sólo después de mi muerte podrá estrenarse... Pero, al mismo tiempo, me hice también el juramento de no leer jamás una obra ajena, antes de haber sido impresa... piste era Liidovico Halevy... ¿No es verdad que sn determinación pinta todo un carácter? Conocemos, pues, ya la causa del prolongado silencio del autor ilustre, y los directores de los teatros más importantes, al enterársele que existe una obra inédita de Halevy, comienzan á disputársela, convencidos del éxito. Lástima que su autor no pueda saborear el triunfo por haberse voluntariamente sacrificado ante un escrúpulo de exagerada probidad literaria, que no creo que haya muchos autores carnees de comprender... ni de imitar. JOSÉ JUAN CADENAS. París, Mayo. a kermesse de la Inclusa. Celébrase estos días con gran animación la kermesse organizada por la Asociación benéfica para socorro de los pobres del distrito de la Inclusa en esta corte, y la fiesta durará hasta el día 31 de los corrientes. Los donativos recibidos para la tómbola son muy numerosos, y la mayor parte de valor y buen gusto. Figuran entre 9 H 0 S dos mantones de Manila, regalo de S. A. R. la infanta doña Isabel, y de la Sociedad un reloj de oro, un grupo de figuras artísticas, una vitrina y un juego de té, donativo de los Sres. Paz, G. Nieto y Alvarez, presidente honorario, presidente efectivo y vicepresidente de la Sociedad, respectivamente. Estos premios se rifarán en sorteo espe cial los días 17 y 31. T os muertos ilustres. Por separado dejamos dada noticia del fallecimiento de los señores marqués de Ayerbe y conde de Liaiers, cuyos retratos reproducimos. Concurso de sardanas. En el programa de festejos con que se ha solemnizado en Barcelona el cincuentenario de los Juegos florales figuró un concurso de danzas populares típicas de las diferentes comarcas de Cataluña. Verificóse en el parque Güell y asistió á él numeroso público, que quedó muy complacido del espectáculo. 1 a iglesia de la Sagrada Familia. Ayer dimos noticia de la inauguración de este nuevo templo, y hoy publicamos fotografías de su aspecto interior y exterior. exposición de ornamentos religiosos. Da idea de la abundancia de los donativos hechos por todas las señoras y Asociaciones católicas de Madrid, para las iglesias pobres, la fotografía de su Exposición en los salonesjdel Sagrado Corazón, que publicamos en el presente número. NUESTROS GRABADOS CAMBO Y CANALEJAS Los liberales es pañoles están alborozados. Su ilusión es bien simple. Según ello en la tarde de ayer el Sr. Canalejas dejó desbaratado, vencido, maltrecho al señor Cambó. Y ya que ellos, los liberales, no se atreven con la Solidaridad; ya que entre las filas de estos espíritus traviesos, no hay nadie que pueda hombrearse con los más notorios solidarios, ¿no sentirán una profunda alegría si al más hábil orador de la Solidaridad le alza el gallo y le zarandea un orador de la altura del Sr. Canalejas? Pero abandonen su ilusión los liberales. Sin ánimo de mortificar al ilustre orador demócrata, ni de ensalzar al temible polemista catalán, Voy á exponer aquí, en cuatro líneas, mi parecer sobre el debate de la tarde de ayer. El Sr. Cambó se levantó á hablar á primera hora. Había pecos diputados en los es- IMPRESIONES PARLAMENTARIAS caños; no es ésta la hora eti que ya está caldeado el ambiente y puedfe levantarse á hablar un orador de nota. Había al comienzo desatención. El Sr. Cambó fue cautivando poco á poco los ánimos. El Sr. Cambó es alto, delgado, cenceño, casi escuálido. El Sr. Cambó tiene una cara alargada, enjuta, con una barba estrecha. Sus ojos son hundidos. Sus manos son largas. El Sr. Cambó se pone en pie, saca el pañuelo, lo estrecha entre sus dos manos, pone después las dos manos juntas sobre el pupitre y comienza á hablar con la mirada baja. Lo que va diciendo el Sr. Cambó es que los problemas de la educación son muy complejos, que no se pueden estudiar aisladamente, que guardan entre sí estrecha relación. Lentamente el Sr. Cambó se va animando. Ahora se dirige al Sr. Canalejas. El Sr. Canalejas está sentado detrás del orador. El Sr. Canalejas se halla inmóvil, mirando la espalda del señor Cambó; cuando el Sr. Cambó pronuncia el sombre del Sr. Canalejas, él orador demócrata hace un vibrante movimiento nervioso. ¿No se sabe que no hay ningún orador en la Cámara que desinquiete y desazone tanto al insigne demócrata como el señor Cambó? El Sr. Canalejas- -va diciendo el Sr. Cambó- -es partidario de que el Estado debe regir, ordenar, reglamentar la enseñanza. Lo que no dice el Sr. Canalejas- -añade el orador- -es si el Estado paga esa enseñanza. Frente á este anterior estadista, centralizador y hasta diré que absolutista del Sr. Canalejas- -agrega el Sr. Cambó- -yo coloco mi criterio de que la acción debe partir de abajo, de que es preciso estimular y fomentar la iniciativa particular, de que no se ha de confiar tan sólo en el Estado. ¡Yo no comprendo cómo quien aspira á ser demócrata- -exclama luego el orador- -mira con espanto este desenvolverse de las iniciativas privadas! El orador habla fluida y coherentemente. Se distingue el Sr. Cambó por la precisión, por la exactitud, por la frialdad de su palabra. No es un orador cordial, efusivo: es un polemista impasible, matemático. Hay en él un gesto peculiar: el de mirarse un momento las uñas de la mano derecha. El Sr. Cambó va razonando fría y serenamente; á veces se detiene, como si no supiera proseguir, como si dudara; entonces dobla su mano derecha y se contempla en una breve pausa las uñas. Y á seguida, invariablemente, viene una frase acerada, una frase cruel, una frase que va recta como una flecha silenciosa al corazón del adversario. Si prevaleciera, el criterio dei Sr. Canalejas- -dice el Sr. Cambó- -yo desconfiaría áe la regeneración de España. ¡Se quiere ahogar las iniciativas individuales! Pero, ¿es que el gran mal de España no es la pereza, la inacción, el marasmo? Y ¿es que puede salir un país de este pantano cuando se tiene la idea providencialista de esperarlo todo del Estado, de no poner la confianza en nuestro esfuerzo, en nosotros mismos? Yo no pido en absoluto la no intervención del Estado- -añadía dorador, -pero quiero que los límites en que se mueva el ciudadano no sean límites amplios, holgados, que den margen á toda iniciativa y toda innovación individual. Yo soy partidario, en industria, de un margen protector, de una protección. Pero si esta proteeción fuera absoluta, ¿no acabaría por matar la misma industria, que protegía? Protección, sí; pero protección que no enerve, que no ahogue los estímlos del industrial, que no los suma en la pereza y la inacción. Pues este ejemplo- -añadía el orador- -lo aplico yo al Estado y á lo que el Estado debe hacer con la enseñanza En síntesis éste ha sido el discurso del orador solidario; aquí faa estado lo sustancial del debate; todo lo demás ha sido accesorio. Y á estas afirmaciones, á estas acusaciones, ¿qué ha contestado el Sr. Canalejas? El se-