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A B C SÁBADO i DE MAYO DE 1908. EDICIÓN 1. PAG 17 LOS FUSILAMIENTOS EN LA MONCLOA, CELEBRE CUADRO DE PALMAROL 1 exóticos; nos explicaba como podía la ley decimal délas mediciones, y al llegar á los cuadros de historia profana el buen señor nos encaiecía la virtud del patriotismo y el deber en que nos vemos todos de amar á nuestra patria hasta el sacrificio. Vanos eran estos cuadros históricos, pero yo no me acuerdo más que de uno; los otros se me volaron, y hasta creo que entonces se me pasaban desapercibidos. Uno era el que me atraía, uno nada más. ¡Y qué cuadro aquél, qué escena aquélla, tan terrible... No podía mirarlo sin estremecerme. Allí se veía á los soldados extranjeros fusilando á los mártires españoles; allí estaban los soldados apuntando fijamente, con la cabeza un poco gacha y las piernas bien afirmadas sobre el suelo; allí se apretaban los prisioneros sobre los cadáveres de sus amigos: uno, cubriéndose los ojos como para llorar; otro, queriendo esconder el despavorido rostro en el hombro de su compañero; otro, mirando á lo alto, y otro- ¡éste era el más señalado y descomunal de todos! -con los brazos en cruz, las piernas despatarradas, la camisa rota, el pelo sudoroso, los ojos sasahentes, la boca abieita, como si estuviera gritando. ¡Tirad, cobardes... Después me enteré de que aquel cuadro- El fusilamiento déla Moncha- o pintó Goya. algo como una asociación indivisible. Para mi inteligencia de muchacho, aquellos hombres que iban á caer muertos á los disparos de los franceses eran la patria, eran la Historia; aquel hombre hirsuto que abría los brazos con heroica ferocidad y que apostrofaba á sus verdugos, aquel terrible y espantable hombre era para mí como la esencia de la nación; y entre aquella sangre, aquellos cadáveres y aquel cielo tenebroso, mi infantil imaginación veía levantarse una especie de triste sombra: España... No p ido ser más tremenda mi primera íle visto después el original en el Museo del Prado; pero la impresión estética de la edad adulta no j uede compararse á la otra impresión, á la trágica, á la definitiva, de la niñez. De manera que la idea de la patria y la EL CEMENTERIO DE LA MONCLOA idea del Dos de Mayo se funden en mi per- DONDE RECIBIERON SEPULTURA LOS soi a y forman una especie de alma máter, FUSILADOS POR LOS FRANCESES sensación patriótica. Por espacio de mucho tiempo evocar á España era para mí como evocar una tragedia. Concebía yo á la patria de manera muy semejante á la religión: ésta se sintetizaba en un drama, cuyo principal personaje, Jesús, moría sacrificado por los desalmados enemigos; y España era también un mártir que moría fusilado en un tremendo sacrificio. Más tarde empecé á leer la Historia de España, y ya entonces la idea de la patria se aclaró un poco, se hizo algo luminosa. En el librito que nos dieron había nombres alegres y sonoros: Pavía, San Quintín, Otumba, L, epauto; había reyes fastuosos; había conquistas gloriosas, brillantes batallas, imperios que se agregaban y mundos que se descubrían ante los españoles. Siu embargo, la impresión primera del cuadro de Goya, la trágica impresión primitiva, ha sido la que ha perdurado siempre y la que ha dado el sello á mi concepto de patria: tragedia, sacrificio, sangre y violencia. Realmente, la Historia de España no es nada más que eso: una cosa bañada por dos tintes, el uno rojo y el otro negro; un recuerdo de martirio, una pesadilla trágica. Aparte los triunfos de Carlos V, brillantes como el corazón del Renacimiento, bellos y gallardos como la tierra de Italia en que se ganaron; aparte la triunfal aventura del descubrimiento de América- -carabelas é islas frondosas, papagayos y minas de oro... -to) io demás de nuestia Historia es un sacr icio y una tragedia. Historia de martirios N Heroicos, nombres de gloriosas dei rotas: ¡miancia, Villaiar, Trafalgar, Zaragoza Cuba...