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FOLLETÍN DE A 3 C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN EL ESPECTRO ¡Sola y libre! No tenía un céntimo en el bolsillo. Se encontraba como el tristísimo día en que enterraron á su abuelita. ¡Cuánto tiempo hacía de aquello, aunque no hacía dos meses aún! Hacía menos de dos meses que ella era aún la amante de Delrue... Sintió miedo de morir, y más miedo aún de que la prendieran de nuevo. Aquel funcionario que había caído á su lado con el pecho hundido por el testarazo del Muralla, la había asustado, diciéndola, porque así se le ocurrió, que la iban á encerrar por orden de su padre, hasta su mayor edad, en una casa de corrección. No había salido á la calle desde el día en que Mad. Victoria la recogió del arroyo desmayada. Volvía entonces de su entierro, y ahora la parecía que iba á otros f unerales. Lo más urgente era procurarse un albergue, ocultarse y reflexionar acerca de su situación. Se encaminó, pues, al Monte de Piedad para empeñar lo único que poseía, la cruz de oro, venerada reliquia de su abuela. Le dieron algunos francos, con loa cuales pudo vivir dos ó tres días en una modestísima casa de huéspedes de la isla de San Luis, y allí lloró á Juana como había llorado á su abuelita. Agotados sus recursos, se decidió á ir á casa de la marquesa de Kermor. Llegó al mismo tiempo que una distinguida señora que salía de ta iglesia próxima. La marquesa de Kermor, que era la señora, la contempló un momento, advirtió su palidez, su inquieta actitud, su estado lamentable, y ¡se acercó á ella. -No me equivoco; es una tarjeta mía lo que tiene usted en la mano. ¿Deseaba usted hablarme? Al verse así interpelada en plena calle por aquella dama, Luisa se avergonzó; pero la marquesa supo tranquilizarla, y al fin repuso: -Sí, señora. Vengo de parte de ana digna religiosa, de sor Francisca... -No podía usted tener mejor recomendación. Venga usted conmigo. Entraron por la puerta del jardín al gabinete particular déla marquesa, y allí ocurrió punto por punto cuanto Juana había predicho. No sufrió Luisa ninguna pregunta indiscreta. La marquesa sólo la preguntó lo que sabía y lo que deseaba hacer. -Pronto iré. á visitar á sor Francisca- -dijo mientras abría el muebleclto para dar á Luisa algún dinero. Pero aquel día debía haber hecho muchas caridades, porqut en el mueble no había más que la bolsa con los ahorros de Juana. Al verla frunció las cejas; el recuerdo de su protegida la irritaba como un enigma que no le fuera dado resolver. Cambió de opinión, y llamó á su criada. -Diga usted al señor Delrue que tenga la bondad de venir. La Negra sintió una sacudida violenta. ¡Delrue! El apellido que ella había oído pronunciar la noche de la fiesta de Mad. Victoria. iSería el mismo? ¿Me ha llamado usted, señora marquesa? Luisa reconoció la voz; ya no era posible dudar. Era él. -Si, Delrue. No tengo dinero. -Puedo darle á usted ahora mismo mil francos. ¿Es bastanter- -Sí, gracias. La marquesa tomó los billetes que Andrés la entregaba, y le dio en cambio la bolsa de Juana. -Cuídese usted de entregar eso á la persona que usted sabe, en cuanto la vea. -Espero hacerlo hoy mismo. -Gracias, Delrue. Este hizo una inclinación de cabeza, y salió preocupado del gabinetito. ¿Quién sería aquella joven que estaba con la marquesa? La vio de espaldas, y hasta creyó notar que al entrar él volvió la espalda, como si estuviera muy distraída contemplando uno de los cuadros que adornaban la habitación. Se parece á Luisa en le esbelto del cuerpo, en lo negro de los cabellos... -Estoy loco, siguió pensando. ¡Pues no se me antoja ahora que he visto á Luisa, y sé que está presa! Y aunque no lo estuviese; ¿á qué había de venir aquí? La marquesa de Kermor sacó del paquete de billetes que le había dado Andrés uno de cien francos y se lo dio á Luisa. Esta le tomó temblando. Recordaba otro billete de cien francos que su ex amante la había dado á guisa de limosna el día que la abandonó y que ella le había arrojado á la cara como una bofetada vengadora. -Tenga usted la bondad de tomar ese dinero, para que pueda usted atender á sus necesidades del momento, y vuelva usted é verme dentro de dos ó tres días. Luisa contestó para dar las gracias, pero sin responder afirmativamente á la última indicación de Eüena de Kermor. La horrorizaba tneatir. ¿Cómo había de volver ella á aquella casa 1 Imposible CUi d Aquello no era ni más ni menos que ei procedimiento tantas veces puesto en práctica por la Policía para poner en claro sus dudas acerca de la personalidad de algún detenido. Se le llama en alta voz inesperadamente, y el efecto es seguro; si el nombre corresponde al preso, éste se da á conocer por algún movimiento instintivo. Así pasó entonces. Luisa se puso en pie de un salto y se encontró ante un hombre de bastante, edad, correctamente vestido. Era el jefe del negociado de investigación, que, habiendo renunciado á sus indagaciones al cabo de un mes de pesquisas infructuosas, había creído advertir algún parecido entre la hija reclamada por el coronel Rieux y la detenida la noche anterior con el número i e registro 17.213, y había pasado á la cárcel para comprobarlo. Miró primero por el ventanillo de la celda, y sin dar tiempo á que Luisa notara su presencia ni pudiera reflexionar la llamó añadiendo, apenas la vio en pie: -fSígume usted! IX HORAS DE CÁRCEL Pasaron al despacho del jefe del negociado de Investigación, que se proponía telefonear al Círculo Militar para que avisasen al coread Rieux. Juana se había quedado sola en la celda y estaba apenadísima. Su compañera se ocultaba como ella, y, sin embargo la Policía nabía sabida en- el acto quién era: Luisa Sieux; no olvidaría ella este nombre, aunque no esperaba volver á verla. L. a pobre niña temía á cada momento ver aparecer rtro hombre, que la dijera: -Juana Le Brenn, levántese usted y sígame. También: reinaba el terror en otra celda. Mad. Victoria y Amelia, la Peste, comentaban los sucesos que las habían llevado á la cárcel. La matrona sabía que no podía escapar con pena inferior á dos ó tres años de cárcel, por reincidencia; pera confiaba en que, como sabía muchas cosas y podía prestar servicios á la Policía, acaso, como la otra vez, dulcificaran su situación, destinándola como auxiliar á la enfermería, Lo que más la preocupaba era la convicción de que su cómplice Collm- Megret sería condenado, por lo menos, á cinco años de reclusión. El también había pasado un- nial rato, porque al examinarle en el gabinete antropométrico el doctor jefe del servicio, había reconocido en el Collin- Megret de ahora al desaparecido Locquerel, lo cual había influido en que se tomaran mayores precauciones y que se le encerrara en una celda del segundo piso. En la cárcel del bulevar Arago estaba también el Muralla, instrumento de Delrue en la primera emboscada que éste preparó contra Juana. Como iban á llevarle al juicio podía ceder su celda al ex director del Cicerone elegante. El Muralla estaba considerado, y no sin razón, como un preso peligroso; había intentado repetidas veces agredir á sus guardianes, y esto motivó que le tuvieran muy vigilado y con camisa de fuerza. La operación de sacarle de la celda era bastante comprometida. Cuando entraron á sacarle el vigilante jefe con varios hombres á sus órdenes, le encontraron tranquilo, obediente, resignado. Le condujeron, al guardarropa, donde volvió á vestir las ropas que llevaba al ser detenido, y luego al coche celular. Los presos que iban con él se extrañaban de que aquel humilde individuo fuera el terrible Muralla. Al vigilante que acompañaba al coche no le chocó su. pacífica actitud. Sabía que cuando iban á ser juzgados, los criminales de su laya adoptaban actitudes de mansedumbre. Llegado el cochea su destino, el Muralla aprovechó el fflomen o, y embistiendo á los agentes que formaban doble fila, pasó por entre ellas repartiendo formidables puñetazos, abriéndose camino con. la violencia de sus hercúleas fuerzas. I os transeúntes se apartaban á su paso, para evitar las acometidas de aquella furia; pero hubo uno, el jefe del negociado de Indagaciones, que acababa de salir del Depósito, acompañando á Luisa, que, reconociendo al fugitivo trató de detenerle. -Es mal hora intentó la hazaña; el Muralla bajá la cabeza y, embistiéndole, le dio tan tremendo testarazo en el pecho, que el infeliz funcionario cayó vomitando sangre El apache siguió corriendo hasta perderse de vista. Estaba en libertad. También Luisa ieus- estaba eu libertad. Nadie se había fijado en ella.