Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC. S Á B A D O 25 D E ABRIL D E 1908. EDICIÓN i. P A ü 4. ¡Este maldito estómago! Me hace sufrir más... Si no tomo esa medicina no puedo resistir los dolores... La desgraciada mujer tenía el pelo blanco al cabo de quince días, y cuando al mes el marido murió, ella corrió desesperada, loca, á arrojarse al Sena. Una carta escrita al procurador de la República dio á la publicidad este drama horrible, espantoso; esta tragedia, cuyo simple relato nos hace estremecer... ¡Matar! ¿Para qué? Es mucho más sencillo morir... JOSÉ JUAN CADENAS. París, Abril. sa 5! y un día se rinde á la tentación, no por amor, sino por curiosidad ó por aburrimiento, como esa señora que dice desolada á sus amigas: ¿Pero qué voy á hacer yo de cinco á siete? Por eso la tentativa moralizadora del autor de Simona es digna de aplauso, á pesar de las censuras de una parte del público, y des Brieux, colocando en escena la situación del marido asesino en presencia de la hija inocente, ha hecho más en favor de la moral que todas las predicaciones que conocemos. ¿Quién sabe si alguna candida esposa, que estuviera en vísperas de caer, no habrá retrocedido, horrorizada después de ver la representación de Simona? Porque esta elegante sociedad femenina lloraba el día de la premiere, como lloran las pobres midinettes cuando van á presenciar los dramas de Becoucelle en el Ambigú. No; el brutal consejo de Dumas no asustará nunca á la mujer, porque la mujer hace fácilmente el sacrificio de la propia vida; pero, en cambio, retrocede asustada ante el daño irreparable que su conducta va á causar. Si la mujer tuviera el convencimiento de que su falta hace desventurado á un hombre y le ocasiona la muerte, seguramente sacaría fuerzas de flaqueza para huir de ia tentación, pues á la mujer, más que el peligro, la asusta el remordimiento. El divorcio, que parecía una panacea destinada á combatir el adulterio, ha resultado todo lo contrario, como lo demuestran las estadísticas, y lo que antes era un mal ahora es una epidemia. Y es que hoy la parisina está confiada en que el castigo de su falta se reducirá á la separación amistosa, y nada más, porque los maridos que matan, como en la comedia del Teatro Francés, van siendo cada vez más raros, afortunadamente, aunque todos elíos se tomaran la venganza por su propia mano, tampoco conseguirían que disminuyera el número de esposas culpables. ¡Me he hecho justicia! -exclama satisfecho el marido traicionado, -sin considerar que aquella satisfacción del momento puede hacer desgraciados á los suyos, y que un día, al correr de los años, Simona, a hija del asesino, le ha de pedir estrechas cuentas por haber destruido su felicidad, y se ha ic í- partar horrorizada del hombre que ante ella se presenta con las manos manchadas de sangre, aunque este hombre sea su padre y haya tenido razón para vengar la afrenta y el deshonor. Hay venganzas más crueies... Hace poco tiempo, un marido sorprendió que su hogar estaba deshonrado en el sentido que la sociedad da á esta palabra, y el día mismo que comprobó su desgracia entró en su casa llevando en la mano un pequeño frasquito. -Querida mía- -dijo á su esposa con el aire más tranquilo del mundo. -Esto que aqaí traigo es un veneno. He decidido que me vayas matando lentamente... Todos los días, después de comer, pondrás una cucharada de estos polvos en la taza de café que yo tomo... Al cabo de un mes moriré... La desventurada protestó, quiso huir, pidió perdón, mostróse arrepentida, ¡oh, sí! sinceramente arrepentida. Pero el marido permaneció inflexible... -Si no lo haces así- -continuó el marido- -estoy resuelto á matarte á tí, á tu amante, a nuestro cuatro hijos y á suicidarme yo luego... Y como era hombre de palabra y capaz de hacer io que decía, la pobre mujer tuvo que someterse... Todos los días, ¡durante un mes! al terminar de comer en presencia de la familia, y á veces de algún invitado, la esposa oía decir á su marido con voz dulce y cariñosa: -Querida mía... No te olvides de poner la cucharada de medicina en mi café... Y mego, dirigiéndose á los amigos: DEL SÁBADO. MISCELÁNEA VcaaoS ao sensación en sensación. Próximo debe estar del mundo el fin, que ya escriben los presos en latín... que hiciera estremecer á Cicerón. Cavilaron tal vez, en la prisión, que es su argot carcelario asaz ruin para llegar de Roma hasta ei confín y merecer del Papa intercesión. Su deseo de gracia es natural; que al Santo Padre acudan, á mi ver, (hay que compadecerlos) no está mal, pero el ansiado indulto pretender escondiendo el idioma nacional, es intentar hablar y enmudecer. Nueva York. Pánico crisis aumenta número locos. Las finanzas finiquitan cerebros y bolsas oro. Precisan recursos Cámara para nuevos manicomios. Así nos dice el telégrafo y tal se lee con asombro; que, cuando pierde la güila, es cuando más baila el trompo. ¿Que perdieron? Pues es claro. Nc preverlo fné de tontos. ¡Quién reina con tantos reyes cuando allí son reyes toilosl Más locos están por fuerza quienes los extrañan locos; ¿no ha de ser enajenado quien enajenó sus fondos? En su lugar, otros tales, con saber de esgrima un poco, se echan á andar por el mundo, y... huelgan los manicomios. RODOLFO GIL. -1 OPRESIONES PARLAMENTARIAS i L LA VICIOSA El marqués de VillaY viciosa es un joven alto, vigeroso. Tiene una fuerza hercúlea. Ama los deportes. Es uno de los primeros tiradores de Europa. Ha subido á las más altas montañas. En su casa, tiene el recibimiento lleno de osos, vulpejas y águilas disecadas. En su gabinete de estudio, se ven revueltos libros de política, de atletismo, de filosofía y de agricultura. En su ropero, las escopetas, los cartuchos y los reclamos, andan entre corbatas, americanas y camisas. El marqués es un hombre un poco fantástico; detesta la lógica; ama lo pintoresco y lo imprevisto. Un deportista, generalmente, es un hombre que no piensa en nada. La escopeta y el alpinismo para el marqués son un descanso de sus estudios. Muy temprano, el marqués salió con su carrera de la Universidad; 1 creía entonces que con un título se sabía todo. Bien pronto vio el marqués- -un poco estupefacto- -que no sabía nada. Entonces el marqués comenzó á estudiar, Lo leía todo: filosofía, ética, religión, poesía, novelas, sociología. Poco á poco el marqués iba dándose cuenta del espectáculo del mundo. Comenzó á tener ideas generales sobre la política y sobre el arte. Puesto que él había entrado en la Universidad para saber y había salido de ella sin saber nada, el marqués, intensamente irritado, desengañado, convergió su espíritu hacia el problema de la instrucción. Esto que le había pasado á él, ¿no le- pasaría también á muchos? Y ¿no era escandaloso, irritante, que esto pasara? El marqués se dedicó con más ahinco a estudiar los asuntos de la enseñanza. Escribió algunos artículos sinceros, valientes Escribió también un opúsculo vibrante. Las relaciones de familia le llevaron al Parlamento. ¿Sobre qué hablaría el marqués? No había duda ninguna. El marqués habló sobre su tema favorito. Todo el mundo recuerda el éxito ruidoso de su discurso. La enseñanza es mala en España: la base de esta maldad da la enseñanza son los libros de texto. Había que atacar el mal por su base. El marqués dio comienzo á su campaña contra los libros de texto. Desde aquella fecha memorable, el marqués no ha desmayado. Jín la Cámara popular es reconocido su ardimiento en la prosecución de esta campaña. Ayer tarde el marqués pronunció un nuevo discurso sobre ei asunto. El asunto ha venido á revestirse de an nuevo, de un poderoso, de un sorprendente interés, en estos últimos meses. Este interés se lo presta- -no lo habría pensado el lector- -la ley de Administración local. En efecto; en España todos los que se lucran, redondean y enriquecen con los libros de texto son los que administran la enseñanza. Los que administran la enseñanza son profesores de Universidad, profesores de Instituto, maestros de normales, pedagogos oficiales dómines é instructores de todo género. Las universidades, los Institutos, los colegios oficiales y demás centros docentes viven al amparo del Estado. El Estado mantiene la enseñanza. Y como á la vez que profesores todos estos administradores de la enseñanza son senadores, diputados, publicistas, inspiradores de ministros, etc. ete. resulta que el Estado, sobre el que ellos influyen, no cambia ni altera el régimen pedagógico, y todos los susodichos señores van viviendo y gozando de sus corruptelas y de la venta exorbitante, escandalosa, de sus libros de texto. Esta es la idea madre de toda la campaña del marqués de Villaviciosa. De la misma manera que los conocedores de un filósofo pueden extractar en una cuartilla su doctrina, nosotros dejamos sintetizado en cuatro líneas la política pedagógica del marqués. Es decir- -sintetizando la síntesis- -que los profesores ejercen la explotacien de la juventud, y que los Gobiernos no pueden impedir esta explotación porque, á su vez, los profesores son senadores, diputados y aun ministros interesados en que la explotación continúe. Ahora bien: el actual presidente del Consejo ha presentado al Parlamento una ley- -la de Administración local- -en que se establece la libertad para la creación de centros docentes. Con esta libertad, ¿qué sucederá el día de mañana? Inmediatamente vendrá la ruina de las actuales Universidades é Institutos. La juventud desertará de estas aulas odiosas; los profesores verán terminado su filón de los libros de texto. Todas las corruptelas, abusos y desenfrenos actuales desaparecerán. Ante tal perspectiva, ¿no es natural, no es lógico, no es inevitable, que se forme una conjuración sorda, silenciosa, encubierta, pero formidable, contra el proyecto de- Administración local? Los que ayer en la Cámara popular se reían de este maridaje que el marqués hacía de los libros de texto y el pro-