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FOLLETÍN D E A B C L SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN La Negra, detenida dos noches antes, estaba ya en libertad! Momentos antes se encontraba en casa de la marquesa, donde había ido sin duda por encargo de Juana para denunciarle. Debía temerlo todo después de aquella visita, y sintió que sobre él se desencadenaba el huracán de la catástrofe. -No escandalicemos en la calle- -balbució cobardemente. Y echó á andar, alejándose del palacio de Kermor. ¿Quién trata de escandalizar? -repuso Luisa con calma terrible. -I a noche del baile... -La noche del baile le arranqué á usted la careta- y- supe su nombre, no sin trabajo. ¿Lo dijo Juana? -lío, lo supe por su amigo de usted, que lo pronunció en mi presencia. -Y por lo visto dijo también mis señas ¿no es eso? -Las señas lasüe conocido por casualidad, providencialmente, si usted lo prefiere. Una santa religiosa me recomendó á l a marquesa de Kermor, que, como usted ¿a visto, me ha socorrido. ¡Ah! ¿Ha sido por casualidad? Tal vez por la misma casualidad que la llevó á wsted á casa de Mad. Victoria. -No, allí fui por mi castigo ó para salvar aun ángel encerrado en aquel antro de perdición. ¿Un ángel? -Mi amiguita Juana. ¿No la conoce usted? -ta conozco como obrera de Mad. Victoria. -Una obrera muy digna de respeto. -No lo dudo. ¿Sigue presa? -Tal vez lo esté, porque no ha querido dar su nombre. ¿Y Tusted? -Yo ¿Quiere usted conocer mi historia desde el día en que me abandonó, después de haberme prometido, iuratlo, que pediría tni mano á mi padre? -Una cosa es prometer y otra muy distinta cumplir- -interrumpió él cínicamente. -Y además. -Además qué, que no se casa nadie con su amante. ¿No iba usted á decir esto? -Yo no tengo recursos, soy un modesto empleado que se puede ver en la calle cualquier día. ¿Para qué habíamos de reunir nuestras miserias? ¿Por qué no sigue usted mi consejo volviendo á casa de sus padres? -Lo seguí; pero mi padre me rechazó; mi abuela había muerto. Entonces caí en la calle desmayada de inanición y me recogió Mad. Victoria. ¿Y se dedicó usted á la vida alegre? -No, aunque las apariencias permitan creer lo contrario. -Bien, bien. Delrue estaba más tranquilo. Sabía cuanto había deseado saber; que Luisa no estaba al corriente de sus relaciones con los ollin- Megret y que ignoraba la novela de Juana. Así, pues, Luisa no era para él un peligro, ó, por lo menos, un peligro grave. Era posible que pretendiera irse á vivir con él otra vez; pero ya sabría disuadirla de tales aspiraciones. Bn último caso, con un billete de cien francos, como el de la marquesa contaba despacharla. ¿De modo que la han dejado á usted en libertad? -Sí, ¿le pesa á usted? -Nada de eso, y la prueba es que Ja convido á usted á almorzar conmigo y que la ofrezco de nuevo lo que rehusó usted el día que nos separamos. ¿Un billete de cien francos; -Sí, á condieión de que no vuelva usted á buscarme al palacio de los marqueses. -Guárdese usted- su almuerzo y sus cien francos, y óigame por ultima vez. Yo vivía con mis padres, libreé feliz y honrada. -Haber continuado con ellos. -Usted me hizo mil promesas que yo creí inocentemente. -Yo hacía mi papel de hombre. A las mujeres las toca defenderse. -Me tendió usted un lazo, y cuando me di cuenta de lo que sucedía, ¡ya era tarde! -I,o siento mucho, pero no puedo llorarlo. No se ha muerto usted por eso. -No; pero mí abuelita sí se murió- -Ya tenía edad bastante para morirse. -Cualquiera edad es buena para eso. Le dirigió una mirada terrible, al mismo tiempo que acariciaba á escondidas el revólver. Iba á matarle sin remordimientos, como se mata á una fiera rabiosa; iba á disparar sobre él cinco tiros y á suicidarse luego con la última bala. Con una le bastaba. Pero repentinamente una sacudida dulce y profunda conmovió todo su ser. Se estremeció, palideció espantada, se recostó contra la pared y miró de nuevo á Delrue con un horror invencible, y al mismo tiempo, con una intensa expresión de súplica, en que renacía una esperanza suprema, una ternura infinita. Anonadada por la súbita revelación de sus desdichas, le contemplaba como una loca, sin fuerzas ante el primer choque de la maternidad. -Andrés, óyeme. ¡Creo que voy á ser madre... El miserable Delrue se enfureció. La noticia le produjo el efecto de una bofetada. Aquello era el colmo de la -No quiero saber nada- -dijo, volviendo la espalda á Luisa y echando á andar. -Pregunte usted á Mad. Victoria el nombre del padre. Ella no respondió; no se movió siquiera; se quedó como petrificada. ¿Podía producir una tercera víctima? ¿Con qué derecho? Esta consideración había detenido su brazo. Delrue, entretanto, había desaparecido. XII UE SORPRESA EN SORPRESA La visita de Luisa Rieux había producido viva impresión á la marquesa de Kermor. Encontró á la muchacha algún parecido con Juana, y, sin embargo, la recomendación de sor Francisca indicaba que procedía de la cárcel. La marquesa la había encargado que volviera á verla dentro de dos ó tres días. Los acontecimientos se precipitaban, impidiendo á la madre de Enrique pensar más que en éste, de viaje por lejanas tierras, y en Sidonia, cuyo padre seguía en peligro de muerte. En cuanto á Juana, ya se había convenido en que Delrue se cuidaría de ella; pero la obsesión de la Negra se apoderó del espíritu de la marquesa hasta el punto de hacerla olvi- dar alguna vez sus preocupaciones y sus penas íntimas. No tardó en ir á la cárcel de mujeres para visitar á la superiora. ¿Ha visto usted á mi protegida? -la preguntó sor Francisca. ¡Naturalmente! -No es tan natural, puesto que se escapó. ¿Que se ha escapado aquella muchacha? -Sí, pero no hay que culparla por ello. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en su lugar. Y refirió las cireunstancias en que Luisa había desaparecido pocos días antes. ¿Pero de qué la acusaban? -De nad a grave. Trabajaba en una casa poco recomendable; la Policía detuvo á cuantas personas había allí; pero á Luisa y á su amiguita las hubieran puesto en libertad inmediatamente á no ser porque ocultaban su nombre. ¿Su amiguita, dice usted? -Sí, una muchacha tan bonita ó más bonita que ella; rubia; Ambas estaban en peligro en aquel antro que acababa de clausurar la Policía. Pero ¿quiere usted verla? La llamaré y podremos interrogarla. Eso es; perfectamente. Las protegidas de usted son protegidas mías de hecho. La superiora dio las órdenes oportunas, pero sin el éxito que esperaba. A los pocos momentos la monja, que había ido á buscar á Juana, volvió diciendo: Continuará. LAVADORAS mecánicas, norteamericanas, las más modernas, 70 pesetas. I II11 U O esterilizadores para agua, desde 3 pts. 75 cts. Utensilios de cocina, cafeteras. Botellas Thermos, sorbeteras, lámparas y faroles de jardín. P r e c i o b a r a t o s AntiguaLampisteríade Marín, Í 2, Plaza de Herradores, 12 fesq. a á San Felipe Neri) F í í í f í l Q clarificadores y su v a l o r vende ocasión verdad PELIGROS, 5, rinconada Tasador autorizado en sacar brillo á las botas: sale solo. Pedir b e t ú n i d e a l en zapaterías, ó al depositario, que lo remite por corteo. H o r t a l e z a 9, 1. ALHAJAR s todo Neuralgias y jaquecas desaparecen en cinco minutos con la HE. TOICRANIMA del Dr. M. CALDEIRO 3 pesetas. Arenal, 16, farmacia. 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