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A B C SÁBADO 2 DE MAYO DE 1908. EDICIÓN i. PAG. 5. or delante de el pasó repetidas veces Napoleón. El coi cnel había notado que aquel hombre no 1 e perdía un momento de vista. y rápido, coma era en todas sus soluciones, se paró ante el postillón y lo miró fijamente, con esa raiiada dura y dominante que fue célebre e- t Napoleón. El mozo, ni se inmutó ni bajó 311 vista; con gran serenidad, rayana en insolencia, soportó el examen. Napoleón, después de unos minutos de silencio, le piegnntó -Mu: hacho, ¿sabes quién soy? -El primer cónsul, señor. ¿Quieres venirte conmigo? -Sef oí, tanto honor me conmueve. Disponed t e mí. -Qued is á mis órdenes. Prepárate para tnaichar. Minutos después aquella pequeña tropa abandonaba la posada. Entre el grupo iba el postillón Joaquín Murat, quien ya no se separó xa momento de Napoleón. Trini ero fue su ordenanza; más tarde, edecán al medio año era nombrado coronel; general, al entrar Napoleón con sus tropas en Berlín. Llegó al Imperio, y ascendía á mariscal, su ambición y su soberbia, excesivas como dos hermanas gemelas, y casó con Carolina Bonaparte, hermana de Napoleón, y llevó el apellido de éste cuando en 1 S 14 se coronaba rey de Ñapóles. El aitiguo postillón, convertido en el gran duque de Berg, mandaba en jefe el ejército de ocupación del Centro de España y tenía su cuartel general en Madrid. El i. de layo de 1808 pasó revista á 10.000 hombies en el Prado y á lo largo de la carretera tie Chamartín. Terminada la fiesta militar, entró á oír misa en el convento de Carmelitas de la calle de Alcalá. Al salir y ínontat á caballo para dirigirse á su alojamiento, notó algo inusitado entre el populacho c ne le aguardaba. Durante el trayecto liaste la Puerta del Sol, las manitestaciones de protesta se hicieron más vivas; al llegar a esta plaza, y en las escaleras de la iglesia del Buen Suceso, un grupo numeroso empezó á silbar desaforadamente, y la silba fue ea aumento de un modo formidable hasta llegar á la casa del Concejo. Murat, soberbio, lívido de coraje, paró su caballo en la misma puerta de la Casa de Correos, y dirigiéndose a ín grupo abigarrado d e hombres y ítíujeres que estaban subidos n el reborde del pilón de la fuente les gritó converdadera rabia: ¡Me vengaré! Y, er efecto, al siguiente día, 2 de Mayo, se cometió en Madrid la más espantosa matanza por los franceses. Tal fue el hombre que el destino trajo á España para dominarla. Un postillón de una posada de los arrabales de París. Murat, el gran duque de Berg, fue destrouaday fusilado diez años después de estos sucesos, en 1818. 1 DE MAYO DE 1908 Hace un siglo y fue ayer. Sombras augustas cruzan por los angostos callejones, cuyas casas vetustas temblaron en tremendas convulsiones al ronco trepidar de los cañones, y aun vibran los chillidos estridentes de las turbas de majas que avanzaron terribles, imponentest suelto el pelo y abiertas las navajas, á cortar al tirano de la tierra las áureas bridas del corcel de guerra Todavía se advierte- -la huella que dejó janto á la fosa el reguero de sangre generosa de aquella raza varonil y fuerte, y entre quejidos débiles é inciertos allá lejos se escucha el rumor de los pasos de los muertos que recorren el campo de la lucha... Fantasmas del pasado, en todos partes surgen entre las ruinas enterradas, y en las manos crispadas levantan los gloriosos estandartes, lanzando por las órbitas vacías brillante llama de encendida. tea, que de la patria el corazón caldea con el loco entusiasmo de otros di AS. I Abrasaos en ella! Himnos guerreros vigoricen las almas españolas, porque no han de morir pueblos enteros donde todos los hombres son chisperos y todas Jas mujeres son manólas, y, cara al porvenir, hagamos votos de restañar la sangre de la herida, pongamos hierro á los lanzones rotos y á cobrar el honor, que es nuestra vida. ¡Despierta, España, y cuando arriba llegues torna á probar qué castas de varones se cobijan aún entre los pliegues de tu purpúreo manto, hecho jironesl gura hízose sentir aurante los Iatgos ajaos que duró la guerra con España, y durante los cuales presenciamos los generosos esfuerzos de un pueblo que reivindicaba con las armas en la mano la libertad y la independencia de su nacionalidad. -Guizot. c El pueblo españolvVamaba su suelo, sus Reyes y su religión, é impulsado por ese noble afecto, iba- á dar ejemplos inmortales de constancia y muchas veces de heroísmo. No, soy, no seré nunca un adulador de la multitud. Me he propuesto siempre desafiar su poder tiránico, pues! vivo en una época en que domina y perturba al mundo. Pero le hago justicia: Si no ve, si? m. e; y cuando llega la ocasión de cerrar los ojos y de obedecer á los impulsos del corazón, se convierte en un torrente que conviene seguir. El pueblo español estuvo quizá ítnejor ¡inspirado que las altas clases; obr 5 noblemente al rechazar beneficios que procedía de una mano extranjera, y, aunque ciego, tuvo más discernimiento que los hombres ins- traídos al creer que era posible oponerse al conquistador á quien no habían logrado vencer ni los más poderosos ejércitos ni los más afamados generales. -Hiten. HISTORIA D E L SI Napoleón fue JJ 1 ST 0 F 1 A DELÜGONSULADO T DEL IMPERIO, TOMO IX, LIBRO XXXI SINESIO DELGADO LOS HISTORIADORES FRANCESES T r e s son los principales historiadores rran ceses que se han ocupadoide la guerra de nuestra independencia, y los tres han criticado acerbamente la conducta de Napoleón y han ensalzado la indomable energía de los héroes de nuestra gloriosa epopeya nacional: Guizot, Thiérs y Michelet reconocen que el primer pueblo que opuso una tenaz resistencia á Napoleón fue el pueblo español, y que la primera gran derrota- sufrida por las tropas napoleónicas, hasta entonces siempre victoriosas, fue la de Bailen. Además, para esos tres historiadores, los más ¿lustres que Francia ha (tenido n el transcurso del siglo xix, es indudable que durante los cinco años que duró la guerra España aniquiló una parte considerable de las fuerzas- que en hombres y en dinero poseía el invasor, y que á la heroica actitud de nuestro pueblo se deben indirectamente las derrotas sufridas desde 1813 por Napoleón en el Norte de Europa. Sirvan de homenaje á la memoria de nuestros heroicos antepasados los siguientes párrafos, que entresacamos de las obras de esos tres ciudadanos de la nación invasora, que han sabido ser imparciales al apreciar aquellos acontecimientos. HISTORIA DE FRANCIA. Sin previo CAPITULO XI hasta bajo el fuego de los cañones iranceses, ios españoles se sub! evaron espontáneamente contra una- usurpación arrogante, precedida por una cobarde perfidia. En ese arranque de patriótica cólera (iban unidos el ardor, la pasión y el valor, que á la larga debían dar á España la victoria. Con amargo dolor debemos reconocer que nuestra causa era injusta. Y esa amar- CAPÍTULOS 111 Y IV su l i b e r a c i ó n con la matanza de Madrid. Ha dicho y ha repetido amenudo en sus cartas que para f undar una dominación nueva no existe nada mejor que un motín enérgicamente reprimido. L. a jornada del 13 vendimiario, la revolución del Cavio, le habían confirmado en esa opinión. Iva salida de Madrid de los príncipes de la casa Real fue la señal del levantamiento, tero, aun sin esta causa, el pueblo se hubiese sublevado. I, a inaudita perfidia de Napoleón le había sorprendido e irritado, y además era natural que el pueblo de Madrid considerara como el último de, los in- sultos que le hubiesen dado como jefe á un saltimbanqui. Y eso parecía Murat con sus trajes fantásticos, sus uniformes color de rosa y verdes y 1 as ricas pieles que ostentaba en pleno verano. Napoleón ha escrito en Santa Elena que su deseo era regenerar á España. Pero sus actos y sus cartas de 180 S demuestran rlo contrario. José, aunque no poseía cualidades brillantes, no disgustó á los españoles. Sus ministros eran, por (lo general, personas de mérito. Pero la Constitución elaborada en Bayona era, como lo demuestra Toreno, un juego y una derrisión. Se ve muy bieff, por las cartas que Napoleón escribía á Su ministro de la Marina y á sus generales, que sólo quería abusar de España, hacer de ella un instrumento de guerra. Conocía n mal el estado del país, que nombró virrey de Méjico á un general que yá estaba al frente de un Ejército insurrecto. No había pasado de Bayona, y no podía darse cuenta de la topografía del país que quería conquistar. Conocía las distancias é ignoraba la aspereza de los caminosVMientras miraba hacia Madrid, Zaragoza y Burgos, donde alcanzamos uaa victoria que nos abrióJas puertas de Madrid, sos jéteítos recibían en los confines de Andalucía el olpe decisivo (se puede decir mottsfa quedes- pertó á Europa de Su letargo y qti íüé la primera etapa- del deshielo. -Mié GLO xix. LIBRO 1 V, 1 ULea, ái -á de 1 pana l señal ff la EL TENIENTE RU 1 Z jM ació en Ceuta el 16 de Agosto de 1779, J siendo sus padres D. Antonio Ruiz y ñoña Josefa Mendoza. Fue bautizado en la parroquia de los Remedios. Entró á servir en clase de cadete en el regimiento ¡Fijo de aquella plaza en 17 de Agosto de 1795. Ascendió á segundo subteniente del mismo regimiecto en 13 de Julio de 1800. Pasó ásubtenien te del de Voluntarios del Estado en 21 de Enero de 1801, á los seis meses de prácticas. Ascendió á primer teniente el 12 de Mayo de 1807. Fueron recompensados sus servicios en! a defensa del parque con el empleo e teniente coronel üe Ejército, destinándosele como teniente al 4. batallón de Reales Guaidias Walonas. Su muerte ocurrió en Trujillo, á consecuencia de las neridas recibidas en el parque O 15 de Marzo de 1 S 09.