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ABC. D O M I N G O 3 D E MAYO D E 1908. EDICIÓN 1. PAG. 4 dar órdenes á todo un millonario que saludará respet oso á los viajeros y se nesrará á recibir propinas. propinas! ¿Quién no protesta contra ellas en Londres? Porque no es el chorreo continuo de París, donde, después de todo, se contentan con el franco ó los 50 céntimos... Aquí es obligatorio, en los sitios de lujo, dar el 20 ó el 25 por 100 dé la nota; y si se nos ocurre invitar á un par de amigos á comer en el Savoy, en el Carlton ó en el Cecil, á una cuenta modesta de cuatro libras habrá que agregar la libra que dejamos para el mozo á fin de no hacer mal papel, y cuando vemos la libra alejarse se nos olvidan los exquisitos manjares, el confort del establecimiento y la diplomática cortesía de los criados. ¡Hay que iniciar una enérgica campaña contra el tippingi- -gritan ya los ingleses al sentirse castigados en el bolsillo. Y los criados de los grandes establecimientos se han puesto temblorosos, porque saben que aquí, á pesar de ser conservadores en política, como los electores de Manchester, los ingleses resultan los más radicales del mundo cuando se trata de corregir un j abuso. Y el abuso es de tal naturaleza que, si no se remedia, vamos á volver á los buenos tiempos que hoy nos recuerda el Daily Telegraph resucitando costumbres de 1700. Entonces también la manía de la propina constituía en Londres una enfermedad, y cuando salía un cliente del hotel encontrábase en el hall, formados en dos filas, á los criados del establecimiento, que le ofrecían: uno, el sombrero; otro, el abrigo; aquél, el bastón; éste, los guantes... A cada servidor había que darle, por lo menos, una guinea, es decir, 27 ó 28 pesetas. Así resultó que una noche, al salir un getleman del hotel, y cuando después de vaciar los bolsillos dando propinas vio llegar corriendo á otro criado que le traía los guantes, se detuvo sonriendo y le dijo con la mayor sencillez: -No, gracias... guárdeselos usted... No valen una guinea! Todavía no hemos llegado á las bellas costumbres del siglo xvu; pero los servidores de los grandes hoteles y restaurants de Londres deben conocer bien sus clásicos, y tratan, sin duda, de resucitar aquellos tiempos felices de la guinea como unidad monetaria para dar propinas, mejor dicho, para recibirlas. Porque ya se conoce que ellos uo tienen que rascarse el bolsillo. clbió la consabida tarjetita en diversas oca siones. Aurelia tuvo que convencerse al fin de que los coroneles ingleses no bromean, y sé ha resignado á aceptar los 12 millones. La boda se acaba de celebrar en Budapest, y en ciertos lugares no se habla hoy más que de esta catástrofe... C. GONZÁLFZ CL 1 FFORD. Pero la lección que el cuerpo electoral inglés acaba de dar á los pueblos del Continente no debiéramos echarla en saco roto. Son los electores los que hacen los Gobiernos, y no hay presión oficial que valga, ni componeadas, ni pucherazos cuando los ciudadanos tienen conciencia de su fuerza y convicción en sus ideas. Nosotros, desgraciadamente, estamos muy lejos de Inglaterra y de sus costumbres electorales; y en cuanto á la sinceridad del voto, ¡más vale callar I Iientras la población de Alanchester se entregaba á los mas ruidosos regocijos para festejar la derrota del ministro, nosotros disfrutábamos de un espectáculo curiosísimo en pleno Picadilly. El joven Vanderbilt, el multimillonario Americano, no marcha con su tiempo; y enemigo del motor, del auto y de la motocicleta, ha decidido demostrar á las gentes con el ejemplo que ninguno de los modernos sistemas empleados para el transporte de viajeros puede compararse con los antiguos. Al efecto, va á inaugurar un nuevo servicio de diligencias entre Londres y Brigthon, y hoy ha hecho el primer viaje de ensayo. Todo Londres lo sabía y todo Londres se agolpó una hora antes de la partida en las inmediaciones de Piccadilly, pues la diligencia, conducida por las expertas manos del Sr. Vanderbilt, había anunciado la salida del hotel Berkley. El multimillonario ocupaba su asiento en el pescante, vistiendo el levitón obligatorio de los cocheros y el sombrero de seda. La diligencia es un sólido coche traído expresamente de los Estados Unidos, y los caballos pertenecen á las cuadras famosas de la familia Vanderbilt. Serio, correcto y digno, el Sr. Vanderbilt, con la fusta en la mano, esperaba flemáticamente la hora de partir. Los invitados, amigos del millonario, ocuparon los asientos respectivos; el lacayo empuñó la larga trompeta, y la multitud se apiñaba á su alrededor, mientras los fotógrafos, incansables, disparaban sin cesar sus maquinillas de mano. Las once comenzaron á sonar en el reloj del hotel, el tío de la trompeta soltó cuatro berridos y el joven Vanderbilt fustigó á los caballos, que partieron al trote largo. Aclamábale la muchedumbre curiosa con los le saludaban al pasar. El espectáculo resultaba originalísimo, pues los automóviles y motocicletas se apartaban para dejar el camino libréala diligencia, que poco á poco fue aumentando el galope al ver las calles libres de obstáculos. Lo más curioso era el entusiasmo de los cocheros de lacres y eabs descubriéndose ante el millonario, que, sin pretenderlo, va á defender sus intereses, pues la avalancha de los autos de alquiler ha sido un golpe mortal para los infelices aurigas londonenses. Y heñios esperado impacientes el resultado de este primer viaje. La diligencia de Vanderbilt ha empleado en el trayecto de Londres á Brigthon cinco horas. La distancia es aproximadamente de 80 kilómetros, y un automóvil la hubiera salvado en tres sin darse mucha prisa; pero, así y todo, la población de Brigthon ha hecho un recibimiento triunfal al millonario conductor. El Sr. Vanderbilt lo ha dieho al llegar... Está satisfechísimo del resultado, y en el mes próximo abrirá al público el nuevo servicio. El mismo se propone conducir uno de los coches, haciendo el servicio alterno, y no es aventurado afirmar que la diligencia de Vanderbilt se va á poner en moda, porque, después de todo, resultará muy agradable ¡hip! ¡hiplj ¡hurrah- de vigor, y los policemans L k OPLAS DEL DOMINGC MI BARRIO Campana de la torre de Maravillas si es que tocas á muerto, toca de prisa, De prisa toca, porque al tocar á musito ¡tocas á gjoríal MANUEL PASO Hoy las mozas de mi barrio piesumen más que otros díasiioy más alegre que nunca c- 1 campanario repica, y las bandas militares, con pasos- dobles que animan, recorren todo el distrito llenándolo de alegría; hoy la seña Melitona y la seña Guinersinda y otras que jamás se peinan se han peinao con bandolina; hoy las mozas llevan flores; los mozos, camisa limpia; hoy arde en fiestas el barrio, hoy Monteleón se anima, y la ya ruinosa puerta del parque todos visitan Toca, campanero, toca, que tu tocar regocija, aunque es á muerto, tu toque os suena á gloria en tal día, pues ya lo dijo el poeta, de amor patrio su alma henchida: Campana de la torre de Maravillas si es que tocas á muerto, toca de prisa. De prisa toca, porque al tocar á muerto ¡tocas á glorial T o todo el mundo puede dar propinas de á libra, aunque en Londres hay muchos que tienen millón y medio de renta, y para hacer el amor á una artista no se les ocurre otra cosa que ofrecerla el capital que da esta renta. Aquí tenemos al coronel Chapman, que la pasada primavera se enamoró de Aurelia Revy, una cantatriz húngara que había venido al Covent- Garden para tomar parte en el festival Wagner. Verla el veterano coronel y comenzar á hacer un inventario de toda su fortuna, fue la misma cosa. Una noche, la señorita Aurelia Revy se encontró con una tarjeta que decía: El coronel Chapman ofrece á su futura espesa Aurelia Revy un capital de 12 millones, con una renta de millón y medio. ¡Brotnitas de salón! -debió pensar la cantante. ¡Y luego dicen que los ingleses son gente seria! Pero vaya si iba en serio el señor coronel... Cuando Aurelia Revy, terminado su contrato en el Covent- Garden, se marchó á Berlín, allá se fue detrás de ella el enamorado coronel, y después, en Dresde, en Praga, en Budapest y en Viena, la cantante re- Toca, campanero, toca; repica fuerte, repica; que lleguen á todas partes los tañidos de alegría, que en todas partes se sepa que Madrid, la noble villa, Uoy celebra el Centenario de su fecha gloriosísima. Luzcan los mozos su porte. su hermosura las mocitas, lleven flores en su pecho y en su cara ¡leven risa; canten los mozos del barrio, por él, coplas alusivas, y suenen ya las guitarras, que yo voy á echar la mía: Como yo soy del barrio de Maravillas, quiero cantar alegre las seguidillas. ¡Dios íes dé gloria á los bravos chisperos de nuestra historia! ANTONIO C A S K K O LA MADREYEL NIÑO Y n nuestro numero de mañana, lunes, p u blicaremos las páginas que con el mismo título que encabeza estas líneas venimos publicando, y que ha lograáo tants aceptación por parte de nuestros lectores.