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FOLLETÍN DE A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN -La número 27 ha sido puesta en libertad. -Entonces habrá dicho quién es y cómo se llama. -No ha dicho nada. ¿Y cómo la han soltado? ¿Por orden de quién? -A instancias del jefe de Indagaciones. ¡Pobre hombre! ¿Estí mejor? Siento que se haya ido esa joTen, pero ya no hay remedió. Luego, dirigiéndose á la marquesa, añadió: -Usted podrá enco itrarla fácilmente por medio de su amiga Luisa, que no dejaiá de visitar á usted pronto. -Procuraré evitar á las dos los horrores de la miseria y del vicio que las acecha La marquesa pensaba en Juana, y la detenida núm. 27 era ella efectivamente. El jefe del negociado de Indagaciones estuvo sin conocimiento y como muerto durante cuarenta y ocho horas, á consecuen cia del testarazo del MurallaVolvió en sí al cabo de dicho tiempo, y lo primero que hizo fue pedir noticias de su agresor. -Se le busca activamente- -le respondieron. No sentía animosidad especial contra el que había estado á punto de matarle. Al huir, estaba en su papel de preso fugado y de apache. El haría el suyo de policía, volviendo á capturarle lo más pronto posible. ¿Qué ha sido de aquella muchacha, Luisa Rieux, á quien saqué del Depósito yo mismo? -También ha desaparecido. -Hay que encontrarla. ¿Se ha avisado á su padre? -No; como no había orden de hacerlo. -Está bien; dejémoslo así por ahora. Más adelante resolveremos. Traedme el expediente de la calle de San Lázaro como esté. Obedecido en el acto, el jefe de indagaciones estudió el legajo y quedó convencido de que de lo actuado sólo resultaban responsabilidades para los Collin- Megret y para Amelia como cómCasi todas las demás mujeres habían sido puestas en libertad y había que hacer lo mismo, con mucho mayor motivo, con Juana. Además, el funcionario coníiaba en que, por mediación de ésta, volvería á encontrar á Luisa ó vigilando á ésta. Y Juana quedó libre, aun habiéndose negado una vez más á decir su nombre y á dar indicación alguna acerca de su persona. Cuando atravesaba la puerta de la cárcel, un individuo que esperaba en la calle se fijó en ella, y procurando no ser advertido, la siguió: era un agente de Policía, á las órdenes del jefe de Indagaciones. Pero había más: otro individuo espiaba á su vez al mismo tiempo á Juana y al agente. Al separarse de Luisa, Delrue pensó que necesitaba desembarazarse de una vez para siempre de aquella clase de estorbos y resolvió acabar primero con Juana, de un modo ó de otro. Después de logrado esto, pediría al marqués licencia para ausentarse o se despediría definitivamente para dedicarse de lleno á los negocios bursátiles. Todos los días leía los periódicos, fajándose con xa misma atención que en las informaciones de Bolsa, en las de sucesos y ctíaienes Así supo que sus cómplices, los Collin- Megret, teman encierro para mucho tiempo, y así también se enteró de la fuga del Muralla. Esta última fue para él una sorpresa desagradable, de la que, no obstante, se repuso pronto, pensando que el terrible apache no conocía sus señas, en lo cual, tal vez, estuviera equivocado. Para resolver el problema de Juana, pensó presentarse en la cárcel como encargado de la marquesa de Kermor, para averiguar si había algunas jóvenes dignas de la protección de la noble dama, y haciendo hablar á las monjas trataría de ver á Juana y procedería como las circunstancias le aconsejaran. Lo importante era que Luisa no le denunciara á su amiguita, y esto ya lo tenía seguro. Iba á presentarse como salvador á Juana por segunda vez. Llegaba á la cárcel cuando vio salir á la desdichada, bretona, seguida por un desconocido, cuyo aspecto inquietó á Andrés, que no tardó en conocer que aquel hombre era un agente de la secreta Juana se encaminó al Louvre y tomó el ómnibus de Belleville. El agente la dejó acomodarse en el interior del carruaje, y él tomó asiento en la imperial, junto á la escalerilla. Delrue, á su vez, tornó un coche para seguir á ambos, ó mejor, para adelantárseles. Era, indudablemente, que Juana iba á su casita. No podía ir á otra parte. Delrue llegó antes, y se instaló en la cervecería próxima, sin perder de vista la casa. La portera conversaba con algunas vecinas. Vio á Juana, y exclamó: ¿Ya esta ustea aquí otra vez? Cuánto me alegro! Me dijerot que había usted muerto. -No era verdad. Como usted ve, estoy bien de salud, aunque un poco cansada del viaje. No habló más, y subió á su cuarto. La portera se quedó comentando con las vecinas el repentino regreso de la muchacha, y el agente qrae seguía á ésta se acercó disimuladamente y pudo oir toda la conversación y saber lo que le interesaba. Volvió á tomar el ómnibus, y sin perder momento comunicó á su jefe que la joven á quien le habían mandado seguir tenía domicilio en París, y muebles propios, etc. etc. Delrue, cuando vio que el policía se alejaba, fuese hacia la portera. ¿La Srta. Le Brenn? La portera le contestó que estaba en casa, y i tiempo á preguntar á su vez, echó delrue escaleras arriba. Xlll DEL FAUBOURG A LA. PLAYA Juana entró en su cuartito, y al verse allí, se sintió avergonzada por el recuerdo del sitio de donde acababa de salir. ¡Ella, la criatura sin tacha, había estado en la cárcel! ¡Si lo hubiera sabido la marquesa! ¡Sí lo hubiera sabido Enrique, de quien tanto deseaba ocultarse! Pero ¿acaso pensaban en ella una ni otro? El conde debía de haberse casado ya, y su madre habría estado ocupada con los preparativos de la boda. Si aeaso había pensado en Juana alguna vez, habría sido para lamentar que en aquellos momentos en que pudiera prestarle algún servicio para la confección del equipo, la hubiera abandonado neciamente. Así pensaba la infeliz. Luego se preocupó con lo porvenir. ¡Qué bueno sería volver á Roch- Kermor y vivir allí tranqui la hasta el momento de reunirtne con mis padres en el sepulcro Pero es imposible. Tengo que pagar dos meses de alquiler si quiero dejar la casa, y si bien es cierto que vendiendo los muebles tendría bastante, luego no podría pagar el billete del tren Además, quisiera conservar la máquina de coser y no puedo llegar al pueblo sin un céntimo. ¡Si encontrara trabajo durante tres ó cuatro meses... Allí lo olvidaría todo. Me bastaría comparar el castillo de los Kermor con mi cabana... Ellos no han de volver por allá seguramente, y si alguna vez va la marquesa le diré que he sentido nostalgias, y me creerá. Sonaron unos golpes en la puerta. Juana se enjugó los ojos j fue á abrir, creyendo que sería la portera que iría á cobrar los alquileres de la habitación y á curiosear, según su costumbre, Sr. Delrue! -dijo retrocediendo. ¡Usted aquí! -Sí, yo soy, señorita Juana. ¿Le doy á usted miedo? -No. No olvido que me salvó usted la vida; pero... -Vengo á salvársela á usted otra vez, y de un peligro más g. ave que el otro; ¡mucho mas grave! Al decir esto cerró la puerta. ¡Sr. Delrae! -repuso Juana. -Me ha prometido usted olvidar hasta mi nombre y no tratar de verme; se comprometió usted á no mtentar saber donde vivía yo... -Y he cumplido mi palabra. Prometí sobre mi honor, y mi ho mor está á salvo. El que no lo está es el de usted. ¿Dice usted que mi honor está en peligro? -Su honor de usted y su libertad, es decir, más que la vida. Por eso digo que el peligro de ahora es mucho más grave que el otro. -Pero ¿qué sucede? -Que la van á detener á usted hoy ó mañana, tal vez dentre de un momento, acaso en mi presencia, y que yo no podré irapedirlo. Juana trató de ahuyentar su terror. ¡No, no! ¡Es imposible! ¿Imposible? ¿Por qué? ¿Porque acaban de ponerla á usted en libertad? ¡Ah! -gimió la desdichada. ¿Usted lo sabe? -Lo sé todo. Pero no perdamos tiempo. Usted se cree libre, y no está en lo cierto; la persigue un agente de Policía. Ha subido usted á un ómnibus, y él ha subido detrás, á la imperial. ¿No es así? ¿No lo recuerda usted? -No lo he notado. Pero ¿para qué me ha seguido? -Para saber cómo se llama usted y dónde vive, y para comunicarlo á la Prefectura de Policía. -Pero si yo no he hecho daño á nadie... -No importa eso para que la prendan á usted en seguida, á menos que la dejen en libertad para saber adonde va usted y si tiene usted cómplices. ¡Cómplices yo! ¿Y a- é, Dios mío? Continuará.