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A B C rOMINGO 3 DM MAYO DE 1908. EDICIÓN 1 PAG. 14. HOMENAJE AL TENIENTE RU 1 Z Fot. A B C. LOS JEFES Y OFICIALES DE INFANTERÍA DEPOSITANDO CORO- (AS DE FLORES ANTE LA ESTATUA D E L 4 PLAZA DEL REY cuan imponente era, la presencia de todos los elementos oficiales y diplomáticos. Veíase en las tribunas reservadas del salón de sesiones, á más de los representantes de las JUEYES JO DE ABRIL. Cortes extranjeras, lo más notable de la fL REY EN LAS CORTES Al par que la aristocracia del país. i n auguración I, a impresión que: en los circunstantes solemne de la apertura de las Cámaras, so- produjo el discurso de la Corona no pudo lemnizábase ayer el L, XXXII aniversario de ser más favorable para S. M. Más que por la Carta Constitucional, fecha que en Por- ser síntesis délas aspiraciones y proyectos tugal fue considerada siempre día de gala. del Gobierno, el discurso fue oído con reliDe propósito escogió nuestro joven mo- giosa atención por la voz firme y entonada narca D. Manuel II este día para inaugurar con que el Rey hubo de pronunciarlo, por las sesiones de las primeras Cortes de su el acento de sinceridad con que dio relieve reinado. Hecho que, sobre su significativa á cada frase, por la misma expresión de su y alta importancia, reunía en sí la circuns- fisonomía, que resaltaba en la grandiosidad tancia especialísima de hacer entrar el país del acto, granjeándole desde luego las más en la normalidad constitucional, fuera de la vivas simpatías y el más profundo respeto. cual tantos y tan variados sucesos acaeCuando la sesión de apertura terminó, el cieron. Soberano retiróse á su Palacio por entre fiSalió ayer el Rey por segunda vez de su las de soldados, que en larga extensión cupalacio, donde permaneció desde el día luc- brían la carrera, en tanto los barcos surtos tuoso de su proclamación. Abandonaba las en la. espléndida desembocadura del Tajo regias estancias el sábado último para cum- hacían las salvas de rigor. plir un deber de hijo amantísimo y piadoso Entraba S. M. en Palacio sin que se hucristiano, asistiendo á las solemnes exe- biese oído nota alguna discordante, contra quias por el alma de su padre y de su her- lo propalado en días anteriores, y con ello mano en el suntuoso templo de los Jeróni- se frustró el augurio de posibles conflictos mos, que es el más rico y genuino monu- entre el pueblo y las tropas cuando aquél mento de la arquitectura portuguesa. Hoy, se empeñase en deslucir la fiesta con manipara ejercer una de las principales funcio- festaciones subversivas. nes de jefe de Estado, la de inaugurar con Ni siquiera hubo intento, por fortuna. En toda la pompa oficial los trabajos de quie- lo cual dio el pueblo una laudable prueba nes, á su lado y con él, representan á la na- de cordura, hasta el punto que, ni siquiera ción en los términos del pacto de honor que por curiosidad y empujado por la costumun gran príncipe portugués firmara en 1826. bre, concurrió á tal parada y desfile de fuerC 5 mo era natural, no faltó á este gran- zas militares, que se ofrecen á los ojos como dioso acto, que no tengo para qué decir espectáculo interesante y pintoresco. DE NUESTRO CORRESPONSAL A B C EN LISBOA No deja de venir á cuento un hecho de historia de nuestro país, que estimo digno de ser recordado. I os reyes de Portugal de esta última dinastía no acostumbran usar corona en la cabeza, porque la corona 110 les pertenece. No lo hacen ni aun en los solemnes actas de corte, aun cuando lleven sobre los hombros el manto de armiño; hacen como que se la colocan, y en seguida la dejan sobre el almohodón de terciopelo que un palatino tiene entre sus manos. Transmitióse y circula por el pueblo la leyenda de que los reyes de Portugal ue sucedieron al famoso D. Sebastián, que líianó en la batalla de Alcazarquebir, no pueden ceñir sus sienes con la corona parque D. Sebastián la perdió en tierras de África. Claro que ello no es más que una fantasía popular. ¡Inventó la tradición tantas versiones acerca del fm desventurado de aejuel Rey! No por otra causa, durante mischo tiempo, la credulidad popular se aferró á esperar que D. Sebastián, al cabo de siglos de su trágica mueite, reapareciese en la barra de I.i sboa. Lo único cierto en el punto á que nos referimos hallárnoslo en el reinado de don Juan IV, en 1640. Este Monarca, que era un verdadero monje y nunca supo llegar á ser rey de Portugal, ofreció, cuando fue proclamado, su corona á la Virgen, declarándola protectora y patrona del reino. Por esto él nunca más pudo usar corona, puesto que la había enajenado. Práctica que luego acataron y observaron us deseenQUJEN A CORONAPERTENECE LA PORTUGUESA