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ABC. VIERNES 24 DE ABRIL DE 1908. EDiCION 1. PAO. SAN SEBASTIAN. CONCURSO DE AUTOMÓVILES EL VENCEDOR EN LA GYMKAN 4 DEL VASO DE AGUA Fot. Frederic. POESÍA DE LA SIERRA Quizás, cuando lleguéis al final del libro. recordéis La carreta, La música de los títeres ó Fuego en los pinos; tal vez os haya í m p r e sio ado más Caracol que La Leonor; pero de I e s el título del libro que acaba de pu- cierto no olvidaréis aquella tierna y triste blicar- Fernández Shaw. Balada de los viejos. 3 s tan linda! Oid su eco: Inspirado en el ambiente, en el paisaje, Segador! en las cumbres de Guadarrama, sin los ar ¡Llévate allá tu guadaña! ¡Por el amor del Seño tificios que la urbe impone, y explayada La tengo en tan grande horror ante sus ojos la Naturaleza, misteriosa y como ej sembrado al granizo, atractiva en los pinares, bravia camino de como el monte á la alimaña Siete Picos- no es mera colección de estroy como al aire invernizo fas que suenan bien y en su vacuidad nada la gente de la montaña. dicen. El poeta, en refinada intuspección Escúchame, por favor. ¡Llévate allá tu guadaña, contemplativa, ha enfocado desde aquella segador! linda casita que parece sonreír sobre la oquedad negruzca del túnel, donde bascó Mas no; no escuches mi r ego, doliente su refugio, el alma de las cosas que ni con sorpresa me mires. lo rodeaban, y mientras su pluma, trocada No tan luego á veces en pincel, trazaba cuadros y descricon los tuyos te retires. bía escenas y tipos netamente serranos, su No te alejes tan de pronto nn me deies espíritu se renovaba y en sus versos iban sin compí cristalizando la luz, los aromas, la armonía ¡Por el amor del Señor! y los encantos de aquel paraje. ¡Espera con tu guadaña, Por esto, sus versos tienen la dulce sensegador! cillez de aquella pintoresca soledad, la fluiTiemblo como no temblé dez de sus manantiales, la tierna melancosufro como no sufrí, lía de sus crepúsculos, la firmeza de sus roni cubando más recelé, cas, la transparencia de sus arroyos. Tributo ni cuando más padecí. y evocación de esa Sierra salutífera que doVe po qué. mina las Castillas, y á. la que, sin conocerla Siegas tú la mies graneas tan dorada, á fo fldo, temen los castellanos, á todos sus bien regada versos asoma su alma, agradecida y enamopor lluvias apetecidas, rada, y sobre ellos flota el hálito supremo y aquí las hierbas lucidas de la poesía. La muerte, que es más osada, Su Invocación convida al lector á intersiega vidas. narse por las páginas más íntimas y sugesPostráronme desengaños; tivas del libro. El nos da la visión de las al fin me acaban los años y al fin me acecha la muerte, cumbres; nos hace sentir añoranzas en la que es más fuerte noche de las hogueras; sorprende los secreque tu brazo, segador. tos- de la tormenta en las alturas del puerto; ¡Ta viene por la montaña, transfiere unas veces sabor de bucólica; por donde el aire traidor i otras veces resucita la voz de la musa hei ¡Defiéndeme, por favor! niana; otras... El mejor juicio, la más exac ¡Siégala con tu guadaña, a impresión, la dará su lectura. segador I. -Í A TRAVÉS DE LA FRONTERA C l INGENIO Y No suelen ser compa- LA POLICÍA g s e I ingenio y la Policía, sobre todo en España. En Francia sí lo son muchas veces, y lo prueba el caso que refieren los periódicos de París que tenemos sobre la mesa. Conviene advertir que el medio de quese ha valido el policía en cuestión para descubrir á un criminal disfrazado de mujer tiene precedentes. Es fama que en la Gran Cartuja se reconocía á las mujeres que disfrazadas de hombre intentaban visitar aquel monasterio, en el que el sexo débil tienp prohibida la entrada, sentándolas en tierra y echándolas un objeto cualquiera desde distancia á las rodillas. Los hombres, en este caso, por impulso natural, juntan las piernas, para que el objeto arrojado no caiga al suelo. L, as mujeres las abren, porque con la falda se forma mayor espacio para recoger el objeto que se arroja. De este modo se delataban á sí propias las intrusas. Algo por el estilo ha hecho un policía para descubrir á un hombre disfrazado de mujer. Se trata de un pájaro de cuenta reclamado por la justicia. Sabía el buen agente que el criminal estaba encerrado en una casa. Penetró en ella con mandamiento judicial. No encontró más que siete mujeres, y á todas las condujo á la Comisaría. En el trayecto se cruzaron con un entierro de gran aparato. Las detenidas y la Policía hicieron alto para presenciar el desfile. En todas partes, al desfilar la carroza mortuoria, se descubren los hombres. En Francia esa piadosa costumbre se practica con más rigor. Al pasar el carro fúnebre ante las detenidas una de ellas se llevó, en movimiento aa-