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FOLLETÍN D E A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN El granujilla salió un momento y volvió á entrar dando zapatetas. ¡Anda, anda! Delrue y la rubita venían juntos por allá abajo. -Esperad un poco, que voy á verme la cara con él ahora snisnio. -No hagas eso, porque te expones á que te encierren otra vez, y ésta sería la buena. Lo mejor es seguirles, y si hay ocasión, aprovecharla. Así lo hicieron. Totó echó á andar detrás de la pareja, y algunos pasos detrás, el Muralla. Creyeron que Juana y su acompañante se irían en el tren; pero subió al vagón ella sola, en tanto que Delrue, visiblemente satisfecho, regresaba hacia el centro de París, ¡Caballero, una limosnita para mi pobre madre que está enferma! ¡Largo de ahí, granujilla, ó llamo á tm guardia que te prenda! ¿Un guardia? ¡Presente: Sobre los hombros de Delrue cayó una manaza de Hércules que le obligó á tambalearse por la violencia del choque. Al mismo tiempo el chiquillo le sujetaba por delante, impidiéndole la resistencia. Andrés, más muerto que vivo, pudo volver la cara. Horror! ¡El Muralla! -Si das un grito, uno solo, te estrangulo. Sujeto por el cuello, Delrue fue arrastrado por el apache hacia tm apartado de todo tránsito, bajo una arboleda sombría. -Ahora vamos á ajustar nuestras cuentas. ¿Tienes ahí los cinco mil francos que me debes? -Aquí no; mañana- te los daré... ¿Como la otra vez, eh? -Te juro que no tenía nada que ver con aquello. La Policía había ido á la casa para otro asunto. -Es posible, pero no es esa la cuestión. Yo necesito dinero. -Lo tendrás. No te daré cinco mil, sino diez mil francos, teniendo en cuenta la muerte del pobre Rizos y los días qu has estado preso. -Acepto los diez ínil; pero ¿dónde están los cuartos. -Es verdad. Lo primero es verlos- -interrumpió Tota. ¿De modo, Delrue, que me pagarás... -En la pasa de banca de la plaza de la Bolsa. -Tú quieres engañarme otara vez. -No, porque si queréis vendréis conmigo. Además, te necesito aun. ¡Vamos! Por eso aumentas la cantidad oírecida. -Está claro: á buen trabajo, buena paga. -Sí, pero no basta decirlo. Aún estoy esperando ver el color de tu dinero, y eso que tu obligación era habérmelo entregado inmediatamente después del golpe. -No me fue posible. Y, además, aquello fracasó. -Por culpa tuya. -No; por la de Kerrnor. Ya lo viste ante el juez. ¿Y cómo, si fue así, os lanzasteis sobre nosotros? -Fue él solo. Salíamos del baile, oyó un grito de mujer, y acuíió á auxiliarla. Yo bien quise evitarlo, pero no pude. -No vales ni para eso. Pero nada de lo que acabas de decir ex plica el hecho de que te hayamos visto en compañía de la rubita, como si fuerais dos enamorados- -Eso es otra historia. I a rúbita estorba una combinación importante, Tina boda de muchas campanillas. -Pues no hay más que suprimirla -Eso se dice muy fácilmente. -Y se hace como se dice. -Yo, como no podía suprimirla la he enviado á su pueblo, allá en Finisterre. Si tú quisieras, con darla un empujón y hacerla caer al mar, quedaría todo arreglado. -Eso no es trabajo para mí; eso es un juego de niños. Oye, Totó, ¿quieres venir al mar? ¡Ya lo creo! -Vamos á ajustar cuentas con la rubita. No hay que olvidar que el Rizos murió por su cslpa, y es necesario vengarle. ¿Cuándo nos vamos, Delrue? -Mañana, si quieres. -Mañana es demasiado pronto; ee el día de cobrar. ¿No es eso? Me entregas los diez mil francos, y queda de mi cuenta la muchacha. ¿En qué pueblo está? -En Roch- Kennor, y se llama Juana Le Brenn. Delrue creyó que había conseguido de nuevo inspirar confianza al apache; pero éste, no muy tranquilo ni seguro del cumplimiento de la promesa de Andrés, no quiso dejarle marchar sin exigirle algún dinero. -Ya comprendo que no llevarás encima los áiez mil francos; peí o algo sí tendrás en la cartera. -Poco, quinientos ó seiscientos francos. -Vengan á cuenta. Y ahora vamos á ver qué te parece el programa: Pasaremos la noche en el bosque; Totó nos traerá cernida y bebida, y mañana tomaremos juntos el tranvía para que me entregues los cuartos. Delrue comprendió que era prisionero de su cómplice, y se resignó á todo. El programa nocturno se cumplió al pie de la letra; los tres siniestros individuos comieron, bebieron y hablaron abundantemente. Por la mañana, tomaron el tranvía para ir á casa del agente de Bolsa de Delrue, que cumplimentando una orden de éste entregó al Muralla 10 billetes de 1.000 francos. Al salir del despacho, Andrés estaba mucho menos contento que la noche antes; aquella exhibición de su complicidad, retribuida en público, le preocupaba. El apache, por el contrario, estaba satisfechísimo. Se separaron después de un apretón de manos en que el Muralla hiza sentir su fuei a hercúlea al secretario de Kermor. XV ¿ADONDE VAN LOS MILLONES? El marqués de Kermor, al igual de su secretario, había triplicado en pocos días el capital que empleó en la famosa compra de acciones de la Golden Plentyfull Mines, y como aquella suma había sido enorme, se encontraba dueño del mercado de minas de oro. Lo que Bressieu había esperado y preparado durante meses y meses lo lograba en pocas horas el marqués. No hay que decir que Delrue era para el padre de Enrique persona cada vez más grata y que le complacía en todo. Así fue que apenas indicó que deseaba una licencia para ir á ver á Mr. Smith, de Londres, su socio, el marqués, comprendiendo que aquello era una fórmula de despedida, accedió afectuosamente. -Comprendo- -le dijo- -que no puede usted permanecer ea tra empleo subalterno sabiendo dirigir los negocios tan acertadamente. No eche usted en olvido, cuando se establezca, que deseo ser uno de los primeros clientes de su. banca. -Es usted demasiado amable para conmigo. ¿Y en qué sitio piensa usted instalar sus oficinas? -En la misma plaza déla Bolsa. ¡Ah! me olvidaba. Examinando mis cuentas he visto ue figura en ellas un cheque de quinientos mil francos con que nocontaba. -Es el que cobré con mi firma, según dije á usted en momento oportuno, para hacer frente á determinados pagos que justificaré cumplidamente. -No tiene usted que justificar nada. Yo le regalo esa cantidad para que la emplee usted en la instalación de sus oficinas. Y el regalo no vale nada en comparación del conseio de comprar acciones de la Golden, que me dio usted. -Cuadruplicaremos nuestro capital, créalo usted, señor marqués. Luego venderemos á tiempo; pero sin prisa para no estrapear el negocio. Admirable! Usted seguirá siendo mi consejero para las operaciones de Bolsa. -Muchas gracias. -Y ahora dejemos los asuntos grandes y pasemos á los f equeños ¿Qué hay de Juana Le Brenn? -Todo esta listo, ¿La ha visto usted? -La he visto y la he enviado á su pueblo. Cosa fácil. La perseguía la Policía y ella comprendió que no podía hacer cosa mejor que marcharse. ¿Perseguida por la Policía? ¡Sí, ya ha estado en la cárcel, y no por buena, naturalmente! ¡Qué cosa más rara! ¡Una muchacha tan tímida, tan angelical! -A todos nos engañó, y á Enrique el primero. Por el momento se ha vuelto á Roch- Kermor con sus ahorros que yo le devolví. Preparando el terreno para el crimen proyectado, aSadió: -Probablemente, ese dinero irá á manos de algún tenorio de baja estofa que irá á consolarla en aquella soledad. ¡No exagere usted! -No exagero. Es más hipócrita y más viciosa de lo que usted supone. Delrue abandonó el palacio de los Kermor para instalarse en un buen hotel de los bulevares en espera de instalación definitiva. -Se acabaron las humillaciones, los apaches Juana, los amos, los amigos, los cómplices. Ya estoy solo y me basto. Recordó á la pobre Luisa. -Ya puede estar de centinela en la calle de la Boetie, si se le antoja. Ya encontrará quien cargue con su hijo, que lo que es yo, ni por pienso! Ahora pensemos en algo práctico; el banquero señor Delrue ha de acabar el vencimiento de Bressieu. La enfermedad del padre de Sidonia había sido más grave de lo que pudo creerse. A pesar de los cuidados de los médicos más ilustres y de su hija, que no le abandonaba ni un momento, estaba todavía bastante mal.