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FOLLETÍN D E A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN En aquei centro de la actividad úancesa, bajo la bandera tricolor, encontró el marqués de Kerinor á su hijo, ó, mejor dicho, al esqueleto, á la sombra de su hijo. El americano Alian salió al encuentro del marqués, llevando en la mano su casco blanco. Los dos hombres se miraron y se comprendieron al estrecharse las manos silenciosa y enérgicamente. -Le va usted á encontrar cambiado. -Ya lo supongo. A pesar de todo, la emoción del marqués fue intensísima. Enrique estaba tendido en su cama de campaña, cubierta con un mosquitero de gasa. Su rostro descarnado, del color de la cara, parecía inmóvil. Al verle no se sabía si estaba muerto ó dormido. Tenía los ojos ferrados. -Está descansando- -dijo Alian. ¿Padece paludismo? -preguntó el mi- roués. -Eso cree el médico. ¿Y usted no cree lo mismo? -Sí; evidentemente tiene fiebre palu. cu. cu. pero tiene también a o más. teeordó el marqués las penosas, impresiones, los misteriosos presentimientos de su esposa. ¿Qué más? Alian separó la gasa que protegía el lecho, introdujo sua emente una mano por bajo de las almohadas y dijo, entregando á u interlocutor un retrato: -Esto, sencillamente, esto. La fotografía está casi borrada por que Enrique ha llorado mucho sobre ella cuando creía estar solo. Yo conozco su nombre tan bien como el mío. ¡Se lo he oído tantas veces cuando deliraba! Se llama Juana, y ella sola podía hacer el milagro que necesitamos. Kermor contempló la fotografía y dejó caer sus brazos con un ademán de desaliento. ¡Imposible! ¡Está perdido! Con su simpática brusquedad, Alian llevó al marques á la habitación inmediata. -Señor de Kermor- -le dijo. -Acaso voy a meterme en io que no me importa; pero soy muy amigo de su hijo de usted, muy amigo; le veo moribundo... El marqués le estrechó la mano efusivamente. -Diga usted cuanto quiera, querido Alian. Tiene usted derecho para decirlo todo. Si mi hijo sale de ésta, me consta que le deberá á usted la vida. ílábleme usted como hablaría á su hermano. -Pues bien, Kermor; no es la fiebre palúdica lo que se llevará á Enrique al sepulcro lejos de su patria, la enfermedad no es esa, ts el amor hacia esta muchacha. Sí, la enfermedad, el remedio, la salvación, es ese retrato que tiene usted en la mano; es ella. -El remedio es imposible; el milagro con que usted sueña es imposible. -Ya, ya lo comprendo. No es una muchacha de familia aristocrática. Su aspecto de modestia lo indica. Seguramente no tiene cien millones de dote. jOh, los prejuicios de casta, esos crímenes contra la felicidad y el buen sentido! Pero ¿acaso quiere usted matar ásu hijo? El marqués aguantó la ofensa sin protestar, y contestó con dignidad. -Se equivoca usted, y no tengo inconveniente en justificarme; haré por usted lo que no haría por otro. Sí, Juana le Brean... Alian dio un salto hacia atrás, como si acabara de recibir una Sacudida en el pecho. ¿Juana Le Brenn? -repitió, mirando al marqués con intensa fajeza, con enorme estupor. -Sí, así se llama esa muchacha del retrato. ¿La conoce usted? ¿La conoce usted bien? -Demasiado, por desgracia. -Ruego á usted que no la insulte. Ahora le diré por qué- -Jamás he insultado á ninguna mujer. -Esta es bretona, ¿verdad? -Del propio país de Kermor. Su casa está eu- A C- CL. CUIO de nuestras posesiones. ¿En la punta de Por- Roch? -Veo que conoce usted bien aquellos sitios. En Roch- Kermor precisamente. -Entonces no ha desaparecido la familia de los L. e Bren, como yo creía. -Más hubiera valido. Queda esa desdichada huérfana. La irritación de Alian se tradujo en. violenta cólera, en furiosa indiguacion. -tMás hubiera valido! ¿Se atreve usted á decir que más hubiera valido? ¡Qué blasfemia! ¡qué horrible sa crilegio! Desearía usted que hubiese muerto para dejarle el camino desembarazado. ¿Le estorbaba á usted? Calmóse de pronto. como hombre acostumbrado á dominarse, y continuó: -Señor marqués de Kermor, debo recordar á usted que los Le Brenn fueron valerosos corsarios, ennoblecidos por Luis XIV, en premio de méritos de guerra. La Revolución anuló tal recompensa, pero queda el apellido, queda la historia. Los Le Brenn han sido siempre pobres; pero eso no es motivo para desear la muerte de esa muchacha. El marqués quiso contener á su interlocutor. -lío me ha enteno ido usted bien. Sobre cualquier otra cues tión hay una fundamental, grave, la del honor. ¡El honor! Pues el asunto está resuelto. No hay desigualdad. Una Le Brenn vale tanto como un Kermor. -No me refiero á eso. ¿El dinero entonces? Pues también voy á allanar la dificultad y á sorprender á usted con mis manifestaciones. Juana Le Breña no es tan pobre como usted cree. Está usíed equivocado. Vamos á ver. ¿Son cien millones los que tiene la señorita de Bressieu? ¡Pues Juana Le Breña tiene el doble! ¿Es bastante? El marqués creyó c ue Alian se había vuelto loco de repente; paro, sin inmutarse, replicó: -Bien, pues suponiendo que la señorita Le Brenn tenga semejante dote. ¡Cómo suponiendo! ¿Desprecia usted la palabra de Alian ahora? ¿Necesita usted pruebas? Pues voy á poner los puntos sobre las íes: Juana Le Brenn tiene un pariente viejo, un tío carnal, de quien es única heredera. ¿Me entiende usted bien? Juana es sobrina de un tal Francisco Alian Le Brenn, que desapareció de su pueblo y á quien hace mucho tiempo que todos dieron por muerto. Pero el muerto resucita, y ahora se llama Great Alian, y le dice á usted que Juana Le Brenn tiene doscientos millones de dote. Si lo duda usted, cablegrafíe á cualquier población de los Estados Unidos, y le contestarán en el acto: Alian tiene esa fortuna. Y basta. -No basta, no. ¿Me entenderá usted de una vez? -Ya le escucho. -No necesito decir á usted que ignoraba ese parentesco que a aba usted de revelarme, ni qiae los títulos de antigua nobleza á que usted se refiere no me han sorprendido. Los Le Brenn han sido siempre gentes honradas, lo sé. El último de ese apellido que hemos conocido era Ivés el Bravo, un salvador que murió como un héroe en un naufragio. Alian interrumpió. -Ivés era mi hermano, y desde pequeño demostró que había de ser un hombre de honor. Yo tenía el gen o vivo, y siendo aún un mmchacho abandoné mi país y á mi familia para embarcarme 5 como grumete. Rodé por el mundo, no qneiía volver pobre, 3 la fortuna no me protegió hasta que ya era viejo. Yo ya creía que habían muerto todos mis parientes. Me lo habían- dicho. -Todos, excepto Juana, la hija de Ivés. Nosotros la hemos pro tegido. Mi esposa la tenía como una niña mimada. ¡Qué va usted á decir! -Algo muy grave, pero necesario. El parentesco- que usted ¡ns indica, los honorables títulos que me recaerda, esa fortuna fabulosa y repentina... En fin, le doy á usted palabra de honor de que yo hubiera consentido en todo, hasta en una boda desigual, desde el punto de vista del dinero, con tal de salvar á Enrique. -Comprendo que es. usted sincero. Acabe usted. -Pues no puedo hacer sino repetir lo que he dicho antes: esa salvación es imposible. Le ruego á usted que no me pregunte por qué, si tiene usted confianza en mí. Alian respiraba ruidosamente, esperando recibir un terrible golpe; miraba al marqués, rígido y pálido ante él, y luego contemplaba el retrato, como preguntándole: ¿Es cierto lo que me dicen? Se pasó la mano por la frente. -Sería demasiada felicidad hacer dichosos á dos seres, acabar también mi atormentada vida... No, señor de Kermor; debe usted tener razón en cuanto asegura. Es imposible esa boda... Pero yo necesito sater por que. Será mi última desilusión. El marqués no sabía cómo atenuar el alcance de su revelación Buscando palabras con qué hacerla, tartsimudeaba. -Se quedó huérfana, expuesta á toda clase de peligros; quiso ir á París, á aquel abismo de que nadie escapa... -Ya entiendo. ¿Conoce usted hechos precisos? -Mi secretario me informó, y no puedo dudar de lo que me dijo- ¿Tanta confianza tiene usted en él? -Absoluta. ¿Y dónde está ahora Juana? -Ha vuelto á la aldea por consejo que le dieron de parte de mi esposa. JSstá en Rock- Kermor. Continuará.