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B C. VIERNES 24 DE ABRlb DE 1908. EDICIÓN 1. PAG- 4. á los viejos partidos monárquicos de gra- ves yerros y de crímenes graves, harto cía- j ro dan á entender que su jefe los alienta y i está en espíritu con ellos. Por tales razones se infiere que el actual momento de la política portuguesa es un verdadero signo de interrogación, porque así se nota en el ambiente, porque no es otra l característica predominante en todas las opiniones que se hacen públicas, cualquiera que fuese su medio de exteriorización. ¿Qué aeontecerá en este período? 1 O MAS PROBABLE ¿Nos aguarda una erade restauración monárquica, ó una revolución? Difícil es la respuesta. Si para la primera falta la confianza, la tranquilidad del país, no se ofrece á la segunda la oportunidad histórica, el momento fatal y decisivo, que aun no parece haber sonado para Portugal. Los más perspicaces no percibirán en esta calígine política un rayo de luz para entrever y predecir la nueva era Si el nuevo rey despierta frescas y vivas esperanzas, aquista voluntades, afianza simpatías en los viejos servidores del régimen, esta fuerza poderosa tropieza con el estado caótico y enmarañado de los vicios de origen que desacreditaron álos partidos rotativos. De esta suerte, los que confían en la bondad ingénita del soberano, en sus altos y nobles impulsos, recelan de los que han de interpretar y ejecutar, á su capricho, los sentimientos generosos que hay que suponer en el alma del Monarca, apasionada, sincera y templada al calor de sus diez y ocho años, Aunque el espíritu de rebelión hubiese fermentado lo bastante para encarnar sólidamente en un movimiento popular impetuoso, ¿cómo fiar en los efectos sociales de esta lucha, precisamente en un momento de infortunio, con el escepticismo y apatía q le hoy por hoy se enseñorea de todo el pueblo lusitano? No está preparada para tales acontecimientos la nación. Si el Rey tiene que reinar, déjesele, ai menos, ejercer su acción directa, para coajusticia medir y apreciar sus intenciones, que nadie tiene derecho á poner en entredicho antes de conocerlas. AFPONSO GAYO si no es una. parada, no para el coche. Bl conductor, que al vernos, veloz resbala, se trae para estos casos O bien nos hace un gesto desconsolado, eomo si nos dijera: Q bien hace una mueca con el semblante, cual si decir quisiese Y unas veces por sobra y otras rjor falto, no toma usté el tranvía si no es de salto. más adelante... Fa kemospasado. su martingala. Yo, que di, hace muy poco, quejas airadas porque hacía el cangrejo muchas paradas. 5 To que hace quince días grité tan fiero contra los mil abusos del viajero, que hacía, con sus latas, que en muchos casos se parase el tranvía cada dos pasos, hoy, porque no se para, protesto fuerte... ¡Nunca estamos conformes coa nuestra suerte... LAS REJNAS DE LOS MERCADOS Diez reinas, como diez oros, vinieron, y, entre otros mimos corteses, presto las dimos tina corrida de toros. Por cierto que en la corrida de salutación cordial tomó parte Bienvenida (como era muy natural. Ayer le dije á una reina del mercado parisién: ¡Vaya usté con Dios, mi vida, mí lacero, mi. carime... LMIS- DB TAPIA. IMPRESIONES PARLAMENTARIAS OMANONES Y M URA SI señor con QPLAS DEL VIERNES. R- -de de Romanones entra en el saló a y se sienta en su escaño. se NOTAS MADRILEÑAS frota Ya sentado el conde de Romanones se las manos nerviosamente; luego LOS TRANVÍAS Esto de las paradas discrecionales produce á mi familia molestias tales, que mi esposa, mis hijos y mis criadas tan sólo dicen pestes cuesta muchos sudores á las señoras. Los postes con letrero claro y saliente nunca están en el sitio que es conveniente. Dar con los tales postes es un trabajo; siempre están más arriba Sale usté de una tienda, áe una visita ó de un teatro, y quiere irse á casita. Pues no vale hacer señaá á troche y moche; ó más abajo... de esas paradas. El buscar las tablillas indicadoras echa mano al cuello de la camisa; después mira á los lados; un instante más tarde sonríe á un correligionario; por fin, saca unos papeles y se pone á arreglarlos. Él conde de Romanones está un poco impaciente; se dispone á explanar una interpelación; va a realizar una obra formidable, demoledora. Cuando se pone en pie el conde de Romanones, algunos diputados sonríen ligeramente; I sonrisa desaparece oien pronto. El orador acaba dé decir que va á ser lo más breve posible Y ¿se sabe lo que significa el que un orador anuncie que va á ser breve? Nos disponemos á oir un extenso discurso; son las cuatro menos cinco minutos. El conde de Romanones ha ido subiendo el tono de su voz; ya va poniéhdose- tanabién un poco colorado, encendido. Lo que el orador se dispone á tratar en este discurso es la magna cuestión de los presupuestos. El conde está algo intrigado, escandalizado. ¿Qué van á ser estos presupuestos que el Gobierno va á presentar? ¿Por qué no ha cer una crítica detenida, reflexiva, concienzuda de ellos? Aquí comienza la paradoja. El conde principia á hacer un examen implacable, terri- ble, de unos presupuestos qwe el Gobierno no ha presentado aún. Para hacer este examen, el conde se exalta, se enfurece, grita, gesticula, lanza hórridas imprecaciones, levanta los brazos al cielo y los agita violentamente. Todos miramos un tanto absortos y perplejos al conde. El conde está furioso; á gritos desgarradores, lleno de profunda emoción, nos cuenta lo que dijo Villaverde en el año 1895, lo que hizo Cánovas en tiempos de antaño, lo que opinaba Silvela, lo, que López Domínguez y Moret en 1904 y 1905 dejaron asentado en el Parlamento. Las opiniones, dichos, hechos, andanzas y gestas de tales y cuales políticos se suceden rápidamente en labios del conde; asistimos á un rápido desfile, á un cruzamiento y entrecruzamiento de Silvela con Moret, ae López Domínguez con Pmgcerver, de Cánovas con Villaverde. El conde, rojo, á gritos, lee textos, agita los papeles en el aire, lanza cifras y más cifras. A veces estas cifras están equivocadas; entonces el conde se detiene en sus vociferaciones, medita un momento y luego rectifica seguidamente. Comienza el auditorio á mirar al conde de cierto modo y á sonreír; algunos trastueques y equivocaciones más, Hacen que las sonrisas se cambien en carcajadas. El conde mira un poco indeciso al auditorio. El auditorio no cesa de reir. Él conde ríe también. Y luego, con una transición brusca, inexplicable, prosigue vociferando indignado, iracundo. ¿Qué van- á ser estos presu. puestos que el Gobierno va á presentar? ¿Es que él, Romanones, no tiene derecho á hacer de ellos una crítica detenida? Nadie n la Cámara niega al conde el derecho de hacer una crítica detenida de unos presupuestos que no son todavía conocidos. El conde, á gritos, gesticulando furiosamente, continúa haciendo su crítica. Mientras la hace, el Sr. Maura, recostado en el banco azul, tiene la cabeza un poco ladeada. No duerme el jefe del Gpbierncs no están cerrados sus ojos. Y sin embargo, se diría qae no oye ninguno de estos gritos furiosos, qnte está á cien leguas de está gesticulación TÍOlenta y que la cólera del conde de Romanones es para él como un ruido monótono cha lluvia. El conde termina y el presidente se pone en pie. Se hace en la Cámara un profundo silencio. El Sft Maura está erguido, silencioso. A la corbata negra de lujo ha sucedido una corbata de un color mate, obscuro; al negro chaleco, un chaleco gris, de un corte irreprochable. El Sr. Maura en tono familiar, suave, comienza extrañándose de que se discutan unos presupuestos que aun no han sido presentados. Habla el Presidente con calma, con flema, con una naturalidad, con una indiferencia exquisitas. No está en el tono de los grandes discursos; stá en este tono medio, casi paternal, con que se contesta á un enemigo que quiere ser formidable y que en realidad es inofensivo. A veces se detiene un momento, á veces da unos pasos ante el asiento; ahora mete la mano en el Bolsillo del pantalón; luego extiende el brazo suavemente en dirección del adversario y sonríe. Las palabras van brotando apacibles; no hay en ellas ni pasión, ni energía, ni- ardor. No hace falta ninguna. ¿Para qué salir de este tono reposado y tranquilo? Y produce este discurso, dicho así, la impresión suprema, maravillosamente artística, de un luahador que puede desbaratar de un zarpazo á su enemigo, pero que se entretiene con él, que juguetea con él, que está varias veces á punto de lastimarle, y al cabo le perdona. El señor conde de Romanones- -decía el Sr. Maura- -da por supuesto, gratuitamente, que yo no tengo prisa por presentar los presupuestos. Y yo estoy aquí desde que se eligieron las Cortes, sin más tregua que las vacaciones ineludibles reclamadas por todos. El i. de Mayo estarán presentad s los presupuestos, y vosotros cerrasteis las Cor