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FOLLETÍN DEABC LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTJNUACIOK XV GREAT ALLAN Enrique navegaba en el Cap. Hamburg con su amigo Laneuviile y Mr. Alian, el poderoso rey de los rieles que observaba al conde Kermor y lograba el satisfactorio convencimiento de que era el hombre que se necesitaba para la arriesgada empresa que iban á acometer. Enrique la había estudiado á fondo teóricamente antes de embarcarse, y prácticamente cuando su primera expedición al Oabanghi. Explicó al americano sus proyectos de colonización, clara y metódicamente; costaría mucho, pero los resultados estarían en relación con el riesgo: había que reconocer la región y pacificarla para tender luego una línea férrea francesa y dejar de per tribu aria de la línea belga. -Todo se hará- -dijo Alian con sencillez. Semejante declaración equivalía á un compromiso, pues Alian rímica procedía de ligero. Pero quería ver, antes de decidir en definitiva, y por eso realizaba el viaje al Oubangbi, como si sólo se tratara de un viaje á Liverpool ó á Amberes. Great Alian, el gran Allan era un hombre de regular estatura. fuerte y musculoso, de cabello blanco, rostro afeitado, ojos azules, rostro que denotaba la bondad al mismo tiempo que la Energía. Aparentaba cincuenta años y tenía en realidad sesenta y cinco. Se mandaba hacer los trajes por docenas, siempre del mismo corte, de la misma forma y de la misma tela, en invierno como en verano. Su traje era legendario. Se jactaba de ser el hombre más ignorante del mundo; pero leía periódicos extranjeros y contestaba á toda clase de preguntes en toda clase de idiomas. Cuando e discutía un asunto, él oía y callaba hasta el momento preciso, y su apreciación era siempre definitiva. Era pródigo de dinero y avaro de palabras. Había enriquecido á todos sus accionistas, y se ignoraba la cuantía de su fortuna personal. Nunca se daba el caso de que la Sociedad que presidía le hiciera la más mínima observación. El lo era todo en el negocio; lo mismo que Bressieu, pero todo lo contrario. Alian parecía interesarse mucho por Kermor; le gustaba descifrar enigmas, y Enrique lo era para él, pues había notado que cuando hablaba de sus grandes proyectos lo hacía con calor y entusiasmo extraordinario; pero á poco se sumía en tristes meditaciones. El americano sabía vagamente que el conde de Kermor iba á casarse con una parisiense excepcionalniente rica. ¿Estaba tan enamorado de ella que la ausencia le hiciera sufrir? No. El malestar que manifestaba cuando se hacía conversación acerca de su futura daba á entender bien á las claras que no la quería mucho. ¿Tal vez la nostalgia del país natal y de la familia... Tampoco; el entusiasmo de Enrique sólo se despertaba hablando de la región africana del Oubanghi. Procediendo por observación y deducción, Alian llegaba á estas conclusiones: El conde no es hombre de dinero; su padre es un manirroto; Enrique se casa sin amor con una dote de cien millones, y retrasa el cumplimiento de su palabra realizando este largo viaje. Trata de redorar sus blasones por cualquier medio; su preocupación debe proceder de apuros económicos. Tuvo la curiosidad de tantear el terreno. ¿Y usted? -preguntó á Lanenville, ¿cuánao se casa? ¿Lo desea usted? -Deseo que sea usted feliz y que encuentre una futura cou i millones de dote para batir el record de nuestro simpático Kermor. Este se sonrió, dando á entender lo indiferente que le era la cuestión de dote. -No se las dé usted de desinteresado- -le dijo Alian. -Apostemos (del otro lado del charco todo lo convertimos en apuestas) ¿quiere usted? Bien. Eso nos servirá de distracción. Pero al establecer la apuesta tenga usted en cuenta que no soy rico. Convenido. Yo apuesto á que si le descuento á usted su parte en el negocio colonial por cien millones contantes y sonantes no se casará usted con la señorita délos cien millones. L enville pretenderá la vacante. Por la mirada de Enrique pasó un relámpago fugitivo. Pagar todas las deudas; reconstituir el capital de sus padres; librarse todos de la vergüenza de Bressieu... Pero ¿y la petición de mano de Sidonia, el amor firme de ésta... No; podría aplazar el cumplimiento del compromiso, pero no eludirlo. La proposición de Alian no le salvaba; sólo podía salvarle la muerte, y él esperaba encontrarla en África. -Se equivoca usted- -contestó con una seriedad que puso fin á la conversación. -Aunque me diera usted cien millones no dejaría de casarme con la señorita Sidonia de Bressieu. -He perdido la apuesta. ¡Pobre Lanenville, voy á hartarle á usted de Champagne para que se consuele, porque yo creía que al renunciar nuestro amigo á la mano de su prometida, usted la podría lograr. ¡Vamos, señor preocupado; venga usted á beber con nosotros. Pasaba todo esto al comenzar la travesía. El buque se encontraba en aquel momento frente á las costas de Finisterre. ¡Hurra! ¡Por Bretaña, amigos míos! ¡Armor y Kermor for everi- ¡Por los Estados Unidos! -respondió cortésmente Enrique alzando su copa. -No- -protestó el rey de los rieles; -por Bretaña, por Bretaña sólo; por nuestra amada patria, la mejor de todas, ¡Cómo! -exclamaron los dos jóvenes sorprendidos. ¿Es us ted bretón, gran Alian? -No hay que preguntarlo siquiera. Desde esas rocas que tenemos enfrente tendí el vuelo hace cincuenta años- Conozco muy bien su país de usted, y su castillo, señor conde de Kermor. ¿Y no ha vuelto usted nunca á la tierra natal? ¡Parece mentira, porque los bretones tienen mucho apego á su terruño! -Demasiado apego. Por eso no he vuelto nunca. Cuando yuel va será para no salir más, para pasar en ese hermoso rincón de Francia los últimos días de mi vida, para morir allí tranquilo é ignorado de todos. -Que sea lo más tarde posible. A propósito, si le gusta á usted nuestro castillo puede usted comprarlo; pertenece al barón de Bressieu, y decir esto es lo mismo que decir que se vende- -No, gracias. Mejor compraré la cabana en que nací; pero no debe existir ya. Caía la noche; las luces de la costa comenzaban á brillar á l s lejos; el oleaje hacía cabecear al buque como si saludase á la pequeña patria céltica. Kermor lloraba. ¡Querida Bretaña! ¡Mache querida! ¡Juana ¡Q u í jlices podíamos haber sido... XVJ 1 EL CABLEGRAMA Great Alian no había vuelto á dirigir al conde pregunta alguna acerca de las intimidades de su vida; pero con lo que había adivinado le bastaba, y consideraba á Enrique como á un hijo. Las escalas eran muy cortas. Cuando llegaron á Las Palmas, Enrique se encontraba tan seriamente enfermo, que el médico de á bordo le aconsejó que se quedara allí para pasar una temporada y reponerse; pero el joven contestó que nunca se había encontrado tan bien, y que no le daban cuidado alguno las fiebres palúdicas. El doctor, cumplido su deber, no creyó correcto insistir. Por fin, llegaron. Los pasajeros para Loango atravesaron la barra en débiles embarcaciones, y el Cap- Hamburg continuó su via? je á todo vapor. Aquella región, totalmente sublevada el año antes, estaba tranquila; se podía ir sin dificultad hasta Brazzaville y aun hasta Banghi; pero éstos eran los primeros puntos del terreno de la explotación, y para acometer le era preciso internarse en la selva. ¿Estaría Enrique en condiciones de soportar por segunda vez las penalidades del largo vñ r. 1 s de lo mníbalc? délas fiebres y de la muerte? En París continuaba el statu qao, salyo para Bressieu, que no mejoraba, y para Luisa Rieux, que había desaparecido; su infame seductor podía dormir tranquilo; no la habían vuelto á ver en el palacio de los Kermor. Bressieu, atacado de hemiplejía, como los médicos habían pronosticado, tenía paralítieo todo el lado derecho. Se confiaba en que este lamentable estado fuera desapareciendo poco á poco. Se había comenzado á notar alguna mejoría; el enfermo recobraba, aunque muy poco á poco, la memoria y la palabra; pensaba, y hablaba, aunque tropezando, como andaba, sostenido de un lado por su hija, y apoyándose por el otro en una muleta. Estaba encorvado, enflaquecido. Se le creería sin remedio; pero los médicos habían dicho que llegaría á restablecerse del todo. -Sí, hija... ya te oigo... no debo fatigarme... fatigarme... -Siéntate aquí, papá. Hoy estás mucho mejor. -Mucho mejor... hoy... ¿Y los negocios? -Siguen su marcha. No te preocupes con ello. -Pero... pero... las minas... las... -Vendidas todas. -Bien, bien... ¡Ah! Ya te lo dije... la Goldeii... Delrue... picaroTM Bressieu tuvo como una ráfaga de razón y de memoria. Continuara,